La propuesta patagónica suma novedades, además de las tradicionales Puerto Madryn y Esquel en el invierno. La denominada Comarca de los Andes del Paralelo 42 y Comodoro Rivadavia serán las vedettes de este verano.
Desde el norte o el sur se llega por la Ruta Nacional 40 a este conjunto de poblaciones de la región cordillerana chubutense que conforman Lago Puelo, El Hoyo, Epuyén, El Maitén y Cholila.
Lago Puelo es una típica villa de montaña que, al igual que el resto de las poblaciones de la Comarca, tiene una economía basada, principalmente, en la producción de frutas finas (cerezas, frutillas, frambuesas) y en la actividad turística. La protección natural de los vientos favorece al valle con un clima benigno para distintos cultivos.
La localidad de El Hoyo se halla ubicada al noroeste de la provincia de Chubut, sobre la Ruta Nacional Nº 4, en un hermoso valle de la precordillera de los Andes y 10 km al sur del Paralelo 42.
En 1986 se organizó la primera Fiesta de la Fruta Fina de orden provincial y ya en 1990 la fiesta pasa a ser nacional; desde entonces, todos los años en el segundo fin de semana del mes de enero se realiza la Fiesta Nacional de la Fruta Fina.
Cholila se encuentra en el noroeste de la provincia del Chubut recostada sobre la Cordillera. El paso de los glaciares modeló este paisaje, dejando como vestigio inmensos valles glaciarios recorridos por un collar de lagos y ríos. A 27 km en dirección sur por la Ruta Provincial Nº 71 se encuentra la portada norte de acceso al famoso Parque Nacional Los Alerces. Con una extensión de 26.300 hectáreas aparecen los lagos Rivadavia, Verde, Menéndez, Futalaufquen, Cisne y Krugger, todos unidos por ríos entre los que se destacan el Rivadavia y el Arrayanes, rodeados del bosque andino patagónico y la selva valdiviana, en cuyo seno se ubica un bosque milenario: el Alerzal. Otras maravillas que se pueden disfrutar son el glaciar Torrecillas y su variada fauna, cuyo máximo representante es el huemul.
Otra de las opciones en Chubut este verano es Comodoro Rivadavia, que aspira a ratificarse como cabecera de acceso y servicios para el Parque Marino Costero Patagonia Austral y para toda la Ruta Azul, que une las áreas protegidas del sur de Chubut y el norte de Santa Cruz.
Esta zona protegida se ubica entre el cabo Dos Bahías y la isla Quintano, al sudeste de la provincia del Chubut. Allí se encuentran bahías, caletas, ensenadas, playas, restingas y arrecifes de piedra, que configuran un paisaje de islotes que brindan a las aves marinas el amparo necesario para anidar entre septiembre y marzo.
Allí se localiza gran parte de las especies del país, incluyendo los siempre buscados pingüinos de Magallanes (entre noviembre y diciembre pueden verse las crías), cormoranes, skúas, petreles gigantes, gaviotas cocineras, ostreros negros, patos vapor y garzas blancas. Además, sus aguas son surcadas por toninas overas y sus costas custodiadas por lobos marinos y manadas de guanacos.
Es que a pesar de que el petróleo originó el desarrollo de esta ciudad, Comodoro busca salir de ese casillero y reconvertirse. Por eso, el próximo 3 de diciembre se abrirán allí las puertas de su predio ferial. Se trata del único espacio cubierto para exposiciones en toda la Patagonia e insumió una inversión de $ 42 millones. Cuenta con un salón principal de 3.600 m2 de planta libre, 130 m2 de escenario, 12 cocinas de apoyo y un auditorio para 400 personas.
A partir de la inauguración de esta estructura -y la de un centro cultural que estará listo en febrero- la ciudad petrolera aspira a captar a un segmento de viajeros que se congregan en torno a exposiciones, ferias y congresos.
Fuente: Ambito
Santa Cruz, más que El Chaltén, los glaciares y las playas
Tiene 117 localidades, y en cada una Santa Cruz atesora sus bellezas. Es el fondo de la Patagonia territorial, la penúltima provincia argentina (después viene la provincia de la isla de Tierra del Fuego, islas atlánticas y Antártida Argentina).
Hace 11.000 años -como lo indican los yacimientos de Los Toldos y Piedra Museo- el lugar estuvo habitado por la nación tson'ks, un pueblo que por su gigantismo Hernando de Magallanes, en 1520, llamó «patagones», desde hace casi una década pasó a ser desde una perspectiva política la «tierra de los pingüinos», aunque para los turistas siga siendo la «capital nacional de los glaciares», y El Calafate sea uno de los destinos más importantes para los viajeros que vienen a conocer nuestro país.
La villa de El Calafate es el habitual punto de partida para conocer el Parque Nacional Los Glaciares que alberga unos 350 glaciares, y el más famoso es el Perito Moreno.
Desde esa villa es posible realizar ascensos a cerros en travesías 4x4, visitas a estancias y puntos de interés arqueológico o histórico (allí ocurrieron los sucesos que narró la película «La Patagonia Rebelde»); cabalgatas por paisajes de ensueño y una creciente cantidad de museos y centros de interpretación.
Río Gallegos
Pero Santa Cruz tiene, como se ha dicho, mucho más, y no deja de transformarse y crecer como lo demuestra Río Gallegos, la capital de la provincia, que de sólo actualizado centro urbano, desde gubernativa y corporativa, no para de sumar atracciones para los visitantes (museos, monumentos histórico-culturales, recorridas por el paisaje volcánico de Laguna Azul, excursiones a la Reserva Faunística Cabo Vírgenes, una de las mayores pingüineras de América del Sur).
Para quienes vienen desde el Norte por la Ruta Nacional Nº 3, bordeando la maravillosa costa de la Patagonia argentina, sus majestuosos acantilados, playas de arena fina y canto rodado y la sorprendente fauna marina, la puerta de entrada a Santa Cruz es Caleta Olivia, que cuenta con playas en las cuales, a pesar de estar tan al sur, pueden disfrutarse en veranos de altas temperaturas y donde, además de tomar sol y mar, se hacen juegos playeros, campamentos y actividades náuticas como kayak, jet ski, kite surf y windsurf.
Bosques magallánicos
Otras localidades que merecen visitarse son: 28 de Noviembre (rodeada de bosques magallánicos, los miradores de cóndores, las reservas), El Chaltén (este pueblito enclavado en la confluencia de los ríos De las Vueltas y Fitz Roy, junto a los glaciares y el famoso cerro Fitz Roy, se considera la Capital Nacional del Trekking, y una notable síntesis de las bellezas de nuestra Patagonia), Gobernador Gregores (un valle fértil en el corazón de la estepa permite visitar estancias y pescar salmones y truchas en los lagos Cardiel y Strobel), Lago Argentino.
Fuente: Ambito
Hace 11.000 años -como lo indican los yacimientos de Los Toldos y Piedra Museo- el lugar estuvo habitado por la nación tson'ks, un pueblo que por su gigantismo Hernando de Magallanes, en 1520, llamó «patagones», desde hace casi una década pasó a ser desde una perspectiva política la «tierra de los pingüinos», aunque para los turistas siga siendo la «capital nacional de los glaciares», y El Calafate sea uno de los destinos más importantes para los viajeros que vienen a conocer nuestro país.
