Patagonia azul: una ruta, tres parques

Entre Chubut y Santa Cruz, siempre frente al Atlántico, el nuevo circuito turístico une notables paisajes naturales con oportunidades únicas de avistar pingüinos y lobos marinos

El muelle tiene amarrados algunos buques pesqueros pintados de naranja intenso. Están resguardados por un dique artificial que los protege de las olas enfurecidas por los vientos, capaces de soplar a más de 80 km por hora en toda la región. Este puerto se puede considerar como el centro del pueblo, ya que las casas diseminadas a lo largo de un puñado de cuadras no son lo suficientemente numerosas como para formar otro centro.

En su pequeña casa, a metros de la playa de canto rodado, Héctor Juanto es el pionero del turismo en Camarones y una figura en el pueblo. A bordo de su barco ofrece salidas de avistamiento de lobos marinos en las vecinas islas Blancas y salidas de buceo en las aguas del flamante Parque Marino Costero Patagonia Austral. La creación de esta zona protegida empieza a atraer turistas y genera un esbozo de movimiento en el verano. Entre Camarones y Puerto Santa Cruz, ahora son tres los parques que protegen el litoral atlántico. La RN 3 los une y forma uno de los circuitos turísticos más atractivos y jóvenes del país.

El alba del mundo

El parque marino Patagonia Austral no pone a Camarones en los mapas por primera vez, porque a pesar de estar lejos de todo -hay que contar varias horas para ir en auto a Comodoro Rivadavia o Trelew- tuvo un papel central en varios episodios de la historia nacional.

Fue fundado por primera vez como Nueva León, un año antes de Buenos Aires, en 1535, por Simón de Alcazaba y Sotomayor, durante su viaje de exploración de la costa patagónica. Siglos más tarde, el buque Villarino, que trajo el cuerpo del General San Martín desde Francia, naufragó en los arrecifes de las islas Blancas, las mismas donde Juanto lleva a sus turistas para avistar lobos marinos, toninas, cormoranes y petreles. Finalmente, a principios del siglo XX, Camarones -recién fundada por segunda vez y con su nombre actual- recibió al juez de paz Mario Tomás Perón y su hijo... Juan Domingo. El futuro general Perón vivió allí buena parte de su niñez y un museo lo recuerda muy oficialmente en una casa de madera y chapas, idéntica a la que habitó a partir de 1903.

El parque, en la provincia de Chubut protege la costa de la bahía Bustamante y el cabo Dos Bahías, ese apéndice que delimita en los mapas la margen norte del golfo San Jorge. Totaliza un centenar de kilómetros de costa y varias islas enfrente del cabo y de la bahía. Cuarenta especies de aves y diez de mamíferos conviven en las playas, los acantilados, las islas y los arrecifes que engloba su territorio, completado o prolongado en tierra por el Area Natural Protegida Cabo Dos Bahías. Se trata de una especie de Galápagos de la Patagonia, lugar que recuerda el alba del mundo, donde la naturaleza se muestra en su lado más armonioso y las especies animales no le tienen miedo al hombre.

La camioneta del guardafauna Eduardo Ibarra avanza por las pistas de ripio y abre el camino a los todavía reducidos contingentes de turistas que llegan hasta el lugar. Mientras tanto, los animales desfilan por el costado de la pista como si estuviera todo organizado: guanacos, maras, choiques, peludos, aves. Al parar el vehículo y bajar, no se alejan tan rápido como para evitar las fotos en primer plano.

Llegados a la pingüinera, Ibarra cuenta que pronto se va a jubilar, pero que no quiere irse de este lugar tan bello. Desde el primer vistazo uno lo entiende perfectamente. La isla Moreno surge entre las olas, detrás de la pingüinera donde vuelven a anidar cada año miles y miles de parejas de pingüinos de Magallanes. En la cresta del acantilado, con un poco de suerte, unos guanacos aparecerán el tiempo de una foto. Ibarra cambia de tema con la llegada de nuevos visitantes y les da la bienvenida a su rincón de paraíso. Es tiempo de volver hacia la RN 3 e iniciar un largo viaje, de unos mil kilómetros, para conocer los dos otros parques de la Ruta Azul.

Historias mínimas

Luego de 263 kilómetros se llega por la RN 3 a Comodoro Rivadavia. En todo este tramo, el paraje de Garayalde es el único lugar donde cargar nafta y un oasis de civilización en medio de la meseta desértica de Montemayor. Comodoro Rivadavia es, por contraste, el gran centro urbano de la región y se promueve como la cabecera de esta nueva Ruta Azul.

La ciudad tiene todos los servicios y los accesos necesarios para aspirar a ese rango: hoteles de 1 a 4 estrellas, un aeropuerto internacional, líneas de micros hacia muchos destinos y la ruta nacional 3, que cruza la ciudad de punta a punta. La directora de Turismo local, Ana Stingl, es la impulsora de este circuito azul. Al dejar Comodoro para ir al Sur, hacia Puerto Deseado y Puerto Santa Cruz, recomienda parar en la Punta del Marqués de Rada Tilly, el balneario más austral del país: allí, desde un acantilado que domina el mar a más de 150 metros se puede ver una colonia de lobos marinos jugar y nadar en las aguas cristalinas que rodean la punta.

Entre Comodoro y Caleta Olivia, las dos ciudades petroleras de la región, la ruta gana su calificativo. De hecho es el único tramo de la ruta 3 que bordea el mar. Los días de sol, el Atlántico Sur resplandece y brilla con todos los matices del azul. Cualquiera siente la tentación de parar para sacar fotos, pero el viaje recién empieza y todavía faltan casi 300 kilómetros.

Se puede cargar nafta en Caleta Olivia y Fitz Roy, un pueblo perdido en la extremidad de la meseta patagónica, donde fueron filmadas las Historias mínimas, de Carlos Sorín. Es también un pueblo que recuerda, junto a su vecino Jaramillo, las tragedias de las huelgas de 1920 y 1921.

Se llega a Puerto Deseado cansado, pero con la promesa de la mayor sorpresa de la Ruta Azul: la colonia de pingüinos de penacho amarillo. La ciudad puede desconcertar durante un primer recorrido. Si sus calles se ven adormecidas, el puerto bulle de actividad y en enero se escuchan los ruidos metálicos de las obras de mantenimiento de los buques pesqueros. Veleros con banderas de países lejanos están amarrados a los muelles y crean un pequeño crisol de idiomas y caras distintas en el bar de la empresa Darwin, en medio del puerto.

Aquel de penacho amarillo

En Deseado, la naturaleza es exagerada. No en vano Charles Darwin quedó atrapado con la ría y la fauna que abundan en sus costas y aguas. Daniel Pandini, guía que conoce cada rincón de la Patagonia, abunda también en superlativos para describir la ría Deseado. Explica que se trata de "la mayor del mundo -unos 40 kilómetros- y se formó hace millones de años, cuando un río cambió el cauce de su lecho y su desembocadura fue invadida por el mar. Acá se pueden ver toninas, lobos marinos, pingüinos, gaviotas, varias especies de cormoranes, ostreros, patos vapor..." Y todo eso bajo la sombra omnipresente del naturalista inglés.

