Villa Pehuenia. El bosque animado

En el norte de Neuquén, una pequeña aldea de montaña florece entre las araucarias al borde del lago Aluminé. Villa Pehuenia, idílica en sus colores de otoño, convive con una comunidad mapuche y se prepara para el próximo Festival del Chef Patagónico, centrado en los productos de la región.

Sobre el lago Aluminé, el atardecer de otoño pone reflejos entre plateados y grisáceos. Los bosques que pueblan sus orillas están empezando a prometer la fiesta de colores que brindan las araucarias, las lengas y los ñires, mientras los días –un poco más cortos y frescos– invitan al descanso. A medida que anochece, las titilantes luces de Villa Pehuenia se van encendiendo: y su disposición irregular, subiendo y bajando a lo largo de las calles arenosas que bordean el lago, revelan que aquí no hay una ciudad; sólo una pequeña y encantadora aldea de montaña. Como tal nació, hace un par de décadas, y así quiere seguir siendo a pesar del inocultable crecimiento de los últimos años. Años durante los cuales, poco a poco, se fueron instalando los primeros comercios, abrieron las escuelas, se establecieron los profesionales recién llegados. Siempre rodeados de bosques, de un verde brillante en verano y cubiertos de nieve en invierno. Y siempre mostrando que es posible la buena convivencia entre los nuevos pobladores y la comunidad mapuche que desde hace añares habita estas tierras de frontera.

Sobre el Alumine

Charly, el capitán de Brisas del Sur, se pone al timón al día siguiente para llevarnos a recorrer las islas y golfos del Aluminé, que cuando sale el sol revela sus matices verdosos y turquesas, y una transparencia que permite divisar hasta 20 de sus 120 metros de profundidad. Guiados por el volcán Batea Mahuida, punto de referencia de toda la zona perimetral del lago, pasamos frente a los hoteles y cabañas de la península Golfo Azul y las playas, bien concurridas en verano porque los 23 grados de temperatura del Aluminé lo convierten en uno de los pocos lagos patagónicos donde no resulta misión imposible darse un baño. A algunas de las playas se llega por las bajadas abiertas en los acantilados; las más alejadas en cambio sólo son accesibles en canoas y gomones: por eso muchos veraneantes las eligen para pasar todo el día hasta que, a las diez de la noche, el sol guarda sus últimos rayos.

El lago Aluminé, explica Charly, se abastece de otro lago contiguo y más alto, el Moquehue, y desemboca a su vez en el río Aluminé, conocido por sus rápidos ideales para el rafting, sobre todo cuando en la época de deshielo aumenta el caudal... y con él la aventura. Pasada la punta de la península, un sector tranquilo de aguas color musgo es el lugar elegido de quienes practican buceo lacustre; los excursionistas a pie, en cambio, se internan en los bosques de coihues que prosperan en tierra a la misma altura. El lugar también es buscado por los pescadores, que ahora sobre el fin de la temporada todavía zarpan: y los vemos regresar, con el viento ya bien fresco, portando orgullosos tres truchas como trofeo.

Visto desde el corazón del lago, el paisaje es como el de un gran aro verde de bosques y arbustos nativos, apoyados sobre una sólida base de rocas y arena que bajan hacia el agua en forma de playas. Después del paseo, varios de los visitantes se detienen para tomar algo en una de las confiterías con ventanales hacia el agua: uno de los grandes encantos de Villa Pehuenia es que, con la vida latiendo en torno del lago, el Aluminé es visible prácticamente desde todos lados, como un ojo líquido gigantesco y silencioso acunado por el viento y las copas de los árboles.

Rumbo al Batea Mahuida

Frente al lago, el volcán Batea Mahuida es el otro rey de la región, en gran parte sagrada para los mapuches, que permiten acceder a estas tierras porque es uno de los grandes atractivos del verano. A menos de diez kilómetros del centro de la aldea, esta “fuente en lo alto” –el nombre mapuche del cerro remite a la pintoresca laguna del cráter– es un fantástico mirador hacia los alrededores. Un camino consolidado permite ascender por las laderas del Batea Mahuida, cuyos 1900 metros de altura son ideales para divisar los volcanes Lanín, Villarrica, Llaima y Lonquimay, además de los lagos hermanos Aluminé y Moquehue.
Ingreso a la reserva Cinco Lagunas, donde vive la comunidad mapuche Puel.

Pronto, el panorama cambiará por completo: las nieves tempranas, que suelen comenzar en junio, tiñen todo de blanco y preparan al volcán para las actividades de invierno. Aquí el parque de nieve –más pequeño que un centro de esquí propiamente dicho, con dos medios de elevación por arrastre– está en manos de la comunidad mapuche Puel, que hace diez años comenzó con esta experiencia tan inédita como exitosa. María Luz Laino, directora de Turismo de Villa Pehuenia, explica que el contacto con la comunidad mapuche y los juegos en la nieve son un atractivo combinado para los visitantes de esta aldea de montaña que aspira, en el futuro, a crecer sin dejar de ser el pequeño pueblo que es, tocado por el encanto de la geografía y la naturaleza.