La villa de El Calafate es el habitual punto de partida para conocer el Parque Nacional Los Glaciares que alberga unos 350 glaciares, y el más famoso es el Perito Moreno.
Desde esa villa es posible realizar ascensos a cerros en travesías 4x4, visitas a estancias y puntos de interés arqueológico o histórico (allí ocurrieron los sucesos que narró la película «La Patagonia Rebelde»); cabalgatas por paisajes de ensueño y una creciente cantidad de museos y centros de interpretación.
Río Gallegos
Pero Santa Cruz tiene, como se ha dicho, mucho más, y no deja de transformarse y crecer como lo demuestra Río Gallegos, la capital de la provincia, que de sólo actualizado centro urbano, desde gubernativa y corporativa, no para de sumar atracciones para los visitantes (museos, monumentos histórico-culturales, recorridas por el paisaje volcánico de Laguna Azul, excursiones a la Reserva Faunística Cabo Vírgenes, una de las mayores pingüineras de América del Sur).
Para quienes vienen desde el Norte por la Ruta Nacional Nº 3, bordeando la maravillosa costa de la Patagonia argentina, sus majestuosos acantilados, playas de arena fina y canto rodado y la sorprendente fauna marina, la puerta de entrada a Santa Cruz es Caleta Olivia, que cuenta con playas en las cuales, a pesar de estar tan al sur, pueden disfrutarse en veranos de altas temperaturas y donde, además de tomar sol y mar, se hacen juegos playeros, campamentos y actividades náuticas como kayak, jet ski, kite surf y windsurf.
Bosques magallánicos
Otras localidades que merecen visitarse son: 28 de Noviembre (rodeada de bosques magallánicos, los miradores de cóndores, las reservas), El Chaltén (este pueblito enclavado en la confluencia de los ríos De las Vueltas y Fitz Roy, junto a los glaciares y el famoso cerro Fitz Roy, se considera la Capital Nacional del Trekking, y una notable síntesis de las bellezas de nuestra Patagonia), Gobernador Gregores (un valle fértil en el corazón de la estepa permite visitar estancias y pescar salmones y truchas en los lagos Cardiel y Strobel), Lago Argentino.Fuente: Ambito
Neuquén. Villas veraniegas en un paraíso patagónico
La tranquilidad reina en los lagos, la naturaleza florece desde la primavera y embellece las montañas, que parecen de una altura infinita al entremezclarse con el cielo celeste, que se cubre de nubes en la alta cordillera.
Es la postal de la provincia de Neuquén, que invita a los turistas a descubrirla en verano, con temperaturas cálidas y decenas de aventuras por emprender.
Neuquén no es sólo un destino, son decenas de lugares: desde su capital, donde confluyen los ríos Neuquén y Limay y dan nacimiento al río Negro, pasando por la zona de alta montaña de Aluminé, próxima al parque Lanín. Seguida por Junín de los Andes, al sudeste, a casi 400 km de la capital. Llegando a Villa Traful, en la Cordillera de los Andes, todo se vuelve más que tentador ante los ojos, y luego están las estrellas de la provincia: San Martín de los Andes y Villa La Angostura, que atraen a los turistas por la belleza de sus paisajes, pero, sobre todo, por la paz que se puede encontrar allí.
Villa La Angostura
Sobre la margen del lago Nahuel Huapi, en plena cordillera patagónica, rodeada por la tranquilidad y el silencio de las altas montañas se encuentra la villa más hermosa de la provincia.
En este ambiente de colorida vegetación y espejos de agua cristalina, las aventuras y los deportes tienen un lugar destacado. Desde cabalgatas, trekking, paseos en kayak, catamarán y canoas hasta travesías en mountain bike son la variada gama de actividades que se pueden desarrollar en este destino patagónico.
A sólo 12 kilómetros de la villa, en la península de Quetrihué, hay un lugar imperdible: el bosque de arrayanes. Son 12 hectáreas de este árbol nativo de poderosa belleza, con una corteza de color canela y manchas irregulares blancas. Al bosque se puede acceder a través de un viaje de 40 minutos en el catamarán, que sale desde el puerto, en el muelle Modesta Victoria, bahía La Mansa. También se puede llegar a pie o en bicicleta por el bulevar Nahuel Huapi, a través de una senda de 12 kilómetros. Dentro del bosque, por un sendero se llega a la «casa de Bambi». Según cuenta la historia, Walt Disney se inspiró en este sitio para hacer la famosa película de dibujos animados protagonizada por el pequeño ciervo.
En Villa La Angostura comienza el recorrido De los Siete Lagos, una travesía de poco más de 100 kilómetros por la Ruta Nacional 231, en dirección hacia San Martín de los Andes.
El primer río que se encuentra es el Correntoso, uno de los más cortos del mundo, que nace en el lago del mismo nombre y vuelca sus aguas en el Nahuel Huapi. Allí sorprenden sus playas con una arena oscura y pesada producto de las cenizas volcánicas.
A pocos kilómetros se encuentra la entrada al balneario del lago Espejo y la cabecera norte del lago Correntoso. Por la misma senda hallamos el lago Espejo Chico, un excelente lugar para acampar, elegido sobre todo por los más jóvenes que deciden recorrer la zona como mochileros.
Más adelante, en el empalme con la Ruta Provincial 65, que conduce a Villa Traful, siguiendo por la boscosa ruta y con el río Pichi Traful a la izquierda se pueden ver los lagos Escondido, Villarino y Falkner, y los lagos Hermoso y Machonico se ubican más adelante; al finalizar el recorrido, llegando al lago Lácar, se encuentra la ciudad de San Martín de los Andes.
San Martín de los Andes
Sus aguas cristalinas, que reflejan la inmensidad de la Cordillera de los Andes, son uno de los principales atractivos que tiene esta ciudad en verano, dejando relegado al cerro Chapelco, que cobra protagonismo en invierno. Catritre y Quila Quina son dos de las playas más concurridas, situadas a orillas del Lácar; ambas permiten disfrutar del lago hasta el atardecer.
Para llegar hay que tomar la Ruta Nacional 234 en dirección sudoeste, saliendo desde la ciudad. Tras cuatro kilómetros, se llega al acceso de la playa Catritre. Allí, hay que bajar por un zigzagueante camino de montaña que se abre paso entre un añoso bosque colorido hasta alcanzar la orilla, donde se encuentra un sector de camping con asadores, mesas, bancos y restorán ideal para pasar toda la tarde en familia o en compañía de amigos.
La segunda opción es pasar el acceso a Catritre y seguir un kilómetro más por la Ruta 234 hasta el acceso a Quila Quina. Hay que transitar 12 kilómetros más sobre un camino de montaña con tramos muy sinuosos, en ascenso los primeros seis kilómetros y, luego, una bajada por un típico faldeo, hasta llegar a la villa. Allí, yendo por el camino principal hasta el final, se encuentran el muelle y la playa con una confitería.
Fuente: Ambito
Es la postal de la provincia de Neuquén, que invita a los turistas a descubrirla en verano, con temperaturas cálidas y decenas de aventuras por emprender.
