Por el Camino del Monte Zeballos

En el extremo noroeste de Santa Cruz, el pueblo de Los Antiguos es el punto de partida para avanzar por el Camino del Monte Zeballos, un fragmento de la Ruta 41, una de las más espectaculares de toda la Patagonia. Es el camino más alto de la provincia, partiendo a los 200 metros sobre el nivel del mar –con los caracoleos del río Jeinimani al fondo de un valle– hasta llegar a los 1500 en el punto más alto. Al comienzo se atraviesa la pura estepa con su escasa vegetación, y cincuenta kilómetros más adelante aparece un bosque de 900 hectáreas con muchos ñires y algunas lengas. El lugar es ideal para hacer un picnic agreste junto a un manantial en medio del bosque.

La ruta asciende de a poco y la vegetación se hace más profusa por la mayor humedad. Pero al llegar a El Portezuelo –el punto más alto, a 1500 metros– la vegetación desaparece otra vez por la falta de oxígeno. Así como al principio se atravesaba un desierto de estepa, ahora predomina un desierto de alta montaña. Y es también el lugar más asombroso del trayecto, donde están unas extrañísimas formaciones naturales llamadas diques basálticos, que son como dos murallas paralelas que suben hasta la cima de la montaña. A simple vista resulta difícil creer que su origen no sea humano. Están fragmentadas por la erosión y se asemejan a aquella otra famosa muralla, la china. Por eso inducen a detener el auto y subir a pie por las áridas laderas, para dilucidar cómo surgió esa muralla en un lugar tan insólito. A los 15 minutos de caminata ya se divisan sus ladrillos negros de basalto, que parecen encajados con la exactitud de una pared edificada por el hombre.

Hace 65 millones de años, cuando surgía la cordillera y la Patagonia era un infierno de volcanes en erupción, se formaron estos “diques basálticos”. Su emplazamiento actual es el de una grieta que ya no existe, por la cual brotaba lava a borbotones. En cierto momento la lava dejó de salir y la que se endureció sobre las dos paredes de la grieta se resquebrajó tomando la forma de una pared de ladrillos. En los miles de años siguientes la erosión fue horadando las laderas para dejar al descubierto aquellas dos resistentes paredes de basalto.

A partir de El Portezuelo comienza el descenso a la cuenca vecina, y a la vera del camino aparecen lagunas color turquesa habitadas por patos y cisnes de cuello negro. Gran parte del Camino del Monte Zeballos atraviesa lo que fue el interior del cráter de un volcán gigante, del que desapareció toda una mitad. Uno de los imponentes picos de ese cráter es el Monte Zeballos, cuyos 2748 metros se divisan desde gran parte del camino.

Fuente: Página 12 Turismo

Los Antiguos y los fascinantes paisajes lunares

En las afueras de la localidad de Los Antiguos hay un circuito alternativo para conocer sitios inexplorados de la Patagonia con estepas, bosques y rocas lunares.

La Patagonia depara rutas solitarias, algunas de singular belleza, con magníficos escenarios fuera del circuito tradicional. Uno de esos tesoros es la ruta 41, conocida también como el Camino de Monte Zeballos, que parte de la localidad santacruceña de Los Antiguos.

Varias particularidades lo convierten en un itinerario especial: en primer lugar, se destaca por ser el camino más alto de Santa Cruz, trepa desde los 200 metros hasta los 1.500 metros sobre el nivel del mar en el sitio llamado El Portezuelo. Transitarlo lleva a descubrir el pico más elevado del territorio provincial, el monte San Lorenzo, de 3.706 metros.

Más allá de estas precisiones geográficas, lo que realmente sorprende es la variedad y heterogeneidad de paisajes. A lo largo de 165 kilómetros se suceden lagos, ríos, cerros, estepas, formaciones volcánicas de exótica fisonomía y bosques de lengas y ñires.

El trayecto se presenta como una visita imperdible para quienes gustan de conducir por sendas poco exploradas, a la que se pueden sumar caminatas y cabalgatas.

Ruta de contrastes. El Camino del Monte Zeballos es la principal excursión alternativa que brinda Los Antiguos. En el noroeste santacruceño, lindante con la frontera con Chile, esta pequeña población, de alrededor de cinco mil habitantes, se desarrolla armoniosamente en un valle fértil rodeado por la cordillera de los Andes.

El punto de partida hacia el Zeballos es el mirador del río Jeinimeni, a dos kilómetros del centro, desde donde se aprecian la región chacarera, las típicas alamedas del pueblo que resguardan del viento, y el lago Buenos Aires coronado por la cumbre nevada del cerro Castillo.

La ruta fluye entre los cañadones de los ríos Jeinimeni y Los Antiguos regalando instantáneas diferentes del majestuoso lago que va quedando atrás. En el kilómetro 22 surge un punto panorámico natural y un par de kilómetros más adelante la formación geológica Toscas Bayas con paredones de roca sedimentaria.