Cinco Lagunas

Los lagos Aluminé y Moquehue se unen en una lengua de tierra estrecha conocida como “la Angostura”. Por aquí entramos, a la mañana siguiente, para acceder a la zona de reserva mapuche conocida como Cinco Lagunas (Kechulafken), donde viven cuatro familias originarias. Acompañados esta vez por Carlos, dueño de la confitería Mandra que oficia de guía, bajamos a sacar algunas fotos sobre el pequeño puente que une ambos lagos. El viento está a punto de derribarnos: pero es una falsa alarma, porque en este sitio precisamente parece que los dioses del aire se enfrentan con todas sus furias. Un par de kilómetros más allá, una vez pasado el cartel de bienvenida oficial al Batea Mahuida que reza “Pu Wenvy” –”amigos bienvenidos”– todo vuelve a estar tranquilo, sobre todo ahora que todavía no hay nieve para dificultar el camino.

La comunidad Puel es la más numerosa de la zona, aunque hay otras, y también una de las más abiertas al contacto con los blancos. “Lo que en realidad hay es una reserva blanca entre los mapuches”, dicen con humor algunos de nuestros anfitriones, mientras atravesamos un bosque de ñires, lengas, araucarias y radales entre los cuales brilla la majestuosidad de las araucarias. Aquí y allá, brotan con entusiasmo las cañas colihues, que contrastan su verde intenso con el más apagado de las matas de abrojo, y las manchas naranjas de las mutisias que adornan el paisaje. El camino, que se abre entre un macizo de “chicharrón” (como se conoce a la piedra volcánica, liviana y fácil de desmigajar, que forma el terreno), asciende por un camino de cornisa entre los bosques y desemboca en la laguna Verde, a la sombra de esas araucarias araucanas que ya empiezan a soltar sus piñones. Cerca de aquí está ruca Susana, la primera casa de los mapuches, y hay una zona donde se puede acampar, totalmente agreste. Más adelante, cerca de Lafken Pichun, la segunda laguna, otra vez hace pie en el paisaje la presencia mapuche, son sus chivos, vacas y ovejas. Lafken Cohuilla es la tercera laguna, y Lafken Matethue la cuarta y más grande del conjunto. Al final, llegamos a destino: es la casa de Mario y su familia, que nos reciben cordialmente en su cabaña al pie de un paisaje espectacular. Afuera hace frío, pero adentro reina el calor de la leña y la calidez de esta gente tan silenciosa como amable. Nos quedamos un rato conversando con Doña Angela, que se dirige a sus nietos en su lengua materna y en castellano a los “huincas”, mientras nos muestra los guantes y medias de espesa lana que sabe tejer. Y, finalmente, emprendemos el regreso por el mismo camino, con la sensación de habernos asomado por un rato a una ventana que muestra otro mundo, tan distinto como posible.

Pehuenia en la mesa

Los lugares donde se concentran las araucarias son los elegidos por los chicos de Pehuenia para recoger piñones, que luego venden a los restaurantes de la región especializados en cocina patagónica. Los frutos del pehuén caen en otoño (y cada árbol puede dar hasta 400 kilos), pero se pueden conservar durante todo el año después de haberlos hervido por lo menos un par de horas en abundante agua salada. Esta vez, tendremos oportunidad de probarlos como acompañamiento de un cordero exquisitamente preparado por Sebastián Mazzuchelli, chef de la Cantina del Pescador, y también al natural, tal como los sirve Nacho, del restaurante Iñaki. Buena ocasión para recordar que el piñón es un alimento rico en hidratos de carbono y, según las leyendas patagónicas, basta uno solo para alimentar a un hombre durante varios días... Las nuevas variantes incluyen alfajores de harina de piñón, toda una especialidad de Villa Pehuenia. El otoño también es la temporada para recoger hongos de pino, que luego se secan para agregar en los platos regionales: y más vale juntar bastante, ya que de 100 kilos de hongos secos quedarán, una vez cortados en rodajas y seca dos por unos días, apenas tres.

En estos días, Villa Pehuenia organiza un homenaje a su cocina tradicional con el Festival del Chef Patagónico, que se realiza el 23 y 24 de abril y se centra en la elaboración de platos con productos típicos: precisamente el piñón, el cordero, las truchas, el ciervo y los hongos. Este año estará presente una vez más la madrina del evento, Dolli Irigoyen, acompañada durante todo el festival por el chef Christophe Krywonis. Durante los dos días, de 14 a 22, habrá entrada libre para visitar los stands de los productores y expositores regionales, destinados a promover la oferta gastronómica local en un encuentro que ya se hizo clásico de la zona.
En el cráter del volcán Batea Mahuida, una inesperada laguna.

El circuito Pehuenia

La visita no puede estar completa sin el paseo por el llamado Circuito Pehuenia, un espectacular recorrido de 130 kilómetros que pasa por los lagos Aluminé, Moquehue, Ñorquinco y Pulmarí, entre arroyos, cascadas, montañas y bosques de pura araucaria. Además es posible dar un pequeño rodeo para llegar hasta la frontera con Chile, a apenas un puñado de kilómetros de Villa Pehuenia, por un camino en perfectas condiciones que se interna en una porción de selva valdiviana.