Neuquén no es sólo un destino, son decenas de lugares: desde su capital, donde confluyen los ríos Neuquén y Limay y dan nacimiento al río Negro, pasando por la zona de alta montaña de Aluminé, próxima al parque Lanín. Seguida por Junín de los Andes, al sudeste, a casi 400 km de la capital. Llegando a Villa Traful, en la Cordillera de los Andes, todo se vuelve más que tentador ante los ojos, y luego están las estrellas de la provincia: San Martín de los Andes y Villa La Angostura, que atraen a los turistas por la belleza de sus paisajes, pero, sobre todo, por la paz que se puede encontrar allí.
Villa La Angostura
Sobre la margen del lago Nahuel Huapi, en plena cordillera patagónica, rodeada por la tranquilidad y el silencio de las altas montañas se encuentra la villa más hermosa de la provincia.En este ambiente de colorida vegetación y espejos de agua cristalina, las aventuras y los deportes tienen un lugar destacado. Desde cabalgatas, trekking, paseos en kayak, catamarán y canoas hasta travesías en mountain bike son la variada gama de actividades que se pueden desarrollar en este destino patagónico.
A sólo 12 kilómetros de la villa, en la península de Quetrihué, hay un lugar imperdible: el bosque de arrayanes. Son 12 hectáreas de este árbol nativo de poderosa belleza, con una corteza de color canela y manchas irregulares blancas. Al bosque se puede acceder a través de un viaje de 40 minutos en el catamarán, que sale desde el puerto, en el muelle Modesta Victoria, bahía La Mansa. También se puede llegar a pie o en bicicleta por el bulevar Nahuel Huapi, a través de una senda de 12 kilómetros. Dentro del bosque, por un sendero se llega a la «casa de Bambi». Según cuenta la historia, Walt Disney se inspiró en este sitio para hacer la famosa película de dibujos animados protagonizada por el pequeño ciervo.
En Villa La Angostura comienza el recorrido De los Siete Lagos, una travesía de poco más de 100 kilómetros por la Ruta Nacional 231, en dirección hacia San Martín de los Andes.
El primer río que se encuentra es el Correntoso, uno de los más cortos del mundo, que nace en el lago del mismo nombre y vuelca sus aguas en el Nahuel Huapi. Allí sorprenden sus playas con una arena oscura y pesada producto de las cenizas volcánicas.
A pocos kilómetros se encuentra la entrada al balneario del lago Espejo y la cabecera norte del lago Correntoso. Por la misma senda hallamos el lago Espejo Chico, un excelente lugar para acampar, elegido sobre todo por los más jóvenes que deciden recorrer la zona como mochileros.
Más adelante, en el empalme con la Ruta Provincial 65, que conduce a Villa Traful, siguiendo por la boscosa ruta y con el río Pichi Traful a la izquierda se pueden ver los lagos Escondido, Villarino y Falkner, y los lagos Hermoso y Machonico se ubican más adelante; al finalizar el recorrido, llegando al lago Lácar, se encuentra la ciudad de San Martín de los Andes.
San Martín de los Andes
Sus aguas cristalinas, que reflejan la inmensidad de la Cordillera de los Andes, son uno de los principales atractivos que tiene esta ciudad en verano, dejando relegado al cerro Chapelco, que cobra protagonismo en invierno. Catritre y Quila Quina son dos de las playas más concurridas, situadas a orillas del Lácar; ambas permiten disfrutar del lago hasta el atardecer.Para llegar hay que tomar la Ruta Nacional 234 en dirección sudoeste, saliendo desde la ciudad. Tras cuatro kilómetros, se llega al acceso de la playa Catritre. Allí, hay que bajar por un zigzagueante camino de montaña que se abre paso entre un añoso bosque colorido hasta alcanzar la orilla, donde se encuentra un sector de camping con asadores, mesas, bancos y restorán ideal para pasar toda la tarde en familia o en compañía de amigos.
La segunda opción es pasar el acceso a Catritre y seguir un kilómetro más por la Ruta 234 hasta el acceso a Quila Quina. Hay que transitar 12 kilómetros más sobre un camino de montaña con tramos muy sinuosos, en ascenso los primeros seis kilómetros y, luego, una bajada por un típico faldeo, hasta llegar a la villa. Allí, yendo por el camino principal hasta el final, se encuentran el muelle y la playa con una confitería.
Fuente: Ambito
Puerto Pirámides. Aventuras de cara al mar
Puerto Pirámides es una aldea de mar que se caracteriza por el ser el único enclave argentino donde se realizan paseos embarcados para contemplar ballenas y también por hacer actividades de aventura como trekking, kayak y mountain bike que complementan la oferta de ese sereno destino costero.
Actividades como trekking por la costa y acantilados (también llamado coastering), kayakismo y salidas de mountain bike permiten recorrer los alrededores de esta aldea de mar en forma activa y en pleno contacto con la naturaleza. Existen programas de baja, media y alta dificultad y con diversas duraciones -medio día, día completo o travesías de varias jornadas que incluyen campamentos- según las preferencias de los viajeros.
De la mano de guías especializados y con un profundo conocimiento del ecosistema marino, Patagonia Explorers Sea Kayak & Trekking Expeditions invita a transitar sitios en forma distinta, al tiempo que promueve aprender a valorar las áreas protegidas y su medio ambiente.
Una de las típicas salidas de kayak tiene como destino al Golfo San José. Tras una charla previa en la que se detalla el recorrido a realizar y se dan pautas de seguridad y cuidado medioambiental, los guías conducen directamente a la acción, bordeando los acantilados e ingresando en algunas cuevas.
Después se arriba a una colonia de lobos marinos donde es posible observar las piruetas en el agua de estos mamíferos. Sobre el mediodía, se hace un alto para almorzar en una pequeña playa, descubriendo las restingas, huesos de ballenas y otros restos fósiles que permiten imaginar la vida que habitaba estos mares en el pasado.
Desde el kayak, en medio del silencio que rodea al lugar, se divisa a la gigante ballena Franca Austral, que elige este litoral entre junio y fines de diciembre para aparearse. Cabe aclarar que la observación es a distancia, para evitar la interacción y modificar el comportamiento natural de los cetáceos Finalmente, la travesía llega a la playa Larralde con su villa de pescadores, donde es posible profundizar en la historia del lugar y rememorar el encuentro de los primeros habitantes con los colonizadores.
Esta excursión, en la que se navegan aproximadamente 10 kilómetros en kayak está considerada como de mediana dificultad.
Cabe destacar que en ningún caso es imprescindible tener experiencia previa en kayaks, pero sí es necesario saber nadar. Los kayaks que se utilizan son estables y seguros. Asimismo, como valor agregado, las excursiones en estas pequeñas embarcaciones se combinan con un minitrekking hacia diferentes puntos de interés, ya que de esta manera se logra conocer el lugar visitado en profundidad.
En cuanto a los paseos de trekking, se llevan a cabo a lo largo de los acantilados y la costa, poniendo especial interés en la interpretación de la flora, fauna y geología e historia del paraje.
Se trata de caminatas ideales para tomar fotografías y deleitarse con la naturaleza del litoral y la estepa. Algunos destinos posibles son Punta Pardelas -un escenario deslumbrante de contrastantes colores, atravesando médanos, acantilados, playas, restingas- y Bahía Encantada, en el Golfo San José. Ambos trekkings incluyen el avistaje costero de ballenas durante el recorrido.
