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Por la estepa sobre rieles, con el Tren Patagónico


El Tren Patagónico inauguró su recorrido en el año 1934. Cruza la estepa Río Negro uniendo en sus 826 kms la cordillera y el mar, desde la ciudad de San Carlos de Bariloche hasta Viedma.

El Tren Patagónico parte cada domingo a las 18 horas desde la pintoresca estación de roca y madera en Bariloche, ubicada al lado de la estación de colectivos.
Lentamente comienza la marcha y se va alejando del lago Nahuel Huapi y sus frondosos bosques para entrar en la meseta, atravesando una de las zonas menos pobladas y desarrolladas de la provincia, con un clima frío, árido y continenta, para llegar al día siguiente a la ciudad de Viedma. En el camino se va pasando por pequeños pueblos.
Los coches del Tren Patagónico mantienen los clásicos asientos de cuerina verde y azul en la clase Pullman, además hay camarotes y un coche cine que es un buen entretenimiento para las 15 horas de viaje.
Así, van pasando los “pueblo-estación” que parecen detenidos en el tiempo, como ser Pilcaniyeu, Comallo y Clemente Onelli.

Pilcaniyeu, que está a sólo 70 kms de Bariloche, nació a raíz del tren y de grupos de indígenas, inmigrantes europeos y sirio-libaneses que levantaron sus casas aquí.
El paisaje es un poco menos árido y, de hecho, en mapuche pilcan significa “patos” y niyeu, “lugar” debido a una laguna con patos que está muy próxima.
Con la llegada del ferrocarril, en el año 1931 surgieron el hotel, las fondas, los galpones de lana, la parroquia y la comisaría. Pero la prosperidad duró hasta que la fibra sintética reemplazó a las naturales y la venta de lana cayó y así comenzó la migración hacia las ciudades. Hoy Pilcaniyeu conserva muchos de esos edificios que son muestra de una época pasada.
Llegando a Ingeniero Jacobacci, aparecen los yacimientos de diatomita. En esta localidad, se une la trocha ancha del Tren Patagónico con la trocha la angosta de La Trochita.
A 75 kms aparece Maquinchao, un viejo parador indígena con grandes establecimientos ganaderos. Antiguamente fue el principal centro comercial de la Línea Sur.
Ya a 350 kms de Bariloche se llega a Los Menucos, denominada la Capital Nacional de la Piedra Laja. Este pueblo ubicado al pie de la Meseta de Somuncurá, vocablo mapuche que significa “piedra que suena” o “habla”, que presenta un relieve volcánico con algunos cerros. Hoy hay varios criaderos de guanacos y choiques y se realizan visitas a canteras, picaderos y ver pinturas rupestres.

El tren avanza y llega a Sierra Colorada (cerca de Los Menucos), a Ramos Mejía (una pequeña localidad que era descanso descanso para el ganado durante los arreos), a Valcheta (a orillas del arroyo homónimo donde hay excursiones paleontológicas, a bosques petrificados)
Bien temprano, a las 8 am se llega a al puerto de San Antonio Oeste, ubicado sobre el Golfo San Matías. Se puede conocer el casco histórico, la casa del ingeniero Jacobacci, el muelle, la primera estación ferroviaria y el Museo Municipal.

Finalmente, cerca de las 13 hs el tren llega a Viedma, la última estación del recorrido. Aquí el tren descansará una semana para volver a la Bariloche el próximo viernes.

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Titulo: Por la estepa sobre rieles.
Publicado el 12/10/2012.
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Sitio: 365patagonia.com
Provincias: Río Negro
Ver en: http://www.365patagonia.com/rio_negro/por-la-estepa-sobre-rieles_n.html
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Conociendo Carmen de Patagones

En los esporádicos espacios que dejan libres las casas de adobe y rejas –maravillas del siglo XVIII, techadas a dos aguas con tejas musleras–, los tamariscos tapizan las lomadas de Carmen de Patagones y ocultan cuevas maragatas. Desde Viedma, en la orilla de enfrente, la antesala de la Patagonia se redescubre con una panorámica conmovedora: detrás del muelle, la imponente figura de la iglesia de 1885 y sus dos torres empequeñecen el puñado de casas y arboledas.

Las calles gastadas del extremo sur de la provincia de Buenos Aires, perfumadas por ramilletes de jarilla, bajan como toboganes sobre la costa. La vista, clavada en el río Negro y el paseo ribereño, incorpora lentamente las siluetas de las construcciones antiguas, escalonadas sobre la barranca.

Las misteriosas cuevas que resultaron cálidos refugios hace más de dos siglos, reviven un hito fundacional. En 1779, el pionero andaluz Francisco de Viedma y Narváez erigió un precario fuerte sobre el terreno castigado a sol y sombra por el viento y facilitó la radicación de agricultores y artesanos de la Maragatería, en la provincia de León.

Los adelantados españoles desembarcaron seducidos por la promesa de tierras, que por aquí las había de sobra. También les habían anunciado un porvenir con viviendas dignas, pero no las encontraron en todo el horizonte desolado y tuvieron que acomodarse en cuevas de arenisca sedimentada, que cavaron a mano en los acantilados de la ribera.

La caminata desde el muelle conduce hasta dos vestigios de esas cavernas tiznadas por las fogatas. Una de aquellas casas informales es resguardada en el Museo Histórico Regional –sobre el paseo costero– y el restante conserva apenas la boca de entrada, casi clausurada por la vegetación, un par de cuadras más arriba, por la calle Brown.

Mientras se descorre la bruma de la madrugada, el tráfico silencioso de botes, lanchas, barcazas y canoas se cruza en el río planchado con patos, gallaretas, cisnes y esporádicas nutrias y toninas, que el mar empuja desde la desembocadura, 28 km al sur. Frente a ese espectáculo cotidiano, los maragatos se asoman desde playas de arena, senderos, farolas y bancos reverdecidos por los sauces.

La urbanización pujante que sorprendió a Roberto Arlt en 1934 dejó de crecer por culpa de una barrera de arena, que impedía navegar cada vez que el río bajaba. Desde que en 1943 el Patagonia fue el último barco que consiguió zarpar, el muelle admitió sólo pequeñas barcazas y se transformó en cómoda plataforma para los pescadores de cazón.

En el Casco Histórico, el circuito a pie concibe otras paradas impostergables: pasaje San José de Mayo –que demanda cierto esfuerzo para trepar una escalinata–, los ranchos Rial y La Carlota, la Casa de la Cultura y la Torre del Fuerte, atalaya y campanario de la primitiva fortificación. Más lejos, los pobladores de Patagones y sus vecinos afincados en Viedma mantienen el saludable hábito de encontrarse sobre el cerro La Caballada. Ese páramo sosegado fue el escenario de una batalla, que en 1827 la incipiente población local libró contra la flota del Imperio de Brasil. Desde allí arriba, las dos mitades de esta comarca, atravesada de punta a punta por el río Negro, se aprecian mejor.

Fuente: Clarín Viajes