El Circuito Pehuenia, que se puede recorrer en medio día –aunque merece más tiempo– comienza en Moquehue, el pueblo vecino, antiguamente sede de numerosos aserraderos que llegaron a emplear hasta 2000 hacheros. De aquí en adelante, empezamos a atravesar bosques que parecen salidos de la noche de los tiempos, altas araucarias que desafían el relieve sinuoso y muestran en sus abundantes líquenes la infinita pureza del aire. En invierno es un camino duro, pero ahora no hay nieve: sólo una persistente humedad en el aire, que regala sobre el paisaje un arcoiris apoyado sobre la alta copa de los árboles. Pasamos por Pulmarí, por el bellísimo lago Nompehuen, por el Camping Ecológico Ñorquinco, por un pequeño tramo del Parque Nacional Lanín y por la zona de Piedra Pintada, entre paisajes que parecen salidos de un cuento. Un cuento que da vuelta su última página a la hora de regresar a Villa Pehuenia, y que deja en la memoria el recuerdo de las más bellas ilustraciones que pueda imaginar la naturaleza en el reino de la majestuosa araucaria.

Fuente: Página 12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/turismo/9-1770-2010-04-18.html

Puerto Madryn. La primera ballena franca austral

Hace pocos días, sorprendió a los trabajadores del muelle Almirante Storni, en el Golfo Nuevo, la llegada de la primera Ballena Franca Austral. Fueron los primeros en avistar al primer ejemplar de la temporada 2010 y no tardaron en anunciar la noticia.

Como es habitual con estos acontecimientos, los habitantes de Puerto Madryn fueron acercandose al muelle para disfrutar de los saltos del primer cetáceo, que auguró un excelente inicio de la temporada de avistaje que se inicia en junio.

Este gigantesco cetáceo, después de pasearse en aguas próximas al muelle Almirante Storni, continuó su itinerario en dirección al frente al Club Náutico Atlántico Sur, donde suelen fondearse los veleros. Luego se acercó hacia el muelle de cruceros y cruzó hacia el sur de Puerto Madryn, hasta apenas 700 metros de distancia de la costa.

Chubut, aventuras en tierra mapuche

Enmarcada por la belleza de sus paisajes y la tranquilidad propia de este pueblo del Molino, Trevelín invita a disfrutar del Parque Nacional Los Alerces. Con un legado de antepasados galeses y mapuches, Trevelín depara a los visitantes una equilibrada fusión de tranquilidad y aventura en estrecho contacto con la naturaleza.

Ubicado dentro del Valle 16 de Octubre, en la ladera este de la cordillera andina, el Pueblo del Molino, tal como lo denota su nombre de tradición galesa, espera a sus visitantes con una variedad de actividades para disfrutar entre bosques nativos, praderas, lagos y montañas.

Trevelín ofrece diferentes opciones para aquellos que elijan un viaje de carácter placentero y poco exigente. Entre ellas pueden mencionarse las caminatas a las cascadas Nant & Fall, conformadas por el trayecto del lago Rosario hasta llegar al río Futaleufú. En tan sólo 400 metros de marcha, se observa la Cascada Grande, otro atractivo que deviene en tres saltos sobre el mismo cauce de agua.

A sólo 24 kilómetros de la zona urbana se encuentran el lago Rosario y Sierra Colorada atravesando imponentes bosques por serpenteantes caminos. Este majestuoso paisaje permite el avistaje de numerosa fauna autóctona, entre la que se destacan las bandadas de flamencos rosados. Asimismo, el lago Rosario constituye un escenario excelente para la práctica de pesca deportiva.

Parque Los Alerces

En un trayecto de igual distancia se accede al Parque Nacional Los Alerces y sus innumerables recorridos, penetrando en bosques que acunan los milenarios árboles que dan nombre a esta Reserva Natural. A través de embarcaciones es posible circunvalar los márgenes del imponente lago Futalaufquen, el río Arrayanes y los lagos Verde y Rivadavia.

Por último, los circuitos tradicionales de carácter histórico-cultural de esta pintoresca ciudad proponen un interesante adentramiento en el pasado y sus antiguos pobladores. Los recorridos comienzan con la visita a la histórica escuela Nº 18, donde se puede sumar la llegada hasta Tecka, para ver el mausoleo del cacique Inacaval, en el que reposan los restos de este legendario cacique mapuche. Un circuíto que para no perderse ya que los viajeros podrán empaparse de la historia de los pobladores de esa época

Antiguos molinos

Siguiendo en esta línea, es posible continuar al Molino Museo Nant Fach para observar una réplica de los antiguos molinos familiares y semi industriales de mediados del siglo XIX.

Para culminar el paseo se sugiere incursionar en la Estación de Piscicultura, Centro de Investigación y de Producción de Alevinos, donde se produce el mantenimiento estable de las poblaciones de truchas y salmones en los espejos de agua de toda la provincia de Chubut.

Fuente: La Capital

Las Grutas, la magia del buceo

Paraíso submarino. La localidad rionegrina es el lugar ideal para la práctica del buceo y descubrir un mundo increíblemente bello.

Las aguas cristalinas del golfo de San Matías (Río Negro) invitaban a sumergirse en ellas. Según se dice, son las más cálidas de Argentina. Hay quienes afirman que se debe a una corriente cálida proveniente de Brasil, la cual baña esa zona y luego se dirige hacia el interior del Atlántico; luego están los otros, quienes desmienten fervientemente esa versión y se afanan en explicar que este fenómeno se debe a que a esa latitud (por un juego de gravedad entre el sol y la luna) las aguas se retiran unos trescientos metros aproximadamente y el calor del mediodía calienta las piedras. Al producirse la pleamar, la temperatura acumulada templa la fría corriente oceánica, oscilando su temperatura final entre veinte y veinticinco grados, notablemente superior a la de las costas bonaerenses.