Al final de la ría, allí donde el enorme río de otras épocas geológicas fue transformado en el humilde río Deseado, un magnifico paisaje se llama directamente Miradores de Darwin. El naturalista se encontraba a bordo de la nave de exploración y estudio Beagle, que llegó a Deseado el día de Navidad de 1833. Pandini no deja pasar la ocasión de mostrar la reproducción de un grabado de esa época, frente al mismo paisaje en la actualidad. Poco cambió desde entonces, pero esta aparente inmovilidad esconde que parte del misterio de la evolución de las especies fue quizá gestado en estos paisajes.

La ría se recorre a bordo de las lanchas semirrígidas de las tres empresas asentadas en el puerto. Es un festival para los fotógrafos, pero lo mejor está por venir. La vecina isla Pingüino se convirtió en el mayor atractivo de la región gracias a su colonia de pingüinos de penacho amarillo, la más norteña para esta especie, que es habitual en las Malvinas. Forma parte del nuevo Parque Interjurisdiccional Marino Isla Pingüino, área que protege 140.000 hectáreas de superficie oceánica. Es una porción del mar Argentino muy rica en diversidad biológica y una fuente de alimentación importante para las especies de aves y mamíferos marinos que viven en las dos islas, Chaffers y Pingüino, y las costas de la ría y el parque.

Se llega a la isla, coronada en la parte más alta por un viejo faro que parece abandonado, luego de una hora de navegación. De un lado hay una playa de canto rodado y pingüinos de Magallanes. Del otro, sobre rocas escarpadas, se encuentran los pingüinos de penacho amarillo, más ágiles y trepadores. Es increíble verlos llegar tan alto sobre el acantilado. Tienen un comportamiento muy distinto al pingüino de Magallanes. La colonia crece año tras año y su existencia fue un secreto a media voz hasta que se difundió con la formación del parque.

En la isla de las dos colonias de pingüinos, algo único en el país fuera de la Isla de los Estados, hay también una colonia de skúas, que le ponen agitación al regreso al barco. Pandini cargó desde el principio de la caminata un palo de esquí. No porque practique nordic walking entre las rocas, sino para engañar a las aves que atacan a quienes se acercan demasiado a sus nidos. Dice: "Los skúas atacan la parte más alta de su enemigo y van a rozar el palo en lugar de nuestras cabezas con sus alas, y eventualmente su pico, si no les hacemos caso y nos vamos".

El parque del león

El ataque de los skúas en la isla Pingüino es uno de los gajes del turista en la Ruta Azul. Pero no el único. Ricardo Fernández, que recorre habitualmente la ruta 3, comenta que últimamente los guanacos se volvieron un verdadero peligro, ya que cruzan la ruta y pueden provocar muchos accidentes frente a conductores desprevenidos.

Sus comentarios son bienvenidos a la hora de volver a emprender un viaje de varios cientos de kilómetros hasta el final de la Ruta Azul, en Puerto Santa Cruz, donde está el tercero y más austral de los parques nacionales de la costa atlántica argentina.

Como la ruta pasa cerca de Puerto San Julián no hay que desaprovechar la pausa y el atractivo que ofrece esta pequeña ciudad, a orillas de una bahía que se adentra en la meseta patagónica y fue una de las bases de operaciones durante la Guerra de las Malvinas.

Un Mirage está en la rambla a modo de monumento y homenaje. A metros de allí se ve anclado el museo temático Nao Victoria, la fiel reconstrucción de la embarcación de Magallanes, que llegó a estas costas en 1520 y enfrentó un motín de sus marineros. Mezcla de museo y parque temático, esta nao ofrece muchísima información y detalles de lo que fue la vida a bordo de la mítica embarcación, la primera en dar la vuelta al mundo.

Luego de Puerto Santa Cruz se alcanza el último tramo del circuito: en la ruta 3 hasta Comandante Piedrabuena, además de la isla Pavón, donde el explorador argentino se asentó en el siglo XIX, hay un inesperado parque de juegos con figuras de las historietas de Dante Quinterno.

Puerto Santa Cruz está a poca distancia, a orillas del estuario del río Santa Cruz. El pueblo reivindica el honor de haber sido la primera capital provincial y haber tenido un papel clave en la afirmación de la soberanía argentina en este lejano sur, en un momento en el que Chile tenía vistas sobre todo el sur de la Patagonia.

La vecina Estancia Monte León, donada para convertirse en parque nacional, es el motor del desarrollo del turismo en la región. La administración del parque está instalada en lo que fue el casco de la finca, y después de registrarse en la oficina de los guardias es posible adentrarse en los senderos del parque, visitar los galpones y conocer por dentro una estancia lanera patagónica.

En la oficina de los guardias, un cartel advierte sobre la posible presencia de pumas, que no son raros allí. Si bien no es común cruzárselos, cada temporada hay turistas que tienen la suerte de avistar alguno, tal como cuenta David Elder, el concesionario del camping Kimiri en las playas mismas del parque.

Mientras habla con sus visitantes, él pregunta la procedencia de cada uno y saca unos mapas. David y su esposa, Lisu, recibieron viajeros de países tan lejanos como Islandia y Rusia, gente que vino de un extremo a otro para llegar hasta el parque Monte León, en el final de la Ruta Azul, que termina sobre la playa a metros de su cabaña.

Con tanta distancia a cuestas, lo importante no es venir de Islandia, Buenos Aires o Camarones, sino el solo hecho haber llegado hasta aquí para vivir las maravillas de la Ruta Azul. Darwin, Sotomayor, Magallanes, Piedrabuena y otros tantos exploradores dejaron sus huellas y ecos en el viento que jamás cesa de soplar en la playa. Los recuerdos, las experiencias y las fotos los harán revivir junto con los paisajes y la fauna encontrados en la Ruta Azul.

Los parques, en detalle

- Parque Marino Costero Patagonia Austral: fue creado en 2009 y cubre un área 132.124 hectáreas, a lo largo de un centenar de km de costas del cabo Dos Bahías y la bahía Bustamante. Engloba varias islas e islotes cercanos a la costa. Uno de sus emblemas es el pato vapor.

- Parque Interjurisdiccional Marino Isla Pingüino: fue creado en 2009 y protege 170.000 hectáreas de mar, así como varias islas entre la ría Deseado y la bahía Laura. Su emblema es el pingüino de penacho amarillo.

- Parque Nacional Monte León: fue creado en 2004 y protege más de 68.000 hectáreas y 40 km de costas. Fue el primer parque nacional con costa marítima del país. Su emblema es el pingüino de Magallanes, una rama de molle y la Cabeza de León, una colina que se asemeja al perfil de una esfinge.

Existe además un proyecto en Puerto San Julián, el Parque Marino Makenke, que completará la Ruta Azul.