A partir de allí, el periplo abandona la aridez esteparia para dar paso a faldeos boscosos de lengas y ñires que justifican una parada para respirar aire puro y hacer una pequeña caminata por senderos vírgenes. Sin embargo, aún faltan unos kilómetros para encontrar los atractivos más deslumbrantes. Mientras tanto, se observan unas antiguas estancias, dedicadas a la producción lanar fundamentalmente, y se cruzan algunos puentes, con el monte Zeballos como centinela. Cuando el cuentakilómetros marca 67, emergen unas extrañas formaciones de piedra, que los antigüenses llaman “cucuruchos”.

Con la compañía de un guía es posible emprender un trekking de aproximación a estos curiosos conos de roca erosionados por el viento. La caminata demanda alrededor de una hora, en medio de un silencio infinito y un paisaje que asemeja una postal lunar. De regreso al camino, aguarda el punto más alto de la travesía, El Portezuelo, que asombra por la ausencia completa de vegetación y por las formaciones de lava que parecen pircas que rodean una gran cascada de deshielo.

Gran parte de este lugar está asentado sobre lo que fue el interior del cráter de un volcán. En un día despejado, en este desolado paso es posible ver el monte San Lorenzo.

Retomando el viaje, el terreno desciende hasta alcanzar el desvío hacia la localidad vecina de Hipólito Yrigoyen, conocida también como Lago

Posadas. Allí, los lagos Posadas y Pueyrredón, separados por un angosto istmo, cautivan con sus tonalidades. El primero, se caracteriza por mansas aguas de color turquesa, mientras que el segundo lo hace por ser más convulsionado y su tonalidad azul profunda.

Los dos espejos, junto al lago Buenos Aires y los ríos Jeinimeni y Los Antiguos, que también se cruzan en el trazado de la ruta 41, son excelentes pesqueros de truchas y salmones. Recorrer el Camino del Monte Zeballos es explorar la Patagonia más auténtica y menos conocida. Es una combinación de contrastantes postales que difícilmente se olviden, sobre todo si los mágicos atardeceres sorprenden en la ruta, en medio de la infinita soledad.

Lo que hay que saber

Dónde. Los Antiguos está en el extremo noroeste de la provincia de Santa Cruz, a tres kilómetros de la frontera con Chile.

Cómo llegar. Por vía aérea, vuelo de Buenos Aires a Comodoro Rivadavia y desde allí vuelo de Lade hasta Perito Moreno, distante a 56 kilómetros de Los Antiguos por la ruta provincial 43, San Juan Bosco, totalmente asfaltada. Desde Comodoro Rivadavia por vía terrestre hay ómnibus diarios. El acceso a Monte Zeballos es de greda en buen estado, pero es aconsejable hacer el circuito en vehículos altos.

Temporada recomendada. La zona puede visitarse durante el verano porque entre otoño y comienzos de primavera suele estar cubierta de nieve. Antes de iniciar el viaje conviene consultar el estado de la ruta en la Secretaría de Turismo de Los Antiguos.

Excursiones. Quienes no vayan en auto particular pueden contratar una excursión en Toscas Bayas Viajes y Turismo (en Los Antiguos, teléfono (02963) 49-1260. E-mail: toscasbayas@yahoo.com.ar . El paseo es de !0 horas y cuesta $ 120 por persona, con vianda. Hay caminatas y cabalgatas.

Más información:
Secretaría de Turismo de Los Antiguos
Teléfono (02963) - 491261
Internet: www.losantiguos.gov.ar

Fuente: La Voz Turismo

Aventuras en Puerto Deseado

Puerto Deseado tiene una fantástica ría, la única en Sudamérica. Quien sale a caminar por allí no sólo hace trekking sino que sigue las huellas de Darwin o el Perito Francisco Moreno; y quien navega entre las islas Chaffers o Pingüino, lo hace tras la estela de los grandes marinos Magallanes o Cavendish, corsario inglés que replicó la ruta de su antecesor Francis Drake. De hecho, fue a partir de la visita de ese marino inglés, que atracó en este rincón del noreste de Santa Cruz, que la zona recibió su nombre.

Port Desire se llamaba su nave capitana y así bautizó Cavendish a este puerto natural de grandes dimensiones, muy apreciado aún hoy por los barcos que navegan las costas patagónicas. Aunque la traducción tendría que haber sido Puerto Deseo, el Deseado se impuso y sirvió también para nombrar a la ría. Dicho sea de paso, se llama así al cauce de un río que queda sumergido y es invadido por el mar.

Esto hace que su cauce esté gobernado por las mareas, las que por momentos lo ocupan en su totalidad, pero que luego vuelven a dejar sus extremos más lejanos al desnudo. La ría Deseado tiene una extensión un poco mayor a los 40 kilómetros.