Como venía diciendo, esta cualidad del mar de Las Grutas me llevaba directamente hacia dentro de él. Uno siente la imperiosa necesidad de zambullirse de cabeza y no salir nunca de allí. Quizá se deba a aquel sentimiento tan humano de volver a un estado prenatal. Sentirse acobijado en un ambiente húmedo y cálido como el vientre materno no puede ser repetido de una manera tan sencilla en la vida diaria. Mientras se es un no nato, uno tuvo el beneficio de no depender de sus propios medios para respirar. Pero luego, fuera de ese placentero estado, debemos ingeniárnosla para tratar de reproducirlo. Y allí, en Las Grutas, tuve la gran oportunidad.

Caminando por la bajada tres, hacia mi derecha observé un receptáculo amarillo de más de dos metros de altura. No supe en ese momento cuál era su utilidad. Tenía unas pequeñas ventanas redondas que permitían ver el interior totalmente cubierto de agua. Era una pileta, no había dudas, ¿pero para qué? Un pequeño y poco visible cartel informaba que en ese local se hacían bautismos de buceo. “Eso es lo que quiero”, pensé. En uno de los costados había varios trajes de neoprene colgados secándose, algunas patas de rana tiradas y dos perros recostados a la sombra. El calor de mediados de enero era abrasador. Averigüé los precios y en qué consistía. “Cuesta setenta pesos el curso introductorio que se hace allá”, me dijo uno de los dueños del local, señalando aquél receptáculo amarillo: “Y luego, si te animás, podés hacer una salida al mar por ciento ochenta pesos”, concluyó.

Rumbo a la aventura

Salí de allí con una gran alegría. ¿Se haría realidad mi sueño? ¿Podría animarme a bucear? ¿Qué habría en el fondo del mar? ¿Será como en los documentales? Estas y mil preguntas más me dieron vuelta la cabeza día tras día. ¿Me animaré? ¿Me dará un ataque de pánico en alta mar? En realidad, no sé si llamarlo alta mar. Nos iban a llevar, según me dijo el encargado del local, aproximadamente de mil a mil quinientos metros hasta una plataforma y de allí zambullirnos. La profundidad podría ser de cinco a quince metros, dependiendo de la marea que hubiere. Sí, definitivamente lo haría.

Tres días después me acerqué al local, billetes en mano y con la impaciencia que me caracteriza a flor de piel, y aboné la clase de práctica. Claro, había llegado treinta minutos antes de que empezara, pero no me importó. Esperaría lo que sea necesario. Cuarenta minutos más tarde llegó la instructora. Me causó gracia que al sacarse los anteojos de sol tuviera marcado todo el contorno de éstos en la piel sin tostar. Pero lo más importante para mí en ese momento era escuchar cada palabra que dijera sobre el buceo. Se acercaron también dos familias para hacer todos juntos la clase práctica. Creo que ninguno de ellos tenía el mismo nivel de ansiedad que yo.

La instructora se explayó en las técnicas de respiración, de sujeción de la boquilla, los miedos más comunes, en las señas. Todo eso pasó tan rápidamente que ni tuve tiempo de reparar en ellas. Todos fueron pasando de a uno a la práctica de inmersión. Cuando llegó mi turno, me encontré sentado con el visor que me aprisionaba la cabeza y me anulaba la respiración por medio de la nariz. La instructora me calzó la mochila con el tubo y dispuse los labios sobre la boquilla según las indicaciones que me daba. ¡Y al agua!

Sentí paz, tranquilidad. Pensé en un primer momento que iba a ser más dificultosa la respiración; todo lo contrario: me era natural. Eso duró unos dos minutos, pero para mí fue eternamente fantástico. Ya estaba listo para la salida del mar. ¿Sería tan sencillo como esto? Reservé para el día siguiente. Debía hacerlo cuanto antes. Estaba ansioso. Quizá esa ansiedad me jugó en contra cuando al día siguiente fui (con toda la emoción a cuestas) y me dijeron que se cancelaba porque el mar estaba muy revuelto. Era cierto. Las olas eran más altas que lo normal. Eso, según me dijeron, puede afectar la visibilidad del fondo. Se pospondría entonces para la mañana siguiente.

Un mundo desconocido

La hora reservada para la salida era las diez de la mañana. Mi ansiedad hizo que llegara quince minutos antes. Me incluyeron en el grupo de salida de las nueve, el cual estaba retrasado. Curiosamente, coincidí con un grupo familiar que había realizado conmigo el curso introductorio. Me metí presurosamente en el traje de neoprene y salí a la carrera hacia la playa. Salté dentro de la lancha que estaba cinco metros dentro del mar ante la atónita mirada de los pocos ocupantes de la playa, quienes observaban a un dispar y poco más que cómico grupo de debutantes en el buceo.

Diez minutos más tarde arribábamos al bote anclado. Desde allí se podía observar la playa y los acantilados. Fui el primero en pasar. Los tres instructores ya estaban en el agua y aguardaban por nosotros. Me ayudó a ponerme el equipamiento un cuarto hombre que estaba en el bote y me empujó dentro del agua a una plataforma. El instructor que me llevaría se me acercó, dándome tranquilidad y consultándome el nombre. El se presentó como Eduardo. Me pidió que haga respiraciones para acostumbrarme. Pocos segundos después le hice la seña de que estaba cómodo y listo para partir. ¡Vamos!, lo apresuré, hablando como podía a pesar de la boquilla. Y allí se me mostró otra realidad.