Equipo
Para excursión de kayak: pantalón para agua o calza; calzado que pueda ser mojado; ropa de abrigo extra y calzado de recambio para el final o para realizar trekking. También gorro y abrigo para el cuello. Cámara de fotos y binoculares.
Mochila pequeña o riñonera.
Fuente: La Voz Turismo
Actividades como trekking por la costa y acantilados (también llamado coastering), kayakismo y salidas de mountain bike permiten recorrer los alrededores de esta aldea de mar en forma activa y en pleno contacto con la naturaleza. Existen programas de baja, media y alta dificultad y con diversas duraciones -medio día, día completo o travesías de varias jornadas que incluyen campamentos- según las preferencias de los viajeros.
De la mano de guías especializados y con un profundo conocimiento del ecosistema marino, Patagonia Explorers Sea Kayak & Trekking Expeditions invita a transitar sitios en forma distinta, al tiempo que promueve aprender a valorar las áreas protegidas y su medio ambiente.
Una de las típicas salidas de kayak tiene como destino al Golfo San José. Tras una charla previa en la que se detalla el recorrido a realizar y se dan pautas de seguridad y cuidado medioambiental, los guías conducen directamente a la acción, bordeando los acantilados e ingresando en algunas cuevas.
Después se arriba a una colonia de lobos marinos donde es posible observar las piruetas en el agua de estos mamíferos. Sobre el mediodía, se hace un alto para almorzar en una pequeña playa, descubriendo las restingas, huesos de ballenas y otros restos fósiles que permiten imaginar la vida que habitaba estos mares en el pasado.
Desde el kayak, en medio del silencio que rodea al lugar, se divisa a la gigante ballena Franca Austral, que elige este litoral entre junio y fines de diciembre para aparearse. Cabe aclarar que la observación es a distancia, para evitar la interacción y modificar el comportamiento natural de los cetáceos Finalmente, la travesía llega a la playa Larralde con su villa de pescadores, donde es posible profundizar en la historia del lugar y rememorar el encuentro de los primeros habitantes con los colonizadores.
Esta excursión, en la que se navegan aproximadamente 10 kilómetros en kayak está considerada como de mediana dificultad.
Cabe destacar que en ningún caso es imprescindible tener experiencia previa en kayaks, pero sí es necesario saber nadar. Los kayaks que se utilizan son estables y seguros. Asimismo, como valor agregado, las excursiones en estas pequeñas embarcaciones se combinan con un minitrekking hacia diferentes puntos de interés, ya que de esta manera se logra conocer el lugar visitado en profundidad.
En cuanto a los paseos de trekking, se llevan a cabo a lo largo de los acantilados y la costa, poniendo especial interés en la interpretación de la flora, fauna y geología e historia del paraje.
Se trata de caminatas ideales para tomar fotografías y deleitarse con la naturaleza del litoral y la estepa. Algunos destinos posibles son Punta Pardelas -un escenario deslumbrante de contrastantes colores, atravesando médanos, acantilados, playas, restingas- y Bahía Encantada, en el Golfo San José. Ambos trekkings incluyen el avistaje costero de ballenas durante el recorrido.
Equipo
Para excursión de kayak: pantalón para agua o calza; calzado que pueda ser mojado; ropa de abrigo extra y calzado de recambio para el final o para realizar trekking. También gorro y abrigo para el cuello. Cámara de fotos y binoculares.Mochila pequeña o riñonera.
Fuente: La Voz Turismo
Calendario pingüinero y la temporada de pinguinos
A finales de agosto arriban al continente los primeros machos de pingüino magallánico. Tratan de ocupar la misma cueva del año anterior y por eso se desatan violentos combates a picotazos, ya que cada cual desea conseguir las viviendas más cercanas al agua, algo fundamental para bien seducir a las hembras que llegan días después. Antes de aceptar un desafío amoroso, el sexo débil observa las comodidades del nido que se le ofrece –casi siempre al pie de un arbusto– y si parece lo suficientemente cómodo comienza el ritual del cortejo. La seducción mutua implica golpeteo de picos y lentas danzas circulares, con la pareja colocada frente a frente, provocándose con el cuello arqueado.
La hembra pone dos huevos a fines de octubre, con un intervalo de cuatro días, y ambos integrantes de la pareja se turnan para empollarlos por cuarenta días. A comienzos de noviembre ocurre la eclosión de los huevos y nacen unas “bolitas” de pluma gris de 80 gramos similares a un peluche. Los pichones dependen de sus padres hasta los dos meses y medio. Luego se dirigen al océano rompiendo el lazo familiar.
Durante diciembre y enero la playa rebosa de ejemplares jóvenes amontonados en la orilla del mar.
En marzo comienza la migración y a fines de abril las colonias quedan desiertas.
Durante los ocho meses restantes del año los pingüinos viven en el mar –su lugar predilecto– en las cálidas aguas de la costa sur de Brasil.
Fuente: Página 12 Turismo
La hembra pone dos huevos a fines de octubre, con un intervalo de cuatro días, y ambos integrantes de la pareja se turnan para empollarlos por cuarenta días. A comienzos de noviembre ocurre la eclosión de los huevos y nacen unas “bolitas” de pluma gris de 80 gramos similares a un peluche. Los pichones dependen de sus padres hasta los dos meses y medio. Luego se dirigen al océano rompiendo el lazo familiar.
Durante diciembre y enero la playa rebosa de ejemplares jóvenes amontonados en la orilla del mar.
En marzo comienza la migración y a fines de abril las colonias quedan desiertas.
Durante los ocho meses restantes del año los pingüinos viven en el mar –su lugar predilecto– en las cálidas aguas de la costa sur de Brasil.
Fuente: Página 12 Turismo
Conociendo Carmen de Patagones
En los esporádicos espacios que dejan libres las casas de adobe y rejas –maravillas del siglo XVIII, techadas a dos aguas con tejas musleras–, los tamariscos tapizan las lomadas de Carmen de Patagones y ocultan cuevas maragatas. Desde Viedma, en la orilla de enfrente, la antesala de la Patagonia se redescubre con una panorámica conmovedora: detrás del muelle, la imponente figura de la iglesia de 1885 y sus dos torres empequeñecen el puñado de casas y arboledas.
Las calles gastadas del extremo sur de la provincia de Buenos Aires, perfumadas por ramilletes de jarilla, bajan como toboganes sobre la costa. La vista, clavada en el río Negro y el paseo ribereño, incorpora lentamente las siluetas de las construcciones antiguas, escalonadas sobre la barranca.
Las misteriosas cuevas que resultaron cálidos refugios hace más de dos siglos, reviven un hito fundacional. En 1779, el pionero andaluz Francisco de Viedma y Narváez erigió un precario fuerte sobre el terreno castigado a sol y sombra por el viento y facilitó la radicación de agricultores y artesanos de la Maragatería, en la provincia de León.
Los adelantados españoles desembarcaron seducidos por la promesa de tierras, que por aquí las había de sobra. También les habían anunciado un porvenir con viviendas dignas, pero no las encontraron en todo el horizonte desolado y tuvieron que acomodarse en cuevas de arenisca sedimentada, que cavaron a mano en los acantilados de la ribera.