El vaivén de las aguas y la acción del viento han modelado cañadones ricos en cuevas y recovecos en donde anidan diversas especies de aves marinas, como los cormoranes o los pingüinos. Por esto mismo es un área perfecta para el turismo en contacto con la naturaleza.

De la tierra a las aguas

En el extremo más continental de la ría se encuentran los Miradores de Darwin, quien describió su impresión sobre la zona con la frase: "No vi otro lugar que parezca más aislado del mundo que esta grieta entre las rocas en medio de la inmensa llanura".

Esa grieta ofrece paredes aptas para practicar escalada en roca; su extensión es escenario para recorridos que, en cuestión de horas, permiten ir desde la meseta poblada de choiques o guanacos, hasta las aguas marinas donde reinan lobos, toninas y pingüinos. Incluso es posible combinar en una misma excursión el trekking con una de las actividades más emblemáticas de Puerto Deseado: el kayak.

La extensión de la ría ofrece un espacio de aguas calmas para practicar el canotaje y el kayak, disciplinas que el visitante también puede disfrutar en compañía de guías especializados. Es verdad que el contacto con la fauna se puede resolver también en embarcaciones a motor, pero la perspectiva desde el kayak es completamente diferente.

De regreso a tierra, una alternativa reciente pero altamente recomendable es visitar el centro de equitación El Noble Argento, desde donde parten cabalgatas que recorren la costa. Desde lo alto de los acantilados, sentados en la montura de un caballo, oteando el horizonte inmenso de la Patagonia, los viajeros pueden sentirse como el Perito Moreno siguiendo las huellas de Darwin.

Datos útiles

Cómo llegar. Puerto Deseado se ubica en el noreste de la provincia de Santa Cruz, a 750 kilómetros de la capital, Río Gallegos, donde se pueden abordar vuelos regionales hasta esta ciudad.
No obstante, el aeropuerto más cercano se ubica en Comodoro Rivadavia, a 290 kilómetros, y recibe vuelos diarios desde Buenos Aires. Por tierra se llega por la Ruta 3, la más importante de la Patagonia, hasta el desvío a Puerto Deseado, ruta 281, por espacio de 130 kilómetros.

Fuente: Los Andes Online

San Martín de los Andes, la joya de la Patagonia

Los más espectaculares bosques de toda la Patagonia están en el Parque Nacional Lanín, la única área silvestre protegida del país en la que están representadas tres especies del bosque inexistentes en otros parques de la cordillera: el raulí, el pehuén y el roble pellín, conviviendo junto con los cóihues, cipreses, ñires, lengas, y maitenes. San Martín de los Andes resulta el punto de partida ideal para los amantes del trekking, senderismo y montañismo, con propuestas inolvidables, como la travesía de tres jornadas desde el lago Lolog hasta la laguna Verde cruzando mallines, portezuelos, vadeando el río Auquinco, trepando laderas y atravesando el extraordinario escorial de lava del volcán Achen Niyeu. Ideal para vivir durante ésta primavera.

La alternativa de intentar el ascenso al volcán Lanín está en la mente de todos los amantes de la montaña. Con su cumbre permanentemente cubierta de hielo y nieve se eleva a 3.776 metros. Pero hay otras opciones en materia de senderismo que permiten una actividad plena en medio de la naturaleza más exuberante de la Patagonia, atravesando rincones de diferente dificultad. El avistaje de aves encuentra en este rincón de la cordillera del Neuquén el sitio ideal. Muchas especies viven en los cuatro ambientes naturales que están representados en su zona de influencia: el bosque, el monte, la estepa y las áreas de alta montaña. Los choiques, en la estepa, los cóndores en lo más alto, y los patos de torrente y carpinteros gigantes, son las aves más buscadas por los observadores de todo el mundo.

Los amantes de rafting encuentran este año los ríos con su caudal pleno, después de los deshielos de las inusitadas nevadas del último invierno que se prolongaron incluso hasta bien entrada la primavera. La pesca deportiva tiene a San Martín de los Andes, al Parque Nacional Lanín y a su área de influencia, como uno de los sitios de excelencia. Flotadas en botes neumáticos con campamentos en las islas o en las riberas de los más formidables ríos cordilleranos, resultan la pausa ideal de los amantes de la pesca. Y la excelencia de los guías es reconocida mundialmente.

Clásicos del verano

Caminatas, cabalgatas, o excursiones terrestres y lacustres son clásicos del verano en esta joya del sur del Neuquén. La excursión a Villa La Angostura a través de la mundialmente famosa Ruta de los Siete Lagos es imperdible. En una distancia de 110 kilómetros se enlazar los Parques Nacionales Lanín, Los Arrayanes y Nahuel Huapi, pudiendo reconocer los lagos Lácar, Machónico, Falkner, Villarino, Escondido, Correntoso, Bailey Willis, Espejo y Nahuel Huapi. Estos son los que se encuentran a la vera de la ruta. Haciendo pequeños ingresos por caminos laterales a la Ruta de los Siete Lagos, se accede también al Meliquina, Hermoso, Pichi Traful, y Espejo Chico. Cada lago es único, diferente, irrepetible. Cada uno tiene su carácter, su identidad, su belleza.