De un tono azulado e increíblemente bello, un paisaje totalmente desconocido para la naturaleza humana se me abrió en su inmensidad. Una soga nos llevaba por un recorrido que se iniciaba hacia un costado del bote-plataforma. El instructor me llevaba de la mano mientras que con la otra me hacía señas para que patalee. Decenas de peces de todo tipo nos cruzaba por todos lados. Algunos de ellos con colores fluorescentes, que alumbraban en la semioscuridad. Bajando más y más llegamos al fondo. Me hizo señas de que apoyara las rodillas en el fondo. Debo admitir que estaba tan fascinado que tardé en entenderlo.

Fauna multicolor

Mientras observaba atónito a la infinidad de peces que daban vueltas alrededor mío (incluso había unos más pequeños que una uña y se contaban por cientos en el cardumen), Eduardo golpeó con una piedra un tonel que había sumergido y casi instantáneamente me vi rodeado por peces de todo tipo, tamaño y color.

El instructor me dio lo que parecía ser comida –nunca supe qué era– y éstos empezaron a picotear de allí. Cuando se dispersaron a los pocos segundos, empezamos la vuelta a superficie. Traté de absorber por los ojos la magnitud de aquello. Se estaba terminando el viaje. Y yo no quería que finalizara. Quería quedarme más tiempo. Quizá eternamente. No quería abandonarlo. Es mío. Sé que pertenezco allí. Sé que ese es mi lugar. Sé que volveré a bucear.

Fuente: La Capital
http://www.lacapital.com.ar/ed_turismo/2010/4/edicion_76/contenidos/noticia_5021.html

Conociendo Maquinchao

Entre las posibles definiciones el nombre Maquinchao, podemos encontrar "Lugar de Invernada" o "Padre que cura" ó "Machi que cura como un Padre", además "La Tranquera" y "Punta de Riel" ocasional en la construcción del ramal ferroviario.
También hay un tercer posible significado, aunque para reconocerla hay que esperar la publicación de un miembro de la Comunidad Mapuche que escuchó a sus ancestros el vocablo y su significado.

Por su ubicación geográfica, su fortaleza comercial, nivel de servicios y acceso al transporte de ferrocarril, había sido durante mucho tiempo punta de riel, era el punto de las coordenadas de un ordenamiento del tránsito terrestre comercial. Desde el Este al Oeste y del Sur al Norte.

Se puede acceder a la Laguna Ñe Luan, Yamaniyeu, Laguna Carri-Lauquén, Laguna Yamnagoo, Paraje Pilquiniyeu, Paraje Rucu-Luhan, Tromineyeu, Barril Niyeu, Meseta de Somuncurá y otros lugares de interés y seleccionados de la zona.

Accesos a Maquinchao

Desde el Este y el Oeste, se accede por Ruta Provincial Nº 23.
Desde el Norte por Rutas Provinciales Nº 6 y 8, después a la salida de Los Menucos la Ruta Nacional 23.
Desde el Sur, se accede por Ruta Provincial Secundaria Nº 5 y Ruta Provincial 67 de Chubut.

Atractivos de Maquinchao

Pinturas Rupestres. Estancias y Campos. Viaje en Tren. Avistamiento de Fauna como son: pilquines, guanacos, piches, gansos, flamencos, cisnes, avutardas, patos, zorros, choiques y otros. Lugares de hallazgos paleontológicos. Cultura Mapuche y Tehuelche. Cerros, Arroyos, Cañadones, Estepas, Vertientes, Pequeños Valles, Lagunas, Mesetas, Cráteres y otros atractivos naturales. Restos fósiles y vegetales petrificados.

Actividades para realizar en Maquinchao

- Turismo Rural.
- Turismo Natural de Puestos.
- Identificación Geológica del terreno.
- Cabalgatas de ½ Día a 3 Días.
- Pernocte en los Puestos o Cascos de Estancias.
- Gastronomía Regional, Mapuche, Árabe.
- Fotografía.
- Travesías en Bicicletas.
- Visitas, Estadía y Circuitos en campos, estancias y los pueblos de la zona. El Caín. Pilquiniyeu. Ingeniero Jacobacci. Los Menucos y otros parajes.
- Caminatas.
- Avistaje de Aves.
- Observación de Fauna Silvestre.
- Identificación y Usos medicinales de la Flora.
- La Trochita.
- El Expreso Patagónico.
- Pesca.
- Trekking.
- Excursiones a lugares de atractivos en Arqueología.
- Visitas a Pinturas Rupestres.
- Recorridos en 4X4 por zonas seleccionadas.
- Circuito Cultural.
- Charlas de Cultura Mapuche.
- Relatos de Leyendas, contadas, historias y mitos zonales.
- Excursiones de interés en Paleontología.
- Tareas Rurales didácticas y recreativas.
- Criaderos de Guanacos y Choiques.

Conocer Valcheta

Desde la costa patagónica, Valcheta es el primer pueblo de importancia, donde el arroyo del mismo nombre junto con los pobladores logran frutales, bosquecitos, quintas, plazas, patios y huertas con distintas especies vegetales.

