Turismo responsable en Punta Tombo

Punta Tombo es una lengua de 3 km que se interna en el mar con playas a ambos lados. Un paisaje maravilloso al que cada año llegan medio millón de pingüinos magallánicos a anidar. Como "Area Protegida" es responsabilidad de todos su preservación.

Punta Tombo es un "Area Protegida" a la que cada año, en primavera, llegan 250.000 parejas de pingüinos magallánicos para anidar y luego cuidar a sus pequeñas crías. En el verano la población total de estas simpáticas y raras aves llega al millón de ejemplares. Cuidar y preservar este privilegiado entorno es una responsabilidad compartida entre los entes que las protegen y organizan, y los turistas que cada vez son más conscientes de la necesidad de disminuir al mínimo el impacto de su visita al lugar.

Se trata de la colonia reproductiva de pingüinos magallánicos más grande del mundo. Ubicado a 107 Km aproximadamente de las ciudades de Rawson y Trelew, este lugar es poseedor de una particularidad única que hace que miles de turistas visiten la zona año tras año para observar esta maravilla natural en su estado puro : es de fácil acceso; se puede observar un gran número de ejemplares y por sobre todo a una corta distancia.

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La historia del Hotel Correntoso

En un imponente rincón patagónico –donde el río Correntoso desemboca en el lago Nahuel Huapi– existe desde 1917 una hostería que encierra historias de pioneros que contribuyeron al desarrollo turístico de Villa La Angostura.

El 4 de abril de 1903, el italiano Primo Capraro se acercó por sugerencia de un amigo a conocer el virginal rincón patagónico donde el río Correntoso –que mide apenas 132 metros– une el lago del mismo nombre con el Nahuel Huapi. La idea era comprar un terreno y forjar una historia más próspera que la que podía deparar la belicosa Europa. Eran tiempos en que viajar a la Patagonia –y más aun instalarse en ella– era todavía una aventura de locos.

Los Capraro –según detalla Yayo de Mendieta en su libro Apuntes del Correntoso– se instalaron a principios del siglo XX sobre un risco que da a la desembocadura del río, pero fue recién en 1917 cuando comenzó a funcionar una hostería que no tenía cartel pero que todos conocían como la Pensión de Doña Rosa. Los anfitriones eran Primo Capraro y su esposa alemana Rosa Maier. El servicio era simple –con apenas tres cuartos y un baño– y lo utilizaban los viajeros que iban rumbo a Chile cruzando por el Paso Cardenal Samoré. Además los Capraro tenían allí un pequeño almacén de ramos generales donde los lugareños trocaban carne, leche y queso por azúcar, aceite y yerba mate.

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Neuquén y los bellos rincones cordilleranos

Las localidades de San Martín de los Andes y Villa La Angostura se destacan por su preservación como aldeas de montaña, un entorno apacible de gran belleza, y también por las opciones de turismo cultural rural, ligado a los pueblos originarios. En ese sentido, la Secretaría de Turismo de San Martín de los Andes consolidó un convenio con la Comunidad Mapuche Vera para desarrollar un proyecto de “turismo rural comunitario”, que agrega valor a la oferta del lugar.

Las comunidades originarias trabajan junto al personal técnico municipal en la organización, planificación y desarrollo de nuevos servicios y actividades para el turista, con el objetivo de rescatar y revalorizar la cultura mapuche. De la mano de esta idea el visitante accede a conocer la economía de la comunidad y su aporte potencia las actividades productivas, artesanales, recreativas y de servicios turísticos.

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El sorprendente paisaje de Villa Traful

Entre Villa La Angostura y San Martín de los Andes, en el corazón del Parque Nacional Nahuel Huapi, está Villa Traful. Crónica de una visita a este bellísimo rincón del sur de Neuquén, con picos nevados alrededor de un lago, bosques de lenga y ciprés y un pueblito de 500 habitantes con calles de tierra.

Un desvío de ripio que nace en la Ruta de los Siete Lagos nos lleva a un poblado de casas de madera desperdigadas sobre una ladera frente al lago Traful. Al atravesar los bosques en galería que cubren el camino la sensación es la de haber descubierto un pueblito secreto escondido entre las montañas. “¿Qué sentido tiene viajar a Suiza, si tenemos un lugar como éste en la Patagonia?”, me dijo el dueño de unas cabañas al pie de los picos nevados en Villa Traful, y no encontré argumentos para decirle que era un exagerado.

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Las araucarias en la cordillera

Un viaje al pueblo de Villa Pehuenia, en el norte neuquino, al pie del volcán Batea Mahuida y a orillas del lago Aluminé. A salvo del turismo masivo, crónica veraniega en medio de un romántico paisaje con playas de arena blanca, la silueta del volcán Batea Mahuida e increíbles valles que se recorren a caballo y en 4x4.