La caminata desde el muelle conduce hasta dos vestigios de esas cavernas tiznadas por las fogatas. Una de aquellas casas informales es resguardada en el Museo Histórico Regional –sobre el paseo costero– y el restante conserva apenas la boca de entrada, casi clausurada por la vegetación, un par de cuadras más arriba, por la calle Brown.
Mientras se descorre la bruma de la madrugada, el tráfico silencioso de botes, lanchas, barcazas y canoas se cruza en el río planchado con patos, gallaretas, cisnes y esporádicas nutrias y toninas, que el mar empuja desde la desembocadura, 28 km al sur. Frente a ese espectáculo cotidiano, los maragatos se asoman desde playas de arena, senderos, farolas y bancos reverdecidos por los sauces.
La urbanización pujante que sorprendió a Roberto Arlt en 1934 dejó de crecer por culpa de una barrera de arena, que impedía navegar cada vez que el río bajaba. Desde que en 1943 el Patagonia fue el último barco que consiguió zarpar, el muelle admitió sólo pequeñas barcazas y se transformó en cómoda plataforma para los pescadores de cazón.
En el Casco Histórico, el circuito a pie concibe otras paradas impostergables: pasaje San José de Mayo –que demanda cierto esfuerzo para trepar una escalinata–, los ranchos Rial y La Carlota, la Casa de la Cultura y la Torre del Fuerte, atalaya y campanario de la primitiva fortificación. Más lejos, los pobladores de Patagones y sus vecinos afincados en Viedma mantienen el saludable hábito de encontrarse sobre el cerro La Caballada. Ese páramo sosegado fue el escenario de una batalla, que en 1827 la incipiente población local libró contra la flota del Imperio de Brasil. Desde allí arriba, las dos mitades de esta comarca, atravesada de punta a punta por el río Negro, se aprecian mejor.
Fuente: Clarín Viajes
Las calles gastadas del extremo sur de la provincia de Buenos Aires, perfumadas por ramilletes de jarilla, bajan como toboganes sobre la costa. La vista, clavada en el río Negro y el paseo ribereño, incorpora lentamente las siluetas de las construcciones antiguas, escalonadas sobre la barranca.
Las misteriosas cuevas que resultaron cálidos refugios hace más de dos siglos, reviven un hito fundacional. En 1779, el pionero andaluz Francisco de Viedma y Narváez erigió un precario fuerte sobre el terreno castigado a sol y sombra por el viento y facilitó la radicación de agricultores y artesanos de la Maragatería, en la provincia de León.
Los adelantados españoles desembarcaron seducidos por la promesa de tierras, que por aquí las había de sobra. También les habían anunciado un porvenir con viviendas dignas, pero no las encontraron en todo el horizonte desolado y tuvieron que acomodarse en cuevas de arenisca sedimentada, que cavaron a mano en los acantilados de la ribera.
La caminata desde el muelle conduce hasta dos vestigios de esas cavernas tiznadas por las fogatas. Una de aquellas casas informales es resguardada en el Museo Histórico Regional –sobre el paseo costero– y el restante conserva apenas la boca de entrada, casi clausurada por la vegetación, un par de cuadras más arriba, por la calle Brown.
Mientras se descorre la bruma de la madrugada, el tráfico silencioso de botes, lanchas, barcazas y canoas se cruza en el río planchado con patos, gallaretas, cisnes y esporádicas nutrias y toninas, que el mar empuja desde la desembocadura, 28 km al sur. Frente a ese espectáculo cotidiano, los maragatos se asoman desde playas de arena, senderos, farolas y bancos reverdecidos por los sauces.
La urbanización pujante que sorprendió a Roberto Arlt en 1934 dejó de crecer por culpa de una barrera de arena, que impedía navegar cada vez que el río bajaba. Desde que en 1943 el Patagonia fue el último barco que consiguió zarpar, el muelle admitió sólo pequeñas barcazas y se transformó en cómoda plataforma para los pescadores de cazón.
En el Casco Histórico, el circuito a pie concibe otras paradas impostergables: pasaje San José de Mayo –que demanda cierto esfuerzo para trepar una escalinata–, los ranchos Rial y La Carlota, la Casa de la Cultura y la Torre del Fuerte, atalaya y campanario de la primitiva fortificación. Más lejos, los pobladores de Patagones y sus vecinos afincados en Viedma mantienen el saludable hábito de encontrarse sobre el cerro La Caballada. Ese páramo sosegado fue el escenario de una batalla, que en 1827 la incipiente población local libró contra la flota del Imperio de Brasil. Desde allí arriba, las dos mitades de esta comarca, atravesada de punta a punta por el río Negro, se aprecian mejor.
Fuente: Clarín Viajes
Mountain bike en Península Valdés
Quienes prefieran la velocidad de las bicicletas como modo de exploración dentro de Península Valdés encontrarán diversos circuitos como también en playas alejadas en el Golfo Nuevo o en el Golfo San José. El objetivo es llegar a lugares inhóspitos a través de senderos únicos y con la asistencia de un guía que, a medida que se avanza en el recorrido, ayuda a interpretar la maravillosa geografía chubutense.
De acuerdo al estado físico de cada participante, la empresa Tracción a sangre ofrece alternativas de diferentes grados de dificultad y duración.
Las distancias varían entre los 20 y los 55 kilómetros y pueden durar entre cuatro y siete horas de acuerdo al ritmo de la marcha.
Los mayores desafíos radican en el terreno, explican los guías, que mayormente es arenoso, pesado y con viento.
Las excursiones de mountain bike permiten enfrentar ascensos de tres kilómetros dentro de un cañadón, serpentear por huellas de animales, atravesar desiertos de dunas, observar fósiles marinos de millones de años y cruzar durante el periplo a especies de la fauna característica de la región: guanacos, ñandúes, flamencos, cormoranes, maras, liebres, ballenas y lobos marinos.
En verano, después de pedalear intensamente, se encuentra la recompensa en los piletones naturales de aguas transparentes y practicar snorkeling costero.
Propuestas
Mountain bike. Recorrido con snacks y cena; bicicleta todo terreno y provisión de casco, indumentaria, mochila, y todos los elementos necesarios y seguro por accidentes, por persona, $ 250.
kayak al Golfo San José o al Golfo Nuevo, Bahía Pardelas. Por día completo con refrigerio, box lunch y traslado por persona, $ 300.
Kayaking en la Bahía de Puerto Pirámides. Salida corta, de dos horas, con refrigerio y snack energético, por persona, $ 200.
Trekking en Golfo Nuevo y Bahía Encantada Nature Trek. Con una duración de seis horas cada una, incluyen refrigerio y box lunch, por persona, $ 240.
Del mar al plato
Como en toda tierra cercana al mar, la máxima expresión de la gastronomía de Puerto Pirámides radica en la degustación de exquisitos mariscos y frutos de mar, cuya extracción respeta una técnica artesanal que respeta la política de cuidado ambiental y desarrollo sustentable local.
La gastronomía de Puerto Pirámides encuentra a los mariscos como plato principal. Desde la aldea de mar se pueden visitar las playas ubicadas sobre el golfo donde buzos marisqueros se dedican a la extracción de vieyras, almejas, mejillones y pulpos en forma artesanal.