Su origen histórico es la construcción de un fortín a finales del Siglo XVIII.

Pueden realizarse circuitos en el lugar y también trasladarse hacia la Meseta de Somuncurá, Cerro Corona, una de las alturas máximas de la región, el Paraje Chipauquil, la Naciente del Arroyo Valcheta y Hábitat de la Mojarra Desnuda y la Ranita de Somuncurá entre otras especies.

Accesos a Valcheta

Desde el Este y el Oeste, se accede por Ruta Provincial Nº 23


Desde el Norte, por Ruta Provincial Nº 4.
Y desde el Sur, por Ruta Provincial Secundaria Nº 60.

Atractivos de Valcheta

Bosques Petrificados. Artesanías. Lugares de interés Paleontológico y Antropología. Paisajes. Lugares Históricos. Museo Regional y Provincial. Caminatas Pinturas Rupestres. Valles y Campos de cultivo y ganadería. Cultura de Pueblos Originarios. Visitas a Chacras. Fiestas Regionales. El Arroyo Valcheta y zona de especies endémicas y semi endémicas, nuevas vulnerables u otras muy excepcionales del reino vegetal y animal.

Actividades en Valcheta

Visita al Museo Regional y Provincial. Caminatas. Mountain bike. Cabalgatas. Identificación de flora y fauna. Excursiones Paleontológicas y/o Antropológicas. Trekking de media y alta intensidad. Fotografía. Montañismo entre otras propuestas.

Puerto Deseado, un destino que atrapa

La localidad de Puerto Deseado se ve enmarcada por las aguas del Cañón del Río Deseado. Muchos atractivos y excelentes servicios para el turista.

"Queremos incrementar la afluencia de visitantes a la ciudad y facilitar el acceso a los múltiples servicios y atractivos que ofrece Puerto Deseado", explicó Jorge Bernard, director de Turismo de Puerto Deseado. En esta ocasión se estima que habrá un 10 por ciento más de visitantes que en los años anteriores aunque no se alterará la tranquilidad del lugar, que en esta época resalta aún más que en el resto del año.

   Los inquietos tendrán la posibilidad de disfrutar del turismo aventura, por ejemplo, con una excursión terrestre a la Reserva Natural Cabo Blanco, en la cual se realiza un recorrido de seis horas por una importante lobería y cormoranera, ascenso al faro y trekking por alrededores. Se trata de uno de los mayores apostaderos de Lobos Marinos de dos pelos en la costa Atlántica. "Entre otras cosas, posee un gran valor paisajístico", señala Jésica Gómez, de la Dirección de Turismo de Puerto Deseado.

Entre otros tantos paseos, se pueden visitar los impactantes Bosques Petrificados, lugar que fue creado para preservar el yacimiento de árboles fosilizados, que aún se encuentran en el mismo lugar donde transcurrió su vida, millones de años atrás. Allí se pueden observar gran cantidad de fragmentos de troncos y piñas diseminados por toda el área, con la sorpresa de que hay enorme troncos que aún se encuentran en pie.

   También se puede realizar un city tour que dura unas tres horas y en el que se recorre el Club Náutico y la Avenida Costanera, se visitan las playas y la Cueva de los Leones. Además, se asciendo a Punta Cavendish para tener vista de la Isla Pingüino y de la entrada de la ría. Luego se recorren los cañadones de La Rural y Quitapenas.

Por último, y alejándonos un poco del casco urbano, podemos visitar el Santuario Natural de la Gruta de Lourdes y finalizar el paseo en el Camino Costero, en el Cañadón del Paraguayo.

City tour histórico

La otra opción es un city tour histórico, que demanda unas dos horas y que se desarrolla dentro de la localidad, por diferentes edificios antiguos, como la Ex Estación del Ferrocarril, El Vagón Histórico (rescatado por una pueblada en el año 1980), El Muelle de Ramón; y la Casa de la Cultura. También se visita el Museo Mario Brozoski, en el que se pueden apreciar cientos de piezas de la Corbeta Swift, de origen inglés, hundida en la ría en 1770.

Excursiones atrapantes

Una de las excursiones más atrapantes y famosas por su historia y por la belleza del paisaje es a los Miradores de Darwin, que se realiza por agua en gomones semirrígidos en los que se remontan los 42 kilómetros de la Ría Deseado y luego un trekking hasta llegar al lugar que describió Charles Darwin en 1833. Está la posibilidad de realizar la excursión en forma terrestre, a través de estancia La Aurora. En ambos casos, durante el recorrido del trayecto se podrá apreciar la flora de la estepa patagónica y la fauna característica como guanacos, choiques y piches, entre otros.

Una vez ubicados en el lugar se tendrá una bellísima vista de las asombrosas formaciones rocosas que tiene el Cañón del Río Deseado, que verdaderamente invita a los turistas a la contemplación.

Alojamientos en Puerto Deseado
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Informes en la Dirección de Turismo de Puerto Deseado,
teléfono 0297- 4870220,
San Martín 1525.