Más datos en www.parquesnacionales.gov.ar

Datos útiles

Cómo llegar
Por la RN 3, de Buenos Aires a Comodoro hay 1839 km. En avión: la cuidad está conectada con vuelos de las compañías LAN, Aerolíneas Argentinas, LADE y Sol.
Más información en internet
www.parquesnacionales.gov.ar
www.camarones.gob.ar
www.puertodeseado.tur.ar

Fuente: La Nación Turismo

Bellos rincones cordilleranos

Las localidades de San Martín de los Andes y Villa La Angostura se destacan por su preservación como aldeas de montaña, un entorno apacible de gran belleza, y también por las opciones de turismo cultural rural, ligado a los pueblos originarios. En ese sentido, la Secretaría de Turismo de San Martín de los Andes consolidó un convenio con la Comunidad Mapuche Vera para desarrollar un proyecto de “turismo rural comunitario”, que agrega valor a la oferta del lugar.

Las comunidades originarias trabajan junto al personal técnico municipal en la organización, planificación y desarrollo de nuevos servicios y actividades para el turista, con el objetivo de rescatar y revalorizar la cultura mapuche. De la mano de esta idea el visitante accede a conocer la economía de la comunidad y su aporte potencia las actividades productivas, artesanales, recreativas y de servicios turísticos.

San Martín de los Andes tiene encantos tradicionales como la ciudad en sí misma, que fue rediseñada y remodelada; actividades náuticas en los lagos Lácar, Machónico Grande y Pichi Machónico, otras opciones en los ríos Hermoso y el Aluminé y alternativas de montaña en los cerros Curruhuinca, Comandante Díaz y Chapelco. Golf, pesca deportiva, relax, rafting, remo, cabalgatas y tours culturales completan la oferta de una localidad que desarrolló estándares certificados de calidad en hotelería y gastronomía, a los que sumó el sello de origen “Hecho en San Martin de los Andes” para su producción artesanal y artística.

Por su parte Villa La Angostura consolidó su perfil para el turismo familiar, con una hotelería armónica y de alta gama.

A sus clásicos encantos de paseos terrestres, suma opciones de turismo activo y este año inaugurará el primer tramo de Huella Andina, un producto de la Secretaría de Turismo de la Nación y Parques Nacionales que consiste en un complejo de sendas que cubre el oeste de Neuquén, Río Negro y Chubut.

Sendas de singular belleza

Estas sendas pueden conocerse de norte a sur en sus distintos sectores de singular belleza, fueron diagramadas según grados de dificultad y son opciones por igual para caminantes entrenados como debutantes, grandes sin límites de edad, y también chicos.

El secretario de Turismo, Juan José Fioranelli, destacó que se inaugurarán los senderos que van de la Península de Quetrihue y el Bosque de Arrayanes a Villa La Angostura,desde ahí hasta el cerro Bayo y luego hasta Villa Traful, por el valle del río Ujenco.Estos senderos deleitarán a los turistas.

Fuente: La Capital Turismo

Viaje al enigmático paisaje antártico

Antesala de la Antártida, Ushuaia es el puerto donde recala más del 90 por ciento de las embarcaciones que viajan hacia el gélido Continente Blanco. Entre octubre y fines de marzo, la ciudad más austral del mundo suma así a su múltiple oferta turística la posibilidad de aventurarse incluso más allá del fin del mundo, arribando al desolado territorio ubicado en el extremo sur del globo.

Unos 1.000 kilómetros separan a Tierra del Fuego de la Antártida. En la temporada 2010-2011 Ushuaia recibirá 45 cruceros turísticos, 31 de ellos antárticos. El turismo antártico moviliza a amantes de la naturaleza de diversas latitudes, quienes llegan en busca de una increíble biodiversidad y escenarios de belleza virgen.

Glaciares

No es sólo hielo lo que hay en la Antártida. En su extensa superficie de 14.000.000 km2, cubierta por glaciares en casi su totalidad y con vientos que superan los 200 kilómetros por hora, conviven cuatro especies de pingüinos -adelia, barbijo, papúa y emperador-, albatros, petreles, pardelas, skúas, gaviotines, cormoranes y palomas antárticas, mientras que el mar que la rodea está poblado por diversos tipos de ballenas.

Dentro de los singulares espectáculos que regala la Antártida se encuentra la experiencia de poder contemplar focas y elefantes marinos durante toda la temporada, los apareamientos de pingüinos y luego el nacimiento de sus pichones a finales de diciembre y grupos familiares de ballenas que se visualizan con mayor frecuencia entre enero y marzo.

Para explorar esas maravillas australes pueden emprenderse itinerarios que varían entre diez y veinte días. Los más cortos tienen como destino la Península Antártica y las Shetland del Sur, mientras que los más extensos incluyen las islas Malvinas y Georgias del Sur.

También existe diversidad en cuanto al tipo de embarcaciones -cruceros de lujo y buques de casco reforzado o rompehielos- que pueden transportar entre 50 y 500 pasajeros. Ambos estilos de barco ofrecen la posibilidad de realizar descensos en botes de goma muy resistentes, llamados zodiac.

Hay tres circuitos organizados en el Continente Blanco. Al noroeste de la Península Antártica se encuentra el archipiélago de la isla Elefante e islas Shetland del Sur, el área más cálida y colorida de esas tierras, con más de una decena de lugares para visitar donde se combinan glaciares, montañas y fiordos.

Allí el viajero se sorprenderá al divisar en las costas rocosas conjuntos de líquenes, musgos e incluso dos especies de flores. Numerosas colonias de pingüinos de las especies adelia, papúa y de barbijo escogen esta ribera durante el verano.

La región noreste de la Península Antártica alberga impresionantes bloques de hielo y la famosa Base Esperanza, estación científica de la Argentina. En materia de naturaleza es factible reconocer una gran población de pingüinos y diferentes especies de petreles.

Finalmente, la costa oeste de la Península Antártica presenta extensos estrechos, islas montañosas con altas cumbres, bahías protegidas y angostos canales. Dentro de los puntos factibles de visitar se destacan Bahía Paraíso, Puerto Locroy, Canal Lemaire, famoso por la belleza de su paisaje y por la presencia de numerosas ballenas.

Fuente: Diario Ambito

El sabor de la sal

Uno de los grandes atractivos de Las Grutas es que tiene mucho más que playa. Los amantes del avistaje de aves, por ejemplo, pueden emprender el camino hacia la zona de San Antonio Este –el puerto por donde se exporta la fruta del Alto Valle de Río Negro– y conocer sus desérticas pero imponentes playas de conchilla, que forman parte de una reserva natural destinada a proteger a las aves migratorias que cada año recorren miles de kilómetros entre Tierra del Fuego y el Polo Norte. Estas playas, totalmente agrestes y solitarias, son de una belleza increíble y sus aguas turquesas y cálidas las hacen dignas de un pequeño y desconocido Caribe rionegrino.