Dichos manjares pueden deleitarse frescos y recién extraídos del fondo del mar en diversos restaurantes de la localidad. Una de las novedades de la temporada es el restaurante de cocina mediterránea contemporánea Las Restingas, a cargo del sommelier Gustavo Marina y su equipo de chefs.
Algunos de los sublimes platos que se pueden disfrutar son langostinos grillados al torrentes y limón, ceviche de vieyras, mejillones de playa a la marinera, lingüini con frutos del mar, bisquet de langostinos y penne rigatti con salteado de hongos de pino, todos acompañados por hortalizas frescas de Gaiman, la colonia galesa.
Entre los vegetales se destacan las alcaparras, tomates confitados, rúcula salvaje y, como complemento, los panes saborizados característicos de la región patagónica.
Lo que hay que saber
Puerto Pirámides tiene una población de aproximadamente 450 habitantes con alrededor de 350 plazas de alojamiento (hoteles, cabañas, apart hoteles, hostels, campings y establecimientos de turismo rural).
Alojamiento.Tarifas hoteleras, promedio, entre $ 200 y U$S 190, la habitación doble por día. Cabañas para cuatro entre $ 250 y $ 400.
Avistaje embarcado de ballenas:, $ 180 de octubre a diciembre.
Entrada al Área Protegida Puerto Pirámides: adultos, $ 45 la entrada general; $ 20, los argentinos y $ 5, los residentes en Chubut.
Los menores entre 6 y 11 años pagan una entrada general de $ 22,50. Los argentinos, $ 10 y los residentes en Chubut, $ 5.
Los niños menores de 5 años no pagan.
Informes
Dirección de Turismo. Puerto Pirámides,
Teléfono (02965) 49-5048.
Web: www.puertopiramides.gov.ar
Fuente: La Voz Turismo
De acuerdo al estado físico de cada participante, la empresa Tracción a sangre ofrece alternativas de diferentes grados de dificultad y duración.
Las distancias varían entre los 20 y los 55 kilómetros y pueden durar entre cuatro y siete horas de acuerdo al ritmo de la marcha.
Los mayores desafíos radican en el terreno, explican los guías, que mayormente es arenoso, pesado y con viento.
Las excursiones de mountain bike permiten enfrentar ascensos de tres kilómetros dentro de un cañadón, serpentear por huellas de animales, atravesar desiertos de dunas, observar fósiles marinos de millones de años y cruzar durante el periplo a especies de la fauna característica de la región: guanacos, ñandúes, flamencos, cormoranes, maras, liebres, ballenas y lobos marinos.
En verano, después de pedalear intensamente, se encuentra la recompensa en los piletones naturales de aguas transparentes y practicar snorkeling costero.
Propuestas
Mountain bike. Recorrido con snacks y cena; bicicleta todo terreno y provisión de casco, indumentaria, mochila, y todos los elementos necesarios y seguro por accidentes, por persona, $ 250.kayak al Golfo San José o al Golfo Nuevo, Bahía Pardelas. Por día completo con refrigerio, box lunch y traslado por persona, $ 300.
Kayaking en la Bahía de Puerto Pirámides. Salida corta, de dos horas, con refrigerio y snack energético, por persona, $ 200.
Trekking en Golfo Nuevo y Bahía Encantada Nature Trek. Con una duración de seis horas cada una, incluyen refrigerio y box lunch, por persona, $ 240.
Del mar al plato
Como en toda tierra cercana al mar, la máxima expresión de la gastronomía de Puerto Pirámides radica en la degustación de exquisitos mariscos y frutos de mar, cuya extracción respeta una técnica artesanal que respeta la política de cuidado ambiental y desarrollo sustentable local.La gastronomía de Puerto Pirámides encuentra a los mariscos como plato principal. Desde la aldea de mar se pueden visitar las playas ubicadas sobre el golfo donde buzos marisqueros se dedican a la extracción de vieyras, almejas, mejillones y pulpos en forma artesanal.
Dichos manjares pueden deleitarse frescos y recién extraídos del fondo del mar en diversos restaurantes de la localidad. Una de las novedades de la temporada es el restaurante de cocina mediterránea contemporánea Las Restingas, a cargo del sommelier Gustavo Marina y su equipo de chefs.
Algunos de los sublimes platos que se pueden disfrutar son langostinos grillados al torrentes y limón, ceviche de vieyras, mejillones de playa a la marinera, lingüini con frutos del mar, bisquet de langostinos y penne rigatti con salteado de hongos de pino, todos acompañados por hortalizas frescas de Gaiman, la colonia galesa.
Entre los vegetales se destacan las alcaparras, tomates confitados, rúcula salvaje y, como complemento, los panes saborizados característicos de la región patagónica.
Lo que hay que saber
Puerto Pirámides tiene una población de aproximadamente 450 habitantes con alrededor de 350 plazas de alojamiento (hoteles, cabañas, apart hoteles, hostels, campings y establecimientos de turismo rural).Alojamiento.Tarifas hoteleras, promedio, entre $ 200 y U$S 190, la habitación doble por día. Cabañas para cuatro entre $ 250 y $ 400.
Avistaje embarcado de ballenas:, $ 180 de octubre a diciembre.
Entrada al Área Protegida Puerto Pirámides: adultos, $ 45 la entrada general; $ 20, los argentinos y $ 5, los residentes en Chubut.
Los menores entre 6 y 11 años pagan una entrada general de $ 22,50. Los argentinos, $ 10 y los residentes en Chubut, $ 5.
Los niños menores de 5 años no pagan.
Informes
Dirección de Turismo. Puerto Pirámides,
Teléfono (02965) 49-5048.
Web: www.puertopiramides.gov.ar
Fuente: La Voz Turismo
Punta Tombo, la mayor pingüinera del continente
La mayor pingüinera del continente, sobre un cabo rocoso que ingresa unos tres kilómetros en el mar de Chubut, ya se pobló de simpáticos pingüinos magallánicos, de andar chaplinesco, recién llegados de las cálidas aguas de Brasil. Las parejas están en pleno proceso de apareamiento y en un mes alcanzarán casi medio millón de ejemplares.
Un primer vistazo a la pingüinera de Punta Tombo sugiere que estamos en una superficie lunar, rodeados de miles de cráteres que señalan los nidos de nuestros pequeños anfitriones. Alrededor hay centenares de miles de bulliciosos pingüinos, a razón de casi un nido por metro cuadrado. Cada mañana y cada atardecer surgen de estos nidos subterráneos fabulosas muchedumbres de pingüinos de Magallanes, avanzando como en procesión hacia el mar o regresando de allí con la pesca en el buche para compartir con sus pichones. Claro que las disputas territoriales son entonces violentas, ya que para cada pingüino llegar al agua implica pisar territorios ajenos y sufrir un constante asedio de picotazos.
En Punta Tombo hay una saliente de piedra rojiza que ingresa en el mar, desde la cual algunos pingüinos hacen clavados de baja altura. Luego se los ve nadar dando saltos sobre las aguas, como los delfines, para respirar. Suelen ir en grupos de caza y nadan hasta los 24 kilómetros por hora, alcanzando profundidades de 80 metros. El cuerpo de los pingüinos es hidrodinámico y sus “alas” son en verdad aletas: de hecho, se trata de aves primitivas que perdieron la capacidad de volar. Y por muy vistos que uno los tenga en los documentales, no deja de ser algo desconcertante estar frente a esas aves que caminan contoneándose, que nadan como los peces y que tienen alas, pero no pueden volar. Y que para colmo andan entre la gente como si nada.