Otra excursión que garantiza el placer y el asombro es la que parte de San Martín de los Andes y llega a la frontera con Chile en Paso Hua Hum a través de toda la cuenca del lago Lácar, e ingresa en una cuña de selva valdiviana donde se encuentra la cascada de Chachín.

Otro clásico de las excursiones del verano, son la que tiene como destino a Junín de los Andes, y a los lagos Huechulafquen y Paimún, accediendo al pie de la ladera sur del volcán Lanín. O el paseo a Quila Quina, la villa veraniega que está enclavada en la costa sur del lago Lácar a sólo 16 kilómetros de la localidad. Son muchos los que eligen sus playas en el verano.

Sol y playa

Claro, San Martín de los Andes es también destino de sol y playas. Las aguas del lago Lácar alcanzan los 17 grados centígrados en el verano: la misma temperatura que el mar en las costas bonaerenses. En algunas bahías reparadas con playas de fina arena junto a las que crecen frutillas silvestres, estos registros ascienden a 19 y hasta 21 grados. Y es un placer nadar inmerso en la transparencia completa de estas aguas, o hacer windsurf, o canotaje, kayak, buceo de montaña, esquí acuático o navegación a vela.

Lo mejor, su gente

Pero el placer no sólo está en los espacios naturales. El pueblo en sí mismo resulta atractivo por la calidez de su gente, de su arquitectura, de su escala intimista, por las rosas que crecen en las veredas, por la segura distensión del visitante y del poblador a cualquier hora, por la excelencia de su hotelería, de su gastronomía y de sus servicios turísticos, y también por sus opciones culturales y de espectáculos callejeros y la diversión nocturna.

A 71 kilómetros del casco antiguo de San Martín de los Andes, y enclavado en una de las áreas más exuberantes del Parque Nacional Lanín, el spa de alta gama "Termas de Lahuencó", ya está funcionando a pleno. Entretanto en los lagos Lácar y Nonthué se acaban de inaugurar dos muelles nuevos destinados a la operación de todo tipo de embarcaciones. Se trata de los enclavados en Pucará y en Hua Hum. A su vez se han instalado nuevos servicios sanitarios en Quila Quina, en Pucará y en Chachín para el uso de los visitantes.

Asimismo, en la localidad, el turista recurrente se va a sorprender también con las nuevas opciones en materia de centros comerciales, de restaurantes, de complejos turísticos.

Fuente: La Capital Turismo

Eco Chubut, el Centro de interpretación de Punta Tombo

Un nuevo Centro de Interpretación permitirá acceder a Punta Tombo todo el año. Se construyó con energía solar y arquitectura sustentable.
Si hubiera que poner un título a esta película, sería La vuelta al nido. O El año que viene a la misma hora, en referencia a una de las más altas tasas de fidelidad amorosa entre estas aves marinas del planeta, los pingüinos magallánicos.

Como en el film de Robert Mulligan, con Alan Alda y Ellen Burstyn, los amantes de Punta Tombo, sobre la franja chubutense del Mar Argentino, cada mes de septiembre visten su mejor smoking de primavera, lustran su doble collar negro y nadan mil metros rumbo a la Bahía Janssen, donde los esperan seis meses de amor. Primero llegan los machos, altaneros y torpes como Chaplin, buscan el mismo “dormitorio” de la temporada anterior debajo de un matorral, cavan un hoyo, y allí esperan a su novia de siempre, para aparearse. Las hembras ponen dos huevos, pero ambos los incuban alternadamente. ¡Una familia moderna! Así, los 3,5 kilómetros de lengua rocosa que conforman lo que geográficamente se conoce como Punta Tombo se convierten, hasta abril, en un gran complejo habitacional donde cada cuarto está tácitamente bloqueado por un cartelito que indica: Do not disturb. Y lo saben los científicos que acuden a estudiar su comportamiento. Y los turistas, que recorren extensos kilómetros de piedra y polvo para pizpearlos desde las tarimas de madera.