Otro sitio para descubrir sí o sí es la Salina del Gualicho, a 60 kilómetros de Las Grutas. Este desierto de sal se encuentra en el Bajo del Gualicho, a 72 metros bajo el nivel del mar, la segunda mayor depresión de nuestro país (la primera es el Bajo San Julián, en Santa Cruz, que con 107 metros bajo el nivel del mar es la mayor depresión del hemisferio occidental). Desert Tracks es la prestadora que organiza la visita: mucho más que una excursión, lo que se propone es una experiencia que resultará imposible de olvidar. Se sale al atardecer, en viejos camiones militares reacondicionados para el turismo, y se llega al oasis de sal alrededor de una hora después, para ingresar en los playones de trabajo rodeados de bloques blancos y gigantescos. Los guías se encargan de dar todos los detalles técnicos, empezando por el origen del salar, que se formó cuando se elevó la Cordillera de los Andes y esta zona sufrió una depresión que permitió el ingreso del mar. Pasaron los años y el mar se retiró, pero quedó una capa madre de sal de 23 metros de espesor: hoy, esta capa de sal es explotada con fines industriales pero se regenera todos los años, convirtiéndose en un recurso prácticamente inagotable. No queda sino agradecerlo, sobre todo cuando se llega hasta el corazón de la salina para ver la puesta del sol, que lentamente se hunde en el horizonte tiñéndolo de rosa y regala un toque romántico al brindis que se propone a los participantes. Más tarde se volverá a la zona donde quedó estacionado el camión para comer un pollo al disco recién preparado a la luz de las estrellas, y finalmente recostarse boca arriba para explorar con catalejos la magnificencia de la bóveda celeste del hemisferio austral.

Fuente: Página 12 Turismo

Tigres y guacamayos en el Alto Valle

A pocos kilómetros de General Roca, en el sorprendente zoo Bubalcó, la fauna autóctona convive con especies exóticas
En buena parte del Alto Valle parece que no queda superficie sin sembrar. Las chacras de manzanas y peras, con sus plantaciones perfectamente simétricas, se alinean a ambos lados de los caminos. Desde el aeropuerto de Neuquén, cabecera urbana de la región, hasta General Roca, ya en Río Negro, es evidente el movimiento económico generado en parte por la fruticultura local. Barrios privados, concesionarias de autos de alta gama y hasta flamantes hoteles-casino con todas las estrellas son algunos de los nuevos vecinos en este extremo norte de la Patagonia junto al río Negro.

Raro contexto, es cierto, para Sasha y Kanvar, una pareja de... tigres de Bengala blancos, recientes padres primerizos de dos cachorras, quizá las primeras en su especie nacidas en este lado del mundo.

La feliz familia es uno de los principales atractivos de Bubalcó, un sorprendente zoológico que nadie sospecharía que estuviera ahí, a cinco kilómetros de la ruta 22, entre plantaciones de manzanas y peras, justamente.

Abierto con bajo perfil hace poco más de un año, el predio de 34 hectáreas lejos está de ser una reserva de fauna autóctona. Por el contrario, en su colección hay 800 animales de 120 especies de los orígenes más exóticos, desde un mono gibón tailandés hasta un tigre de Siberia, pasando por un amplio abanico de aves en algunos casos en riesgo de extinción.

No es tampoco uno de esos zoológicos urbanos, con jaulas de espacios limitados y no siempre muy adecuadas para sus habitantes. Esto es la Patagonia y tierra no es lo que falta: Bubalcó, en todo caso, se emparienta con el modelo de Temaikèn. "Más que parque temático o reserva, me gusta definirnos como un zoológico moderno -explica el coordinador general, Jorge Nori-. Hoy, hay cierto prejuicio con el término zoológico , pero nosotros tenemos claro que nuestros objetivos son la concientización, la educación y, sólo por último, el entretenimiento."

El sector de Sabana africana, donde viven antílopes, avestruces y cebras, por ejemplo, debe abarcar más de una hectárea. Esto hace, por supuesto, que los animales no siempre se encuentren tan visibles como en un zoológico de jaulas pequeñas, más jugado hacia la exhibición. "Prefiero que nos critiquen porque algún animal no se ve demasiado bien antes de que nos digan que no los tenemos en condiciones adecuadas", dice Nori, durante una de sus diarias rondas por un parque que evidentemente lo apasiona. "Yo ya estaba hecho profesionalmente en otros ámbitos, aunque siempre fui aficionado a los animales -cuenta-. Esto surgió como una beca".

¿Pero cómo llegó todo esto acá? En la explicación hay otro paralelo más con la historia de Temaikèn. Así como el zoo de Escobar es en cierto punto un gusto de los Perez Companc, Bubalcó es el sueño del empresario Julio Rajneri, dueño del diario patagónico Río Negro y gran coleccionista de aves.

De hecho, el proyecto del zoológico patagónico se inició con los exóticos y valiosos ejemplares de Rajneri, para los que se contruyeron unas grandes jaulas. Allí convive, por ejemplo, la única pareja de guacamayos ambiguos en la Argentina (el segundo psitácido más grande, sin diferencias entre machos y hembras).

El grado de convocatoria de un zoológico en las afueras de General Roca no era algo sencillo de prever. Pero a un año de la apertura, sus responsables aseguran estar satisfechos. El lugar ha sido un éxito especialmente con las escuelas, que representan el 70 por ciento de sus visitantes. Según Nori, cada día lo recorre un promedio de mil alumnos llegados incluso desde Temuco, Chile. Ahora, uno de los desafíos es conseguir detener en el zoo a algunos de los numerosos turistas que suelen pasar por la ruta 22 con diversos destinos.

Se necesitan unas tres horas para recorrer todo el sitio, que cuenta con varios puntos altos:

1. El invernáculo. De afuera, recuerda la terminal vidriada de un aeropuerto moderno. Pero al ingresar se descubre una especie de selva encapsulada, radicalmente diferente del árido paisaje exterior. En ese microclima se pueden apreciar variedades de aves, incluyendo un orgulloso tucán, además de una boa lampalagua y un lémur de lo más curioso.

2. El aviario. Este es un espacio realmente único, probablemente uno de los más grandes en su tipo del mundo. El aspecto es el de una gran carpa de circo, pero de red en lugar de lona, de 200 metros de largo por 90 de ancho. Todo sostenido por enormes columnas, en una obra de ingeniería realmente llamativa. Adentro, corre un pequeño arroyo que es a la vez un pequeño ecosistema. Allí conviven patos, gansos, faisanes, gallaretas, cisnes, brantas y pavas. Y también Tobías, un mono gibón que, a pesar de sus malos modales, es uno de los favoritos tanto de los visitantes como del equipo de Bubalcó.

3. La familia de tigres de Bengala. Sasha tiene cuatro años, viene del Zoológico de Buenos Aires y el 30 de noviembre fue mamá por primera vez al concebir dos pequeñas cachorras después de más de 100 días de gestación. Kanvar, el padre, es menor, tiene dos años, y llegó desde Temaikèn. Hubo una enorme expectativa respecto de este nacimiento, como es lógico. En los días previos, a Marcelo Javier Miserendino, veterinario del zoo, no había quien no le preguntara por las novedades. "Ya quería ponerme una remera que dijera No, todavía no nacieron", cuenta Miserendino, que hizo guardia unas cuantas noches fuera de la cueva de los tigres, antes del parto.

"Como es lógico, nunca había estado en un parto de tigres blancos, pero la verdad es que todo fue muy similar a un parto con felinos domésticos", cuenta el veterinario luego de darles una mamadera con leche a las cachorras, que todavía no están en "exhibición" permanente y que esperan que los chicos de General Roca les den un nombre.