Habil en el mar, torpe en tierra
El denso plumaje de los pingüinos está dispuesto a la manera de escamas; además tienen patas muy atrás para favorecer el nado, mientras la cola oficia de timón. El cuerpo está cubierto por una capa de aceite producida por una glándula ubicada en la parte trasera para mantener el calor en las frías aguas del Sur. En conclusión, son verdaderos animales del mar que viven en el agua y salen a tierra solamente para cumplir con el ritual de la reproducción.
Fuera del agua tienen una torpeza absoluta. A veces se los ve parados cerca de la costa –como a la expectativa– hasta que de repente uno de ellos inicia un correteo desaforado y el resto del grupo lo sigue para lanzarse todos de panza sobre una ola. Pero lo más complicado para un pingüino es salir del agua, porque el regreso del oleaje los lleva mar adentro. Se acercan entonces a la costa, nadando como patos, y aprovechan las olas como los surfistas para llegar a la parte baja, donde quedan varados en el pedregullo tratando de levantarse lo más rápido posible. Claro que a veces la traición llega desde atrás: una nueva ola los vuelve a tumbar de bruces y vuelta a empezar.
Delicias de la vida conyugal
Al recorrer una pingüinera, el bullicio de graznidos es constante y ensordecedor. Las parejas se llaman continuamente cuando uno de ellos se ha ido al mar. Siempre uno se queda empollando en el nido –unas veces el macho y otras la hembra– mientras el otro sale a buscar comida. Su vocalización parece un rebuzno y la propalan de manera repetitiva extendiendo las aletas con el cuerpo arqueado hacia atrás. Los pichones hacen su aporte al alboroto y emiten un piar sibilante y continuado reclamando alimentación. También se escucha a los pingüinos estornudar muy seguido, aunque en realidad están expulsando bolitas de sal producidas por una glándula de la nariz que les permite beber agua de mar.
Los pingüinos son seres muy confiados. Si uno se acerca lentamente, puede permanecer a un metro de ellos. A esa distancia comienzan a mover la cabeza en zigzag, una señal de alerta para el intruso. Porque no están jugando, sino que nos enfocan alternadamente con cada ojo lateral mientras preparan el picotazo. Y no hace falta decir que nunca se los debe tocar.
A veces también pareciera que nos persiguen. Pero no es exactamente así, sino que anhelan nuestra sombra. El principal problema de los pingüinos es el sol –su cuerpo está preparado para retener el calor– y, como en las pingüineras hay poca sombra, se acercan jadeantes a nuestro contorno dibujado en el suelo para refrescarse un poco.
Otro aspecto interesante es la interacción de los pingüinos con el resto de la fauna de la reserva. En general ñandúes y guanacos son bien recibidos en la pingüinera y se los ve pasear a sus anchas por la playa ante la indiferencia total de los dueños de casa. Pero un ave como el petrel les pone a los pingüinos “las plumas de punta”. No es para menos: vuelan a baja altura, al acecho de cualquier descuido, con la intención de robarse algún pichón. Cuando aterrizan en la playa, entre la multitud, los pingüinos huyen en estampida empujándose unos a otros y cayendo al suelo. Sin embargo, los petreles casi nunca se salen con la suya porque no están en condiciones de enfrentar a un grupo de pingüinos, que en última instancia se guarecen en las aguas, donde son amos y señores.
Las aves mas queridas
Existen restos fósiles que certifican la presencia de pingüinos en la Patagonia hace ya 35 millones de años. Antonio Pigafetta –tripulante de la expedición de Magallanes– los llamó “extraños gansos”. Más tarde fueron víctimas de los barcos balleneros que los faenaban para obtener su aceite. En cierta ocasión una flota inglesa sacrificó 1,3 millón de pingüinos con esa finalidad... Hoy en día, su peor enemigo son las manchas de los barcos petroleros –este año llegaron 200 pingüinos empetrolados a la reserva– que ocasionan la muerte de millares de ejemplares por año. Al atravesar una mancha de petróleo las plumas pierden su función térmica y eso obliga al animal a buscar refugio y calor en la playa, donde muere de inanición.
Con esos riesgos, los pingüinos parecían destinados a la extinción, pero la subsistencia de la especie está fuera de peligro gracias a la política de preservarlos en reservas. ¿Qué los salvó? Según los naturalistas, fue su popularidad, debido a que no hay otras aves de comportamiento más aparentemente humano sobre la faz de la Tierra. No hay relato de viaje o documental que no se refiera con ternura y emoción a estas pacíficas aves de gracioso andar chaplinesco consagradas al cuidado de los hijos. Todo esto produce un efecto que hace felizmente difícil atreverse a matar de un palazo –como se hacía en el pasado– a estos “locos bajitos”.
Lo más admirable de estos habitantes de Liliput es que disfrutan de una vida en pareja ejemplar y armoniosa, como no lo logra la mayoría de los seres humanos en su complejo mundo. En el “planeta pingüino” la monogamia es ley natural y además se cumple. Se han comprobado incluso parejas de hasta quince años de antigüedad –es decir casi toda la vida– que cruzan el océano por separado hasta las costas de Brasil, donde pasan el invierno retozando dentro del mar. Luego regresan al mismo nidito de amor que armaron el verano anterior en la Patagonia. Sin embargo, hay que rendirse a la evidencia científica de que algunos ejemplares se hacen sus escapaditas entre la multitud y rompen por un momento el eterno pacto de amor. Se ha observado que suelen ser las hembras las más propensas a tirarse una “plumita al aire”, aunque al fin y al cabo ellas y ellos siempre regresan sanitos al hogar
Datos útiles
-Cómo llegar: la ciudad de Trelew suele tomarse como base para llegar de Punta Tombo, a 120 kilómetros de distancia. Otra alternativa es Puerto Madryn, que está un poco más alejada (180 kilómetros), pero más cerca de la Península Valdés. En Trelew y Puerto Madryn hay agencias que ofrecen la excursión; también se puede alquilar un vehículo. Durante noviembre y parte de diciembre se puede combinar el avistaje de pingüinos con el de ballenas, que se realiza en Puerto Pirámides.
-Instalaciones: en la reserva Punta Tombo acaba de ser inaugurado un Centro de Interpretación de 3000 metros cuadrados que incluye una confitería y una exposición explicativa con paneles acerca de la biología del lugar.
Fuente: Página 12 Turismo
Un primer vistazo a la pingüinera de Punta Tombo sugiere que estamos en una superficie lunar, rodeados de miles de cráteres que señalan los nidos de nuestros pequeños anfitriones. Alrededor hay centenares de miles de bulliciosos pingüinos, a razón de casi un nido por metro cuadrado. Cada mañana y cada atardecer surgen de estos nidos subterráneos fabulosas muchedumbres de pingüinos de Magallanes, avanzando como en procesión hacia el mar o regresando de allí con la pesca en el buche para compartir con sus pichones. Claro que las disputas territoriales son entonces violentas, ya que para cada pingüino llegar al agua implica pisar territorios ajenos y sufrir un constante asedio de picotazos.