Fuente: La Capital
http://www.lacapital.com.ar/ed_turismo/2010/3/edicion_75/contenidos/noticia_5125.html

Leyendas Tehuelches: Los inventos de Elal

Dicen los tehuelches que la patagonia era solo hielo y nieve cuando el cisne la cruzó, volando por primera vez. Venía desde más allá del mar, de la isla divina donde Kóoch había creado la vida y donde había nacido Elal, a quién cargó en su blanco lomo para depositarlo sobre la cumbre del cerro Chaltén (ubicado en la zona cordillerana de Santa Cruz, conocido hoy como el cerro Fitz Roy).

Dicen también que detrás del cisne volaron el resto de los pájaros, que los peces los siguieron por el agua y que los animales terrestres cruzaron el océano a bordo de unos y de otros. Así la nueva tierra se pobló de guanacos, de liebres y de zorros; los patos y los flamencos ocuparon las lagunas y surcaron por primera vez el desnudo cielo patagónico los chingolos, los chorlos y los cóndores. Por eso Elal no estuvo solo en el Chaltén; los pájaros le trajeron alimentos y lo cobijaron entre sus plumas suaves. Durante tres días y tres noches permaneció en la cumbre, contemplando el desierto helado que su estirpe de héroe transformaría para siempre.

Cuando Elal comenzó a bajar por la ladera de la montaña le salieron al encuentro Kókeshke y Shie, el frío y la nieve. Los dos hermanos que hasta entonces dominaban la Patagónia lo atacaron furiosos, ayudados por el hielo y por Máip, el viento asesino.

Pero Elal ahuyentó a todos golpeando entre sí dos piedras que se agachó a recoger, y ese fue su primer invento: el fuego. Cuentan que Elal siempre fue sabio, que desde muy chiquito supo cazar animales con el arco y la flecha que el mismo había inventado. Que ahuyentó al mar con sus flechazos para agrandar la tierra, que creó las estaciones, amansó las fieras y ordenó la vida. Y que un día modelando estatuitas de barro, creó los hombres y las mujeres: los tehuelches.
A ellos los Chónek les confió los secretos de la caza; les enseñó a diferenciar las huellas de los animales, a seguirles el rastro y a ponerles el señuelo; a fabricar las armas y a encender el fuego. También a fabricar abrigados quillangos, a preparar el cuero para los toldos, hasta dejarlo liso e impermeable... y tantas, tantas otras cosas que tan solo el sabía.

Cuentan que hasta la luna y el sol están donde están por obra de Elal, que los hechó de la tierra porque no querían darle a su hija por esposa. Que el mar crece con la luna nueva porque la muchacha, abandonada por el héroe en el océano, quiere acercarse al cielo, desde donde su madre la llama. También que si no fuera porque una vez, hace muchísimo tiempo, cuando hombres y animales eran la misma cosa, Elal, castigó una pareja de lobos de mar, no existirían el deseo ni la muerte. Finalmente Elal, el sabio, protector de los Tehuelches, dio por terminados sus trabajos.

Dicen que un día poco antes del amanecer, reunió a los chónek para despedirse de ellos y darles las últimas instrucciones. Les anunció que se iba, pidió que no le rindieran honores, pero que si transmitieran sus enseñanzas a sus hijos, y éstos a los suyos, y aquellos a los propios, para que nunca murieran los secretos de los Tehuelches. Y cuando el sol ya se asomaba en el horizonte Elal llamó al cisne, su viejo compañero. Se subió a su lomo y le indicó con un gesto el este ardiente. Entonces el cisne se alejó del acantilado, corrió un trecho y levantó vuelo por encima del mar. Inclinándose sobre el ave que lo llevaba, y acariciando su cuello, Elal le pidió que le avisara cuando estuviera cansado. Cuando el cisne se quejaba, Elal disparaba una flecha hacia abajo y con cada flechazo surgía en el agua una isla donde era posible posarse a descansar. Dicen que varias islas se distinguen todavía desde la costa patagónica y que en alguna de ella muy lejos, donde ningún hombre vivo puede llegar, vive Elal.

Sentado frente a hogueras que nunca se extinguen, escucha las historias que le cuentan los tehuelches que resucitados llegan cada tanto para quedarse con él, guiados por el magnánimo Wendéunk (espíritu tutelar que lleva la cuenta de las acciones de los tehuelches y los conduce, después de muertos, al encuentro de Elal).

Leyendas Tehuelches: El Calafate

Koonel, la anciana hechicera de la tribu, estaba demasiado agotada para continuar caminando hacia el Norte; el invierno estaba próximo y había que buscar lugares donde no faltara caza. Como era habitual en esos casos, se le construyó un buen Kau y se le dejo abundante comida; pero seguramente no le alcanzaría para todo el invierno.

Para esa época no existían los calafates. Quedó totalmente sola; hasta los pájaros emigraron con la llegada de las primeras nieves, pero ella subsistió inexplicablemente.

A la llegada de la primavera se asomaron las primeras golondrinas, algunos chorlos y algunas inquietas ratoneras.

Koonek les increpó la actitud de haberla dejado sola, sumida en el silencio; a lo que las avecillas respondieron que ello se debía a que durante el invierno no tenían dónde resguardarse del viento y del frío y además el alimento era escaso. Koonek sin salir del toldo, les respondió: “desde ahora en adelante podrán quedarse, tendrán abrigo y alimentos.” Cuando abrieron el toldo, la anciana hechicera ya no estaba, se había convertido en una hermosa mata, espinosa, amarilla y de perfumadas flores, las que al promediar el verano ya eran moradas frutas de abundante semilla. Los pajaritos comieron su fruto y los tehuelches desparramaron las semillas de Aike en Aike. Ya nunca más se fueron las aves y las que se habían ido, al enterarse, regresaron.