Datos útiles

Cómo llegar a Bubalcó
Bubalcó queda en Contralmirante Guerrico, Allen, a 15 km de General Roca, Río Negro. 02941-430510. Se llega por la ruta nacional 22, hasta el kilómetro 1194, donde hay que desviarse hacia el río Negro siguiendo la señalización.
Horario y precios
Abierto de miércoles a lunes. Martes, cerrado. El horario de ingreso es de 10 a 18. De lunes a viernes, la entrada para mayores cuesta $ 35 y para menores de 15 años, $ 25. Sábados, domingos y feriados, mayores, $ 50; menores, $ 30. Menores, de 5 años, gratis. Hay promociones para grupos familiares, jubilados y pases anuales.
En Internet
http://www.bubalco.com/

Fuente: La Nacion Turismo

Villa Pehuenia, paz y naturaleza para disfrutar en familia

La diversidad de actividades que ofrece y su enorme belleza natural, convierten a esta aldea de ensueño situada en la cordillera neuquina, a sólo 310 kilómetros de Neuquén capital, en el destino ideal para miles de turistas que buscan disfrutar de playas, ríos y montañas.
Villa Pehuenia es una pequeña y apacible aldea de montaña con calles de tierra, enmarcada entre lagos, playas, ríos y bosques de pehuenes, rodeada de montañas de origen volcánico, características que la convierten en un lugar ideal para el turismo familiar. La localidad se encuentra en la cordillera neuquina, a 310 kilómetros al oeste de la capital provincial, donde los lagos Aluminé y Moquehue se conjugan con los milenarios pehuenes para darle una singularidad especial.

El pueblo está ubicado en la costa norte del lago Aluminé y forma un conjunto con el paraje del lago Moquehue, pocos kilómetros al oeste, y en una pequeña área presenta un seductor despliegue de cabañas, hosterías, posadas, cámpings y hoteles. En verano goza de un clima cálido pero no agobiante, que invita a la recreación en sus playas de arena y en las templadas aguas de los lagos, que también tienen sectores famosos por su calidad pesquera.

"El entorno natural es hermoso y único, pero nuestra apuesta cada vez mayor es a la tranquilidad del lugar, que por nada del mundo pierda esta paz pueblerina que tiene y que permite al visitante disfrutar en íntimo contacto con la naturaleza", señala María Luz Laino, secretaria de Turismo de Villa Pehuenia.

Laino destaca que esta temporada presenta "mucho movimiento de turistas de la región y algunos de Chile". El nombre de la villa proviene de "pehuén" -voz mapuche que alude a esa especie, también llamada araucaria araucana-, una conífera considerada por la botánica como un "fósil viviente", que es a su vez el árbol representativo de la provincia de Neuquén y el nacional de Chile.

Los primeros pobladores de la región aún hoy le dan un valor especial y, entre otros de sus usos, se destaca el consumo de sus semillas o "piñones". Son árboles muy grandes, de hasta 80 metros de altura, que tienen un lento crecimiento, y los ejemplares masculinos se diferencian claramente de los femeninos, al ser éstos más "prolijos" en su crecimiento.

Villa Pehuenia también invita a la práctica de deportes de aventura y durante la temporada cuenta con varias competencias de atractivo nacional. Muchos paseos desde Villa Pehuenia se internan en bosques de pehuenes, como el de Paso del Arco, un antiguo camino a Chile ubicado a una hora por la ruta provincial 13, que además ofrece una amplia diversidad vegetal, lagunas y pequeñas villas.

Otro gran atractivo de la zona es el volcán Batea Mahuida, a 10 kilómetros de la aldea, administrado por la comunidad mapuche Puel (cuya reserva está en el paraje La Angostura), donde se pueden hacer caminatas o cabalgatas y en época de nieve practicar deportes invernales en sus pistas. En verano se puede llegar hasta la cima del volcán inactivo e ingresar hasta la laguna que hay en el cráter, ante un deslumbrante paisaje de los volcanes argentinos y chilenos, como Lanín, Villarrica, Llaima y Lonquimay.

Existe también un circuito de 130 kilómetros que recorre los principales atractivos del lugar al unir los lagos Moquehue, Aluminé, Ñorquinco, Nonpehuén y Pulmarí, en el que se puede disfrutar de bosques, arroyos, cascadas y ríos de los alrededores. Muy cerca de Villa Pehuenia está el Paso Icalma a Chile, un camino serpenteante entre pehuenes, cipreses, ñires y lengas, que tras cruzar la frontera lleva a otras villas turísticas y a Temuco, una importante ciudad del sur chileno.

Prestadores de Villa Pehuenia también ofrecen una vuelta al lago Aluminé en camionetas de doble tracción o 4x4, un circuito de unos 45 kilómetros en el que se atraviesan vados, bosques y playas solitarias. Las agencias turísticas también proponen variadas alternativas para hacer rafting, paseos en biciletas de moñtaña y salidas de caza y pesca deportiva, además de buceo en los lagos. Diversidad de actividades y belleza natural hacen de Pehuenia un lugar para disfrutar plenamente.

Fuente: Notio

Un fascinante paseo por el reino de la araucaria

A orillas del lago Aluminé, en los bosques y montañas que rodean Villa Pehuenia se despliega un variado menú de actividades en contacto con la naturaleza. Además, la cultura mapuche y los platos autóctonos.

Es una porción de Neuquén a merced de gigantes en pugna. Por eso, para dejar de sentirse por un momento intimidados por uno de esos portentosos vigías de Villa Pehuenia, no cabe otra opción que entregarse a la autoridad del Batea Mahuida. Sólo desde la cima del volcán las estilizadas siluetas de las araucarias –los pehuenes venerados por las comunidades mapuches– se avienen a empequeñecerse, hasta parecer hongos microscópicos que decoran los lagos Aluminé y Moquehue.
Mil metros abajo, todos los paisajes están atravesados por la variedad araucana de este árbol sagrado. Las miradas de los visitantes se dejan deslumbrar por la mancha turquesa del lago planchado y enseguida hacen foco –imitadas por las cámaras de fotos– en las copas verdes, redondeadas por ramas horizontales que sostienen piñones.
Las araucarias posadas en este tramo de la Cordillera crecen a razón de 1 a 7 cm por año y se muestran tan vigorosas como 70 millones de años atrás, cuando resistieron la hecatombe del Terciario, que sepultó la era de los dinosaurios. Es tan llamativa la presencia de la araucaria aquí, que hasta la proliferación de fucsias, anaranjados, violetas y amarillos de las flores, encendidos por el sol del verano, pasa a segundo plano.
El volcán es propiedad de la comunidad mapuche puel, que en invierno administra el centro de esquí del Batea y en esta época coordina las trepadas en 4x4 hasta la cumbre mochada. El motor del vehículo que conduce el guía Antonio Catalán ruge sobre el suelo de piedra, en la arremetida final. A 5 kilómetros por hora, asoma al costado de la ventanilla el espectacular mirador natural de una explanada abovedada. Es el borde del cráter. Hacia abajo, la pared interior –recubierta de hielo– se sumerge en la laguna azul que inunda la caldera extinguida.
A esta altura –sobre los 1.600 m–, del verde intenso del bosque andino quedan apenas los esporádicos tonos fosforescentes de ñires achaparrados. A lo lejos, mientras el viento bien frío del Pacífico se hace notar, la nieve de los volcanes Lanín, Villarrica, Llaima, Lonquimay, Copahue y del cono mochado Sierra Nevada blanquea la frontera entre Argentina y Chile.