En Punta Tombo hay una saliente de piedra rojiza que ingresa en el mar, desde la cual algunos pingüinos hacen clavados de baja altura. Luego se los ve nadar dando saltos sobre las aguas, como los delfines, para respirar. Suelen ir en grupos de caza y nadan hasta los 24 kilómetros por hora, alcanzando profundidades de 80 metros. El cuerpo de los pingüinos es hidrodinámico y sus “alas” son en verdad aletas: de hecho, se trata de aves primitivas que perdieron la capacidad de volar. Y por muy vistos que uno los tenga en los documentales, no deja de ser algo desconcertante estar frente a esas aves que caminan contoneándose, que nadan como los peces y que tienen alas, pero no pueden volar. Y que para colmo andan entre la gente como si nada.
Habil en el mar, torpe en tierra
El denso plumaje de los pingüinos está dispuesto a la manera de escamas; además tienen patas muy atrás para favorecer el nado, mientras la cola oficia de timón. El cuerpo está cubierto por una capa de aceite producida por una glándula ubicada en la parte trasera para mantener el calor en las frías aguas del Sur. En conclusión, son verdaderos animales del mar que viven en el agua y salen a tierra solamente para cumplir con el ritual de la reproducción.Fuera del agua tienen una torpeza absoluta. A veces se los ve parados cerca de la costa –como a la expectativa– hasta que de repente uno de ellos inicia un correteo desaforado y el resto del grupo lo sigue para lanzarse todos de panza sobre una ola. Pero lo más complicado para un pingüino es salir del agua, porque el regreso del oleaje los lleva mar adentro. Se acercan entonces a la costa, nadando como patos, y aprovechan las olas como los surfistas para llegar a la parte baja, donde quedan varados en el pedregullo tratando de levantarse lo más rápido posible. Claro que a veces la traición llega desde atrás: una nueva ola los vuelve a tumbar de bruces y vuelta a empezar.
Delicias de la vida conyugal
Al recorrer una pingüinera, el bullicio de graznidos es constante y ensordecedor. Las parejas se llaman continuamente cuando uno de ellos se ha ido al mar. Siempre uno se queda empollando en el nido –unas veces el macho y otras la hembra– mientras el otro sale a buscar comida. Su vocalización parece un rebuzno y la propalan de manera repetitiva extendiendo las aletas con el cuerpo arqueado hacia atrás. Los pichones hacen su aporte al alboroto y emiten un piar sibilante y continuado reclamando alimentación. También se escucha a los pingüinos estornudar muy seguido, aunque en realidad están expulsando bolitas de sal producidas por una glándula de la nariz que les permite beber agua de mar.Los pingüinos son seres muy confiados. Si uno se acerca lentamente, puede permanecer a un metro de ellos. A esa distancia comienzan a mover la cabeza en zigzag, una señal de alerta para el intruso. Porque no están jugando, sino que nos enfocan alternadamente con cada ojo lateral mientras preparan el picotazo. Y no hace falta decir que nunca se los debe tocar.
A veces también pareciera que nos persiguen. Pero no es exactamente así, sino que anhelan nuestra sombra. El principal problema de los pingüinos es el sol –su cuerpo está preparado para retener el calor– y, como en las pingüineras hay poca sombra, se acercan jadeantes a nuestro contorno dibujado en el suelo para refrescarse un poco.
Otro aspecto interesante es la interacción de los pingüinos con el resto de la fauna de la reserva. En general ñandúes y guanacos son bien recibidos en la pingüinera y se los ve pasear a sus anchas por la playa ante la indiferencia total de los dueños de casa. Pero un ave como el petrel les pone a los pingüinos “las plumas de punta”. No es para menos: vuelan a baja altura, al acecho de cualquier descuido, con la intención de robarse algún pichón. Cuando aterrizan en la playa, entre la multitud, los pingüinos huyen en estampida empujándose unos a otros y cayendo al suelo. Sin embargo, los petreles casi nunca se salen con la suya porque no están en condiciones de enfrentar a un grupo de pingüinos, que en última instancia se guarecen en las aguas, donde son amos y señores.
Las aves mas queridas
Existen restos fósiles que certifican la presencia de pingüinos en la Patagonia hace ya 35 millones de años. Antonio Pigafetta –tripulante de la expedición de Magallanes– los llamó “extraños gansos”. Más tarde fueron víctimas de los barcos balleneros que los faenaban para obtener su aceite. En cierta ocasión una flota inglesa sacrificó 1,3 millón de pingüinos con esa finalidad... Hoy en día, su peor enemigo son las manchas de los barcos petroleros –este año llegaron 200 pingüinos empetrolados a la reserva– que ocasionan la muerte de millares de ejemplares por año. Al atravesar una mancha de petróleo las plumas pierden su función térmica y eso obliga al animal a buscar refugio y calor en la playa, donde muere de inanición.Con esos riesgos, los pingüinos parecían destinados a la extinción, pero la subsistencia de la especie está fuera de peligro gracias a la política de preservarlos en reservas. ¿Qué los salvó? Según los naturalistas, fue su popularidad, debido a que no hay otras aves de comportamiento más aparentemente humano sobre la faz de la Tierra. No hay relato de viaje o documental que no se refiera con ternura y emoción a estas pacíficas aves de gracioso andar chaplinesco consagradas al cuidado de los hijos. Todo esto produce un efecto que hace felizmente difícil atreverse a matar de un palazo –como se hacía en el pasado– a estos “locos bajitos”.
Lo más admirable de estos habitantes de Liliput es que disfrutan de una vida en pareja ejemplar y armoniosa, como no lo logra la mayoría de los seres humanos en su complejo mundo. En el “planeta pingüino” la monogamia es ley natural y además se cumple. Se han comprobado incluso parejas de hasta quince años de antigüedad –es decir casi toda la vida– que cruzan el océano por separado hasta las costas de Brasil, donde pasan el invierno retozando dentro del mar. Luego regresan al mismo nidito de amor que armaron el verano anterior en la Patagonia. Sin embargo, hay que rendirse a la evidencia científica de que algunos ejemplares se hacen sus escapaditas entre la multitud y rompen por un momento el eterno pacto de amor. Se ha observado que suelen ser las hembras las más propensas a tirarse una “plumita al aire”, aunque al fin y al cabo ellas y ellos siempre regresan sanitos al hogar
Datos útiles
-Cómo llegar: la ciudad de Trelew suele tomarse como base para llegar de Punta Tombo, a 120 kilómetros de distancia. Otra alternativa es Puerto Madryn, que está un poco más alejada (180 kilómetros), pero más cerca de la Península Valdés. En Trelew y Puerto Madryn hay agencias que ofrecen la excursión; también se puede alquilar un vehículo. Durante noviembre y parte de diciembre se puede combinar el avistaje de pingüinos con el de ballenas, que se realiza en Puerto Pirámides.
-Instalaciones: en la reserva Punta Tombo acaba de ser inaugurado un Centro de Interpretación de 3000 metros cuadrados que incluye una confitería y una exposición explicativa con paneles acerca de la biología del lugar.
Fuente: Página 12 Turismo
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