Bien, ya sabíamos que Chubut tiene 12 áreas naturales protegidas (Punta Tombo es una de ellas), 2 parques nacionales y un conjunto de 100 km de costa y 40 islas que conforman el Parque Marino Costero Patagonia Austral. Entonces, ¿cuál es la noticia que reunió el lunes pasado a 200 periodistas nacionales y locales en la tierra que concentra la mayor colonia continental de pingüinos Magallanes del mundo? La inauguración del Centro de Interpretación ($ 30 millones financiados con fondos provinciales), un espacio semicircular de 6.000 m2 construido a 40 msnm con ladrillos, adobe y madera, y alimentado con energía solar. Allí el turista podrá, durante todo el año, entender y sensibilizarse con la historia de estas aves marinas de la zona y de otros actores de reparto (gaviotas, skúas, petrel, guanacos, maras, choikes, zorros grises, etc.) que pueblan el valle inferior del río Chubut, el mismo que cobijó a los homeless galeses en 1865, donde ya vivían esos galanes del cine mudo, nómades, altos y sin escritura, los tehuelches. Creación del arquitecto chubutense José Pablo Mehaudy, el Centro, que reducirá en un 50% el impacto ambiental que genera la presencia turística en el área, tiene madrina de lujo en el show business, Susana Giménez. Sorprendidísima con las flamantes maquetas de dinosaurios del aeropuerto de Trelew (“¡parecían vivos!”) y con la monogamia pingüina (“¡me quiero casar con un pingüino!”), aceptó el madrinazgo del Centro, se llevó un poncho que le regaló el gobernador Mario Das Neves y recorrió la galería del mar y la tierra (tendrá cámaras que transmitan lo que suceda bajo el mar), la sala de conservación de especies, el laboratorio científico y el área de sensaciones. Y se fue en helicóptero a conocer a las ballenas de Puerto Pirámides, regalando alegría y saludos, no sin antes desearle suerte a Das Neves, “por si quiere ser presidente”.

Fuente: Diario Perfíl

Con el timón al sur, la ruta de Darwin

Crónica de un viaje por las gélidas aguas del fin del mundo, siguiendo las huellas del naturalista inglés Charles Darwin. Desde Ushuaia hacia la Patagonia chilena a bordo de un crucero de expedición que atraviesa el canal de Beagle, el estrecho de Magallanes y el mítico cabo de Hornos, entre glaciares y fiordos.

Ushuaia luce espléndida desde la cubierta, aun con el manto de niebla que cubre la ciudad. La brisa del fin del mundo acompaña el vuelo de las gaviotas que revolotean alrededor de la embarcación, hasta que el estruendo del claxon rompe el silencio reinante y anuncia la partida. Nos internamos en el canal de Beagle, rumbo sur, hacia el mítico cabo de Hornos.

Es hora de las presentaciones de rigor: el capitán y la tripulación del Vía Australis –uno de los cruceros de expedición que realiza la travesía desde Ushuaia a Punta Arenas, en Chile– nos dan la bienvenida a bordo. Son alrededor de las nueve y media de la noche ¿o de la tarde? y por las ventanillas del salón comedor entra una luz que desorienta. Es que por estas latitudes el atardecer se hace rogar. En la hoja de ruta está marcada la hora exacta de la puesta del sol para las 21.55, y del amanecer para las 04.53.

La noche es movidita, y durante ese breve lapso de oscuridad despertamos de un sobresalto: la embarcación se sacude violentamente. Entramos en mar abierto camino al primer destino en este itinerario de tres noches. El cabo de Hornos es el punto más austral del mundo antes de la Antártida, y le ha quitado el sueño a más de un explorador, comenzando por Charles Darwin, el naturalista inglés que hace 150 años cambió el rumbo de la ciencia con sus ideas acerca de la evolución de las especies.

Darwin recorrió estos pagos australes entre 1833 y 1834, a bordo de la fragata HMS Beagle, capitaneada por el experto Robert Fitz Roy, y es aquí donde comenzó a desarrollar sus revolucionarias teorías mediante la observación de especies para él exóticas de la Patagonia. Hoy en día, el mismo derrotero del naturalista y otros intrépidos exploradores y corsarios de antaño se puede realizar a bordo de navíos seguros y confortables, a años luz de los que navegaron Fernando de Magallanes, William Drake o el propio Darwin, quienes arriesgaban todo contra viento y marea en aquellos viajes por la geografía indómita de una Patagonia virgen.

El cabo mas temido

“Su atención por favor, estimados pasajeros: nos estamos aproximando al cabo de Hornos. Si las condiciones climáticas lo permiten, el desembarco será a las siete. El desayuno para madrugadores está servido en el salón Yámana”, anuncia la voz de una tripulante por los altoparlantes.

Son las seis, hay que levantarse, vestirse con un montón de ropa abrigadísima, sumarle el chaleco salvavidas, y aguardar hasta que el capitán decida si es posible o no desembarcar en el cabo. Darwin lo intentó y no pudo; el clima le jugó una mala pasada y su sueño de poner un pie allí quedó trunco. Así plasmó su profundo desencanto en el diario de viaje: “Parece que el cabo de Hornos exige que le paguemos tributo, y antes de cerrar la noche nos envía una espantosa tempestad” y al aproximarnos de nuevo a tierra al día siguiente, percibimos este famoso promontorio, envuelto en brumas y rodeado de un verdadero huracán de viento y agua. Inmensas nubes oscurecen el cielo, las sacudidas del viento y granizo nos asedian con tan ruda violencia que el capitán decide guarecerse en el abra Wigwam, un excelente puertecillo situado a poca distancia, y allí echamos el ancla precisamente el día de Nochebuena”.