Panorama desde el cráter

El guía arrima a los tumbos la camioneta a la playa volcánica de la laguna, le da descanso al motor y sugiere prestar oídos al silencio y el silbido del viento. Calderón es músico, docente y enfermero, infaltable en cada Nguillatún (las rogativas al dios Nguenechén, que 80 comunidades puel realizan en febrero, conducidos por el lonco Manuel Calfuqueo) y la celebración del Ui Noi Chipantu, el Año Nuevo mapuche, cada 21 de junio.
Es tal el celo que el joven guarda por el cuidado de sus tradiciones, que se niega a explicar la razón que lo impulsa a regresar a Villa Pehuenia por un camino de ripio en desuso. El misterio se devela tras diez minutos de padecimiento para el vehículo y los pasajeros: junto a esa huella casi olvidada florecen cañas colihue –utilizadas para fabricar el instrumento ceremonial de viento trutruca– y asoma, resguardado por centenarias araucarias, el recinto de adoración reue. Cada una de las familias originarias está representada en una hilera circular de chozas de paja.
Catalán señala el lugar asignado para el ritual ancestral y explica con parquedad, pero sigue de largo sin detenerse. El sol del mediodía realza el brillo del lago y las cumbres nevadas y provoca un impacto visual que, para los afortunados vecinos, es cosa de todos los días.
Una brisa que era casi imperceptible en el bosque se hace viento y sopla con fuerza en el muelle del golfo Azul. La novedad anima a Gerardo Rodríguez, que suelta amarras para que el velero Susurro trace un tajo que apunta hacia el centro del lago Aluminé.

El monstruo del lago

Siete islas e islotes –todas rigurosamente recubiertas de araucarias– van quedando atrás. Un km lago adentro, el timonel despliega la vela y el motor deja de ronronear. El silencio copa la escena cuando la embarcación bordea la punta de una península tapada de coihues y se acomoda de tal forma que ofrece un primerísimo plano del cerro Chañy. Parece improbable que desde estas aguas quietas y transparentes irrumpa Cuero, un monstruo con forma de tronco atribuido a la mitología mapuche.
Los susurros y silencios que enmarcaron las tres horas de excursión recién son interrumpidos en tierra firme, donde un anciano suelta melancólicas melodías con su pilolay, un instrumento de viento que sólo puede tocar el padre de familia mapuche y tiene tantos orificios como la cantidad de hijos del músico. Un niño de unos diez años no quiere ser menos y prepara su trutruca. Pero la presencia de extraños lo cohíbe.
Los golpes de la tambora se escuchan más tarde, a lo lejos, cuando atravieso la entrada de la fábrica artesanal Chokolhaa. Fernando Cappi se suma a esa involuntaria bienvenida con percusión autóctona convidando un inigualable chocolate negro con rosa mosqueta y marroc con frutas secas. La visita resulta fructífera, no sólo por el invalorable aporte para el paladar. Ante el grupo de turistas que no dejan de masticar, el maestro chocolatero se toma su tiempo para explicar cómo se elabora chocolate en rama con una espátula y hasta tiene la amabilidad de revelar un dato básico: “La preparación artesanal lleva un proceso de templado con baño maría, lo que genera la textura bien suave y el sabor”.
El chocolate del atardecer más el ciervo laqueado al whisky y la fondue que justificó la noche destemplada marcan los primeros pasos –por cierto lentos– de la mañana. Más vale sacar fuerzas de algún recóndito rincón del cuerpo porque se viene una caminata de 8 kilómetros por el bosque y la costa del lago Moquehue, hasta la desembocadura del arroyo Blanco. Por suerte, unos minutos después de despegar desde el puente de La Angostura, el guía Jorge “Chopper” Maciel hace una parada a la sombra de las araucarias, para indicar el área de piñonada, donde en febrero las familias mapuches se dedican a juntar piñones, caídos de las bachas de los árboles.
Un rato más tarde, la marcha se acelera súbitamente, motivada por la primera imagen del lago, una sugerente panorámica semioculta por un bosque de radales. El sonido monocorde de las chicharras confirma que la jornada será muy calurosa y desplaza el trino más agradable que acercan tordos, zorzales, carpinteros de cresta colorada y loros de cola rojiza.
Vamos decididos por la selva valdiviana hacia el encuentro directo con el agua fresca del lago. Dejamos atrás un arroyo de vertiente, pilas de leña junto a las cercas de palo de las chacras y un farallón de roca glaciaria, del que sobresale como manojo de antenas otro conjunto de araucarias.

Postal perfecta

Pero la ansiedad por alcanzar la playa casi causa un desatino y los entusiastas caminantes pasamos por alto una postal exquisita: la islita de roca Bonsai y su araucaria enana de más de tres siglos, inmóviles en medio del lago a veces turquesa, ahora verdoso, delante de los picos nevados. Cien metros más adelante, una hilera de patos negros remueve delicadamente la superficie del agua y el intenso aroma de rosa mosqueta indica la cercanía de la bajada hacia la orilla de arena. Absolutamente todos los pies de los visitantes reposan en el agua y los prismáticos del guía pasan de mano en mano, para descubrir otras araucarias plantadas en mínimos islotes de piedra.
El Circuito Pehuenia no parece ceñirse a un recorrido prefijado. Con sólo dejarse perder por cualquier ruta, camino, senda o huella, es posible detectar otros matices –indefectiblemente distintos y atractivos– del bosque y las aguas cristalinas. Por ejemplo, dos rostros bien disímiles exhibe el lago Aluminé si se lo admira desde los miradores de Villa Pehuenia o abordado desde un área de arena, ripio y bosque nativo de la margen sur, que una fatigosa travesía en cuatriciclo recorre en dos horas.
Esa perfecta combinación de adrenalina y naturaleza en estado puro se recrea en el paraje El Verde, cerca de la aldea Moquehue, tras 20 kilómetros de ripio que circundan el lago Moquehue. Sobre el cerro Bandera –a 1.100 metros de altura–, esta vez el bosque de coihues y araucarias se presta para completar cinco tramos de canopy y dos bajadas de rappel. Son 350 metros suspendidos en el aire sobre la ladera empinada. La última aventura vuelve a dejar en claro que en esta comarca de perfumes, melodías y colores naturales el hombre tiene su lugar, pero sólo le cabe acompañar al paisaje.

Fuente: Clarín Viajes

El paisaje idílico de Villa Traful

Entre Villa La Angostura y San Martín de los Andes, en el corazón del Parque Nacional Nahuel Huapi, está Villa Traful. Crónica de una visita a este bellísimo rincón del sur de Neuquén, con picos nevados alrededor de un lago, bosques de lenga y ciprés y un pueblito de 500 habitantes con calles de tierra.