Por eso el que come calafate vuelve.

Travesía por los confines del mundo

Desde Ushuaia a Río Grande, por el majestuoso paisaje austral, un espléndido circuito que combina historia y aventura.

Unidos por la belleza de sus paisajes y por la ruta 3, Ushuaia, Tolhuin y Río Grande forman un circuito ideal para recorrer Tierra del Fuego. En esta época, las jornadas de sol son más largas y resultan óptimas para realizar caminatas, circuitos en bicicletas, paseos a caballo y excursiones náuticas.

Ushuaia cautiva con la silueta de la cadena Martial, ubicada detrás de la ciudad, que mira hacia el Canal de Beagle. La capital es famosa por sus paisajes y su historia, contada en detalle en los museos Del Fin del Mundo, Marítimo y Mundo Yámana.

El clásico Tren del Fin del Mundo parte de una estación ubicada a 8 km de la ciudad y corre a lo largo del río Pipo hasta La Macarena, donde pueden contemplarse una cascada y una imponente vista del valle.

Por un sendero se llega hasta un asentamiento que recrea la vida de los originarios pobladores yámanas. El tren sigue su recorrido -de 14 km ida y vuelta- hasta el Parque Nacional Tierra del Fuego, después de atravesar un turbal y un bosque de coihues y lengas.

Por el Canal de Beagle

Una de las experiencias más recomendables es navegar por el Canal de Beagle, bordeando sus bahías e islotes, conocer su avifauna, llegar hasta la Isla de los Lobos, fijar la vista en el Faro Les Eclaireurs y obtener una vista panorámica de toda la ciudad. Hay diversos tipos de embarcaciones e itinerarios.

Para los que prefieren ponerle el cuerpo a la naturaleza, una opción es el Parque Nacional Tierra del Fuego, a 12 kilómetros del casco urbano. Las 63.000 hectáreas que lo conforman ofrecen senderos con distintos niveles de dificultad, que pueden recorrerse a pie o en bicicleta.

Entre los puntos destacados por su belleza, figura la senda costera, que une el camping Ensenada con la bahía Lapataia, y permite conocer la costa marina de la isla.

Otro imperdible es el camino al glaciar Martial, excursión que ocupa todo el día y presenta una dificultad intermedia. El premio: la caminata termina al pie del bloque de hielo.

Los que disfrutan pedaleando pueden realizar el Camino del Atlántico, de 17 km, un sendero que comienza en el río Olivia, recorre la costa del canal en sentido oeste-este y llega hasta la abandonada estancia Túnel.

Mucho más corta -se recorre en cuatro horas-, la senda del presidio comienza en el cruce de las calles 12 de Octubre y Alem, desde donde se parte en sentido sudoeste y luego de dos kilómetros se desvía hacia la derecha. A pocos metros se observan los montes Susana y el cañadón de la Oveja, desde donde se regresa a la ciudad.

Una inolvidable aventura reserva el canopy en el cerro Martial. Equipados con arneses y poleas, los aventureros vuelan sobre las copas de los árboles uniendo estructuras de madera. Desde estas bases se cruzan bosques y ríos.

Como un corazón

A 90 km de Ushuaia por la ruta 3, está Tolhuin, cuyo nombre significa "como un corazón" en lengua ona. Pero 30 km, por un camino zigzagueante que trepa hasta cruzar la cordillera, los visitantes suelen perder el aliento ante el paso Garibaldi, que descubre entre las montañas una increíble vista del lago Escondido. Desde allí se puede bajar por un sendero hasta alcanzar la orilla de las aguas verdes.

Tolhuin, una aldea de 7.000 habitantes propone cabalgatas, trekking, mountain bike, canotaje, cuatriciclos y travesías en 4x4 en torno a los lagos Fagnano y Yehuin. El Fagnano está rodeado de bosques de lengas, guindos y ñires. Los que deseen explorar sus aguas, pueden hacer una navegación de medio día o de jornada completa y pescar truchas arcoiris desde noviembre hasta abril.

Enclavada sobre la desembocadura del río que le da su nombre, Río Grande es conocida como "La Capital Nacional de la Trucha". Los mejores ámbitos para practicar pesca deportiva son los ríos Grande, Menéndez e Irigoyen. Allí abundan truchas arcoiris, de arroyo y marrón. Las excursiones por estos ríos pueden durar desde un día hasta una semana.

Muchas hosterías se levantan cerca de los lugares de pesca. Otra posibilidad de hospedaje es el Circuito de las Estancias. Las Hijas, Tepi, Aurelia y María Behety son algunos establecimientos rurales dedicados al turismo, que se utilizan como puntos de partida para adentrarse en la naturaleza, a caballo o caminando.

A 11 kilómetros de Río Grande, la misión salesiana Nuestra Señora de la Candelaria testimonia la tarea evangelizadora de la orden salesiana durante la colonización y la actividad rural en la zona.

De aquí parten cabalgatas, que duran desde una hora hasta tres horas y media, con rumbo hacia las lagunas Don Bosco y El Remanso, Cabo Domingo y el Cementerio Aborigen. Una experiencia inolvidable.

Fuente: Clarín Turismo