Villa Pehuenia es una idílica aldea cordillerana del norte neuquino, con calles de tierra y casas desperdigadas semiocultas entre la vegetación alrededor del lago Aluminé. Sus barrios se levantan en lo que serían las gradas de un gran anfiteatro de montañas, en torno del lago, que ocupa el lugar ideal de un escenario central. Con más de dos décadas de existencia, Villa Pehuenia se consolidó como villa turística cuando los pescadores con mosca –esos buscadores de sitios silenciosos con belleza virginal– comenzaron a levantar casas de fin de semana alrededor del lago.

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La ruta jesuita en la Patagonia

El descubrimiento del paso navegable que une Chile con la Argentina a la altura de Puerto Montt, hace 340 años, es una de las hazañas desconocidas de la historia patagónica. Esta misma ruta jesuita se puede recorrer hoy, sin tanto esfuerzo, en automóvil, a pie y a bordo del catamarán que conecta los lagos andinos.

La historia es más o menos así. En 1670 una congregación de jesuitas de la isla de Chiloé decidió salir en busca de un cruce navegable hacia la Patagonia argentina, con el fin de establecer una misión en zona tehuelche. Arriba de piraguas, los misioneros se embarcaron en Castro y se adentraron por el Seno de Reloncaví. Luego fue el turno de explorar Chile continental, y el estuario de Reloncaví les daba la oportunidad de continuar navegando por una franja oceánica que se abría paso en medio de una naturaleza inexplorada.

Tras unos días remando, las aguas saladas llegaban a su fin, pero los jesuitas no estaban dispuestos a dar marcha atrás. Chalupas al hombro se internaron por la tupida vegetación, subieron y bajaron cerros, atravesaron ríos y lagunas, hasta que el 1º de noviembre de 1670 llegaron al lago Todos los Santos, bautizándolo así por el día en que pisaron su orilla. Piraguas al agua, y a remar hacia las montañas andinas. Los religiosos no demoraron mucho en dar con el río Peulla y salir a Argentina por el lago Frías y luego el Nahuel Huapi.

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Las Grutas, y el sabor de la sal

Uno de los grandes atractivos de Las Grutas es que tiene mucho más que playa. Los amantes del avistaje de aves, por ejemplo, pueden emprender el camino hacia la zona de San Antonio Este –el puerto por donde se exporta la fruta del Alto Valle de Río Negro– y conocer sus desérticas pero imponentes playas de conchilla, que forman parte de una reserva natural destinada a proteger a las aves migratorias que cada año recorren miles de kilómetros entre Tierra del Fuego y el Polo Norte. Estas playas, totalmente agrestes y solitarias, son de una belleza increíble y sus aguas turquesas y cálidas las hacen dignas de un pequeño y desconocido Caribe rionegrino.

Otro sitio para descubrir sí o sí es la Salina del Gualicho, a 60 kilómetros de Las Grutas. Este desierto de sal se encuentra en el Bajo del Gualicho, a 72 metros bajo el nivel del mar, la segunda mayor depresión de nuestro país (la primera es el Bajo San Julián, en Santa Cruz, que con 107 metros bajo el nivel del mar es la mayor depresión del hemisferio occidental). Desert Tracks es la prestadora que organiza la visita: mucho más que una excursión, lo que se propone es una experiencia que resultará imposible de olvidar. Se sale al atardecer, en viejos camiones militares reacondicionados para el turismo, y se llega al oasis de sal alrededor de una hora después, para ingresar en los playones de trabajo rodeados de bloques blancos y gigantescos. Los guías se encargan de dar todos los detalles técnicos, empezando por el origen del salar, que se formó cuando se elevó la Cordillera de los Andes y esta zona sufrió una depresión que permitió el ingreso del mar. Pasaron los años y el mar se retiró, pero quedó una capa madre de sal de 23 metros de espesor: hoy, esta capa de sal es explotada con fines industriales pero se regenera todos los años, convirtiéndose en un recurso prácticamente inagotable. No queda sino agradecerlo, sobre todo cuando se llega hasta el corazón de la salina para ver la puesta del sol, que lentamente se hunde en el horizonte tiñéndolo de rosa y regala un toque romántico al brindis que se propone a los participantes. Más tarde se volverá a la zona donde quedó estacionado el camión para comer un pollo al disco recién preparado a la luz de las estrellas, y finalmente recostarse boca arriba para explorar con catalejos la magnificencia de la bóveda celeste del hemisferio austral.

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