Un desvío de ripio que nace en la Ruta de los Siete Lagos nos lleva a un poblado de casas de madera desperdigadas sobre una ladera frente al lago Traful. Al atravesar los bosques en galería que cubren el camino la sensación es la de haber descubierto un pueblito secreto escondido entre las montañas. “¿Qué sentido tiene viajar a Suiza, si tenemos un lugar como éste en la Patagonia?”, me dijo el dueño de unas cabañas al pie de los picos nevados en Villa Traful, y no encontré argumentos para decirle que era un exagerado.

El centro de todo en Villa Traful es el lago, que ocupa la parte baja de un gran anfiteatro natural de cumbres nevadas, donde pacen vaquitas y ovejas en los prados y faltan rigurosamente las muchedumbres, los restaurantes de alta cocina, los hoteles cinco estrellas, los cibercafés, los bancos, el gas natural, el ruido y la contaminación. Un generador provee la luz eléctrica al pueblo y hay un negocio donde se prepara el chocolate artesanal más rico del universo, que aquí se cierra en sí mismo.

Lo que abunda en Villa Traful son los arroyos de deshielo que bajan por la montaña para alimentar lagos transparentes y un aire purísimo con aroma a verde como pocos. También hay añejos ñires y retamas florecidas de amarillo furioso, y hasta un bosque de cipreses sumergido, cuyos troncos se mantienen en pie en el fondo del lago Traful.

Mundo virginal

La razón principal de que Villa Traful y su entorno sean un santuario natural en excelente estado de conservación es que el pueblo está rodeado en todos sus límites por la zona norte del Parque Nacional Nahuel Huapi. La villa surgió en 1936, cuando las autoridades del primer Parque Nacional del país cedieron el terreno a la provincia para que hiciera un loteo y organizara a su mínima población, ahora compuesta por una curiosa mezcla de mapuches, criollos mestizados, inmigrantes del resto del país y algunos norteamericanos instalados en el paraje desde comienzos del siglo XIX.

El perfil turístico de esta villa se configuró a raíz de su excelente pesca de salmón encerrado. Pero cuando los pescadores aficionados a la soledad y a los paisajes de extrema belleza comenzaron a contarles a los amigos cómo era el lugar donde pescaban, comenzó el flujo de viajeros. Así fue que tuvieron que compartir su paraíso perdido... y no son pocos los que se arrepienten de haber revelado el secreto. Algunos de esos visitantes se quedaron a vivir, y como de lo único que aquí se puede vivir es del turismo –la caza está prohibida y la pesca es con devolución– surgieron en cuentagotas algunas hosterías y restaurantes administrados por gente que optó por un cambio radical, ya que los inviernos son duros y bastante solitarios. De todos modos, el lugar no ha perdido su encanto virginal. Los complejos de alojamiento son nueve y los restaurantes apenas ocho, que además no funcionan todo el año, ya que en invierno casi no llegan visitantes.

Villa Traful ha sido en general un circuito alternativo para recorrer en el día desde Bariloche, Villa La Angostura o San Martín. Pero ahora lo que se proponen los locales es que sea al revés: que la gente se instale en Villa Traful y, si apremia la abstinencia de modernidad, en un promedio de dos horas de viaje se puede llegar a alguna de esas tres ciudades para ir a bailar, hacer compras o ir al casino. Aunque eso en verdad no ocurre nunca, porque el que elige Villa Traful en general no quiere saber nada con todo eso.

El bosque sumergido

Desde el puerto de Villa Traful partimos navegando en un gomón con motor fuera de borda para visitar la rareza de un bosque de cipreses semisumergido en el lago. Se trata de alrededor de sesenta árboles de hasta 35 metros de altura que permanecen erguidos, con sus troncos y ramas deshojadas dentro del agua. Las copas se elevan junto a la embarcación, pero la transparencia de las aguas permite ver completos los troncos de estos cipreses que murieron de pie y no se pudren por las bajas temperaturas del agua. La explicación de este extraño fenómeno es que un sector de la ladera de la montaña se desplazó hacia abajo, adentrándose en el agua a raíz de una falla en la elevación de la cordillera. En total hay 60 cipreses sumergidos en pie y muchos coihues caídos en el fondo, ya que sus raíces no tienen igual resistencia.

El lago inmóvil como un espejo se quiebra al paso de la embarcación. Estamos en el centro de un valle de origen glaciario alimentado por vertientes cristalinas de deshielo. Y de repente el guía se emociona porque aparece nadando a babor un falaropo, un ave pequeña y estilizada que parece un patito pero, por lo visto, es una “figurita difícil” casi imposible de avistar en este lugar, probablemente perdida por alguna tormenta. Pero también vemos muchos cádices, unos insectos que nacen en el agua y abandonan su estado larvario mientras flotan en la superficie hasta que se le secan las alas y vuelan a completar el proceso reproductivo antes de morir. Algunos, sin embargo, no lo logran: antes se los comen las truchas que vemos pasar como un rayo debajo de la embarcación.

Desde la lancha es posible zambullirse en el lago para hacer snorkeling. Otra alternativa es contratar una excursión de buceo –se exige ser buzo certificado– para vivir la experiencia alucinante de nadar entre los cipreses sumergidos, que en la práctica es como volar en cámara lenta entre los vericuetos de un bosque fantasmal.
El mirador sobre el lago Traful, a pocos kilómetros de la pequeña villa.

Cómo llegar

Desde Bariloche son 100 kilómetros (1600 desde Buenos Aires), primero por la Ruta Provincial 237 hasta Confluencia y luego la ruta 65 (los últimos 35 kilómetros son de ripio en buen estado). Otro tanto hay desde San Martín de los Andes.
Se puede llegar en avión a Bariloche, y desde esa ciudad hay ómnibus diarios hasta Villa Traful de las empresas Al-Bus, Sita y Vía Bariloche. También hay micros directos desde San Martín de los Andes y Villa La Angostura (Micros La Araucana).

Fuente: Página 12 Turismo

Un paseo por el bosque petrificado

A unos 150 kilómetros de Comodoro Rivadavia nace el complicado camino de ripio que conduce al bosque petrificado más grande del mundo, que sobrevivió a distintas eras y a la depredación humana y, a simple vista, sigue dando apariencia de madera a un entorno mineral enclavado en la piedra.

Restos petrificados de miles de coníferas y palmeras que tuvieron hasta cien metros de altura hace 70 millones de años, conforman el mayor bosque petrificado del mundo en la estepa del sur de Chubut, dentro de la jurisdicción de Sarmiento, una de las ciudades más antiguas de la Patagonia.

La zona toda fue fondo marino en sus orígenes, luego una selva con lagos y pantanos en un clima subtropical y, tras surgir la cordillera de los Andes, un desierto árido que acabó con casi todo vestigio de frondosa vegetación, de la que sólo se salvó la madera convertida en piedra.

En la soledad del desierto, a unos 150 kilómetros hacia el oeste de Comodoro Rivadavia la ruta provincial 26 hace una curva cerrada, tras la cual surge el verde valle del río Senguer, regado por canales de este curso de agua, donde dos grandes lagos (Colhué Huapi y Munster) flanquean Colonia Sarmiento, fundada en 1897.