En la cubierta, el viento helado contribuye al difícil despertar. Está nublado, y los guías de expedición se alejan en los botes zodiac hacia la escarpada costa para determinar si pisaremos la leyenda o no. Vuelven con buenas noticias: vamos a desembarcar.

Bajar no es nada fácil; el agua está a cuatro grados y caerse no es recomendable. El hombre que hace las veces de barman a bordo aguarda enfundado en un traje de neoprene y sumergido hasta el cuello para sostener los botes. El oleaje es fuerte y el descenso requiere una técnica repetida una y otra vez por los guías, que ayudan a sostener a cada pasajero.

Luego hay que subir una escalera de 160 peldaños que parece sin fin. Pero qué importa, ya estamos en cabo firme. Este lugar fue descubierto en 1616 por una expedición holandesa organizada por Isaac Le Maire, y declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco en junio de 2005. Es un punto estratégico donde las aguas del Atlántico y el Pacífico se chocan y se funden, formando enormes olas que en tiempos remotos hicieron naufragar, sin dejar rastro alguno, a varios navegantes que se aventuraban en estos mares.

El viento sacude con violencia y se hace extremadamente difícil andar. Comienza a granizar y hay que caminar de espaldas para que las piedras no lastimen el rostro. Recorremos una larga pasarela de madera rumbo al monumento al cabo de Hornos, la escultura de hierro de un albatros –ave insignia de los hombres de mar– inaugurada en el año 1992 por iniciativa de la sección chilena de la cofradía de los “Cap Horniers” (la asociación que reúne a los capitanes que al mando de un barco hayan cruzado el meridiano del cabo de Hornos). Las ráfagas, de más de 30 nudos (70 kilómetros por hora), apenas permiten sacar las cámaras y arriesgar una instantánea bajo la célebre obra de arte.

En punta Espolón, al otro lado de la isla, se encuentra el faro más austral del planeta. Allí, en medio de la desolación reinante, vive una familia chilena –con televisión e Internet satelital– que tiene a su cargo tareas de control de tráfico, una oficina postal y la venta de souvenirs.

El naturalista y los aborigenes

Por la tarde, luego de una interesante charla acerca de Darwin en Patagonia, en la que el guía Rodrigo Fuentes repasa exhaustivamente la actividad del científico en el mismo sitio donde navegamos, desembarcamos en bahía Wulaia. Es un hermoso sitio, rodeado de leyendas sobre el que fue uno de los más grandes asentamientos de pueblos originarios de la región, el mismo en donde el naturalista inglés tuvo contacto con los yámanas por primera vez. Nómades y canoeros, las tribus subsistían gracias a la pesca y la caza de lobos marinos, mientras sus mujeres se arrojaban a las gélidas aguas completamente desnudas a bucear en busca de moluscos. Se embadurnaban el cuerpo con grasa y aceite de lobo o ballenas para protegerse del frío, aunque también se cubrían con pieles de animales.

Durante su viaje anterior, Fitz Roy había llevado cuatro nativos a Inglaterra en un intento por “civilizarlos”. Les dieron los nombres de York Minster, Fuegia Basket, Jemmy Button y Boat Memory. El “objetivo”, en parte, fue logrado mientras vivieron en suelo inglés. Aprendieron el idioma, fueron evangelizados, se vistieron a la usanza local y llegaron a tomar el té con los reyes. Pero de vuelta en Tierra del Fuego recuperaron sus viejas costumbres, como la de andar desnudos, y desaparecieron entre los suyos sin dejar rastro alguno.

La primera impresión que tuvo Darwin al observarlos de regreso en su hábitat fue de espanto, al punto que les dedicó una brutal descripción en su bitácora: “En verdad que nunca había visto criaturas más abyectas y miserables. En la costa oriental llevan capas de guanaco, y en la occidental se cubren con pieles de foca... Estos desgraciados salvajes tienen el cuerpo achaparrado, el rostro deforme, cubierto de pintura blanca, la piel sucia y grasienta, los cabellos enmarañados, la voz discordante y los gestos violentos. Cuando se los ve cuesta trabajo creer que son seres humanos, habitantes del mismo mundo que nosotros”. Tiempo después, sin embargo, el científico se retractaría.

El clima cambia repentinamente por estas latitudes, y la tarde se presenta un tanto más soleada y agradable que la hostil mañana. El desembarco en la bahía es más simple que en el cabo. Una vieja casona, que fue el hogar de una familia granjera hasta principios de siglo XX, es hoy un centro de interpretación.

Hay dos alternativas para recorrer este paraje donde reina el bosque magallánico, poblado de lengas, coihues, canelos y helechos, y sobrevolado por una gran cantidad de albatros, cormoranes y gaviotas: aventurarse en un trekking hasta lo más alto, donde se obtiene una hermosa panorámica y se puede llegar a observar una pareja de castores en su castorera, o disfrutar de una caminata más suave por la costa. Como broche final de la visita, un whisky con verdadero hielo glaciar bajo un bondadoso sol austral.

Rumbo a los Glaciares

Navegando nuevamente por el estrecho canal de Beagle, donde el oleaje es mucho menor, la segunda noche se presenta más serena y el sueño más fácil de conciliar. No es necesario madrugar, ya que solo desembarcaremos por la tarde, pero la actividad a bordo no cesa: una charla sobre el estrecho de Magallanes, una clase de nudos marineros y una introducción al vino chileno por parte del maître amenizan la mañana.

Pasado el mediodía, el Vía Australis se interna en el Seno Chico, que lleva hacia el punto de un nuevo desembarco, la entrada del fiordo Alacalufe. Abordamos los zodiacs para llegar al pie de los imponentes glaciares Piloto y Nena. El agua está llena de bloques de hielo a la deriva y Rodrigo, el guía, se esfuerza en recogerlos para abastecer el bar.

A medida que nos adentramos en el fiordo, varios cormoranes que anidan en sus paredones de piedra revolotean alrededor. Llevan comida para sus pichones, que están aprendiendo a volar. Los botes se estacionan a pocos metros de los imponentes y milenarios glaciares, probablemente destinados a desaparecer a causa del calentamiento global, aunque algunos científicos sostienen que su lenta extinción es parte de un ciclo natural.

Cada tanto suceden pequeños desprendimientos. Los guías piden calma para poder escuchar, justamente, los sonidos del silencio, tan abrumador como la impresión que causa estar en este rincón de fría belleza. Un rato después, volvemos a bordo. Por la noche somos agasajados con una suculenta cena de despedida, con centolla, congrio y otras delicias marinas. Más tarde habrá un brindis y el tradicional remate de la carta de navegación original.

La Isla de los Pinguinos

El Vía Australis surca el estrecho de Magallanes rumbo a Punta Arenas, destino final de esta travesía. Según indica el itinerario, el sol despuntará en el horizonte a las 4.53. Este cronista se ve en la obligación de presenciar al menos un amanecer en el fin del mundo y está de pie en la cubierta a las 4.30 de la mañana, tiritando de frío. El esfuerzo vale la pena, un sol amarillo furioso surge en el horizonte austral.

A las 6.00, la voz del oficial de turno invita gentilmente a un café y a asistir a las instrucciones pertinentes para el descenso. El último sitio por visitar es la isla Magdalena, hogar de una colonia de unos 85.000 pingüinos de Magallanes, además de gran cantidad de cormoranes, caiquenes, skúas, gaviotas, carancas, palomas antárticas y bandurrias.

La isla está protegida por la Corporación Nacional Forestal, encargada de velar por la vida animal y silvestre en territorio chileno. El cielo está limpio, de un celeste intenso, y desde el crucero se divisa el faro rojo y blanco donde funciona un centro de interpretación ambiental, rodeado de miles de pingüinos que se ven como pequeños puntitos negros.

Otra vez abordar los zodiacs, vientito en la cara, el agua helada que salpica cada tanto. En un breve lapso estamos con los pies en tierra firme, cara a cara con estas entrañables aves que visten de frac. Nos explican que pueden estresarse si hay demasiada cercanía, pero no parecen muy preocupados por la presencia humana mientras caminamos entre ellos dentro de su territorio. Algunos juguetean entre sí, parecen cortejarse; otros se refugian en sus nidos y cuidan celosamente de sus crías y huevos del acecho de las temibles skúas, atentas a cualquier descuido. Y otros tantos caminan con su modo tan particular y simpático, bamboleándose a un lado y otro.

Los guías comienzan a llamar: es hora de volver a la embarcación, Punta Arenas está cerca y hay horario marcado para llegar. Desde el barco avistamos los coloridos techos de la ciudad continental más austral del globo. La travesía por los intrincados canales patagónicos y sus paisajes de ensueño llega a su fin, dejando atrás la senda marítima que hace 150 años sirvió de inspiración a Darwin para una de las teorías científicas más revolucionarias de la historia.

Datos útiles

- Cómo llegar: Aerolíneas Argentinas y LAN vuelan a Ushuaia diariamente. Los pasajes ida y vuelta desde Buenos Aires cuestan entre 950 y 1700 pesos, aproximadamente.

Fuente: Página 12 Turismo

De turismo por el Glaciar Perito Moreno

Saco la cámara. Registro el turquesa que parece retocado con Photoshop, una grieta que no había visto antes, el azul imposible que asoma de su interior. Guardo la cámara. Un minuto después vuelvo a sacarla. Una nueva gama de hielo y celeste llama mi atención. Y el ciclo se repite.