Si la meta es el Bosque Petrificado José Ormaechea, se debe continuar unos 100 metros más luego de traspasar el acceso a la ciudad, para luego girar a la izquierda -hacia el sur- y rodar otros 30 kilómetros por un difícil camino de ripio.

Al alejarse del valle, el verde desaparece, aparecen numerosos guanacos y el terreno se torna rocoso, con tonos grises y amarillentos y una escasa vegetación de arbustos retorcidos y matas bajas, espinosas y polvorientas.

El canto rodado y los movedizos guanacos dificultan el manejo en las curvas, donde el viento acumula sobre el suelo duro varios centímetros de piedras ovales y suaves que desestabilizan a los vehículos.

Pronto aparecen las típicas mesetas escalonadas y sierras aisladas de la Patagonia, precedidas por un conjunto de leves lomas de estratos rojizos y ocres, con finas franjas blancas, que contrastan con el cielo azul impecable del día.

Cada capa se formó en un período geológico de duración inconcebible para los tiempos humanos, por lo que se podría decir -parafraseando a Napoleón ante las pirámides egipcias- que desde esos estratos, unos cien millones de años nos contemplan.

Al final del camino, aparece el valle que una vez albergó una fauna variada -según los muchos hallazgos paleontológicos de la zona- y la altísima selva con coníferas y palmeras mencionada.

Al surgir la cordillera de los Andes en el paleozoico, los vientos del Pacífico perdieron su humedad al oeste de las montañas y azotaron áridos y furiosos la región, lo que sumado a las erupciones volcánicas acabó con ese vergel.

En la entrada se debe estacionar y hacer la visita a pie, si uno lo desea acompañado por un guía gratuito, a lo largo del circuito turístico de unos dos kilómetros, que sin prisa se puede completar en algo más de dos horas.

El bosque petrificado no es -aunque su nombre lo sugiera- un bosque, es decir un conjunto de árboles de piedra como esculturas enhiestas, sino sus restos tras un proceso de fosilización.

El circuito turístico tiene media docena de miradores, desde algunos de los cuales se ve en toda su amplitud el llamado Valle Lunar -uno de sus atractivos emblemáticos- y cuenta con carteles con referencias para autoguía, aunque la reserva es mucho más grande: unos 80 kilómetros de norte a sur por cuatro de ancho.

Millares de gruesos troncos, ramas, astillas, frutos y semillas de tonos marrones, rojos y amarillos descansan junto al sendero o dispersos por el valle, salvo algunos que por su tamaño o forma fueron colocados en puntos clave para una mejor observación.

El perfecto estado de conservación engaña a la vista y parecen rollizos o leños cortados y secados recientemente, en algunos casos con su corteza y ramas diminutas, pero basta tocarlos para sentir la frialdad mineral o golpearlos suavemente con una astilla para oír el sonido seco y metálico del choque entre dos piedras.

En algunos troncos cortados transversalmente se ven con claridad los anillos de su crecimiento, mientras en otros la erosión horadó ventanas de variado tamaño o huecos longitudinales como tubos.

El fuerte viento patagónico puede convertir en minutos una tarde de sol radiante en una opaca y encapotada, o llenarla de rápidas nubes que se deslizan sobre las formas del valle, en un verdadero juego de sombras que magnifica la belleza del lugar.

Los senderos están delimitados con piedras, fósiles y carteles, y los guías piden no salir de ellos aunque el terreno parezca firme, porque es peligroso, no para la gente, sino para el ambiente.

Esos arenales pueden estar llenos de semillas, hojas y diminutas astillas fosilizadas, que se romperían con una pisada o se perderían en los calzados de los desaprensivos visitantes.

Como en el cuento de Ray Bradburry en que un hombre pisó una mariposa en el pasado y puso en riesgo el mundo presente, acá muchas pisadas en el suelo presente pueden destruir una parte importante del pasado millonario de la Patagonia.

El polvo que el viento levanta de este desolado valle se expande imperceptible por la región y genera en Sarmiento unos hermosos crepúsculos rojo sangre, más bellos aún si se reflejan en sus lagos, donde bandadas de aves zancudas se elevan contra el sol en el momento exacto para la postal.

Fuente: Notio

Entre el mar y los andes

Rada Tilly se prepara para celebrar la esquila y Camarones, la Fiesta Nacional del Salmón. Esquel y el Parque Nacional Los Alerces siguen siendo la punta de lanza del oeste. Y Puerto Madryn, la perla del Atlántico.

Descubriendo comarcas

Con el verano en su esplendor y las ballenas ya alejándose de la costa, la provincia de Chubut estrena temporada a puro sol. La Comarca de los Andes, compuesta por siete localidades andinas –con Esquel a la cabeza– y 12 lagos en su haber, desempolvó su paleta de verdes y azules y el turismo aventura se hizo dueño del lugar. Cabalgatas, treking, rafting, kayak, canopy, pesca deportiva. Todas las opciones para disfrutar de la naturaleza en familia. Además, el expreso patagónico La Trochita sigue su recorrido entre Esquel y Nahuel Pan. En esta región, el Parque Nacional Los Alerces invita a caminar hacia el Glaciar Torrecillas, navegar el lago Huachulaufquen y visitar el alerzal milenario, con ejemplares de más de 3 mil años.

La Comarca de las Mesetas es esa eterna planicie, entre la pureza de la cordillera y el abrupto acantilado que mira hacia el Atlántico. La Piedra Parada, a la que se accede desde Esquel, es un muro de 200 metros de altura, la única parte que quedó en pie de un antiguo volcán.

Al noreste, en esta misma Comarca, se encuentra Telsen, localidad que debe su nombre al arroyo que la atraviesa. Con el marco de mesetas escalonadas y los colores del desierto, desde allí se puede hacer turismo cultural, visitar las primeras casas de pobladores, conocer figuras geológicas únicas y el manantial en donde nace el arroyo.

Península Valdés es probablemente la comarca más famosa de la provincia. Es que el avistaje de animales (ballenas, aunque no en esta época, toninas, pingüinos, lobos y elefantes marinos) le dieron fama internacional. Patrimonio Natural de la Humanidad según la Unesco, junto a Reservas Naturales Turísticas Isla de los Pájaros, Punta Pirámide, Caleta Valdés , Punta Norte y Punta Delgada, es un Area Natural Protegida y una Reserva Natural Turística.

Entre el pasado tehuelche y mapuche, la Comarca Central ofrece la posibilidad de aprovechar el viento en las playas de Rada Tilly, disfrutar del turismo rural y presenciar esquilas (a mediados de enero es la Fiesta Nacional de esta actividad en Río Mayo). Y desde luego, practicar pesca deportiva en Alto Río Senger. Punto intermedio con Trelew, la localidad pesquera de Camarones festeja en febrero la Fiesta Nacional del Salmón e invita a disfrutar de la costa y la variedad de flora y fauna.

La inmensidad geográfica y cultural de Chubut convierte a la provincia en un destino lleno de opciones. Para aventureros, amantes de la pesca o de la paz patagónica, sólo hace falta informarse, hacer planes y, luego, las valijas.

Fuente: Diario Perfíl