Tomar fotos del glaciar más famoso de la Argentina es así. Prácticamente un vicio, aunque uno lo haya visto antes, aunque haya sacado las mil y una fotos y videos.

Tal vez eso explique el porqué de un turismo que continúa en ascenso por estos confines del mundo, sin importar que se trate de uno de los destinos más caros del país, si no el más caro.

Desde que el aeropuerto internacional le abrió la puerta grande al glaciar, hace apenas 10 años (antes había que volar a Río Gallegos y desde allí hacer 300 kilómetros por tierra), el Parque Nacional Los Glaciares pasó de recibir 60.000 personas en la década del 80 a más de medio millón en los últimos años (en temporada alta llegan hasta tres mil personas por día).

El Calafate, a 80 km y base para la mayoría de visitantes, también recibió los coletazos del boom: de una población más o menos estable de cuatro mil personas saltó a 20.000 habitantes en una década. La cara más visible de este crecimiento repentino es el surgimiento de nuevos hoteles, muchos con varias estrellas en su haber, otros tantos de dudosa propiedad (pero no vamos a entrar en la arena política). Por lo demás, en las pocas cuadras céntricas que flanquean la Avenida Libertador siguen más o menos inalterables los negocios de dulces regionales, artesanías y ropa deportiva (y un casino estilo Las Vegas que nada tiene que ver con el paisaje patagónico).

Así quedó claro que la infraestructura del Perito Moreno no iba a dar abasto. Por eso se remodeló el parking, se estrenó una confitería, se hicieron nuevos baños, se asfaltó la ruta de ripio que llegaba hasta la entrada del parque y, lo más importante, se habilitaron las nuevas pasarelas que miran a la pared frontal del glaciar (en mayo de este año se terminaron de agregar los últimos senderos): 4 km de acero sostenido también sobre pilares de acero, a casi un metro de altura (la idea es que no se corte la vegetación ni la fauna autóctonas), con rampas y hasta ascensor incluidos.

Parece mentira, pero hasta que se inauguraron las primeras pasarelas de madera, a fines de los 80, murieron 32 personas que se acercaron demasiado y no pudieron anticipar la fuerza de las olas y las esquirlas que se desprenden con violencia de los bloques. Porque hay que escuchar cómo ruge y truena esta mole de hielo, que además se quiebra y desgaja con estrépito en forma constante. Los célebres rompimientos, por otro lado, no se pueden predecir. El último ocurrió en julio de 2008, en pleno invierno, y el anterior, en marzo de 2006, en plena noche. Por otro lado, el rompimiento de marzo de 2004 fue el más mediatizado de la historia (hacía 16 años, además, que no se daba el espectacular fenómeno).

Más allá de las pasarelas, otra de las opciones para acercarse a la masa de hielo acumulada (porque no es hielo, sino eso, nieve acumulada) es el llamado safari náutico, que no es otra cosa que navegar por el por el canal de los Témpanos. Sólo desde esta perspectiva se puede tomar conciencia de la majestuosidad del glaciar y la altura real de sus paredes, de unos 50 metros en promedio ("Más o menos como un edificio de 16 pisos", compara el guía). Y si bien en su superficie cabe la ciudad de Buenos Aires, el Moreno no es el glaciar más grande: el Upsala, con 595 km2, lo triplica en tamaño.

El minitrekking sobre el mismo glaciar, la tercera opción, es el preferido por muchos para explorar este mundo de sumideros y hoyos y pasadizos. No requiere de más dificultad que poder calzarse los grampones y no salirse de la fila india que encabezan los guías (el Big Ice, por el contrario, es un excursión con mayor grado de tecnicismo, y el límite de edad para hacerla son los 45 años).

Lo mejor opción, en todo caso, es visitar el glaciar por esta época, cuando el frío no es tan frío y se puede tener el raro privilegio de tenerlo prácticamente para uno. Sin tener que esperar a que el grupo de japoneses se disperse para sacar la foto, o abrirse paso entre las hordas de alemanes y españoles y jubilados cordobeses para terminar haciendo el clic sobre la cabeza de alguno. Porque al fin y al cabo, dejar de sacar fotos a tamaña maravilla es mucho pedir.

Datos útiles

Cómo llegar:
LAN opera un vuelo diario con escala en Ushuaia, con tarifas desde $ 1368 (impuestos incluidos).
Informes: 0810-9999-LAN (526); www.lan.com
Excursiones
Minitrekking: $ 430 por persona (hay que sumarle el transfer, que es de $ 70 para el regular y $ 450 el privado).
Big Ice: $ 720
Safari náutico: $ 50.
Entrada al parque: $ 25 (35 a partir de enero).

Fuente: La Nación Turismo